segunda-feira, 17 de novembro de 2008

La Vieja Lechuza del Convento de San Lorenzo


En las colinas oímos resonar cuernos;
Brillaron las espadas en el Reino del Sur.
Como un viento en la mañana, los caballos galoparon
Hacia los Pedregales.


J.R.R Tolkien (El Señor de Los Anillos “El Retorno del Rey’)


Contemplar aquel río mudo y misterioso con esa brisa inigualable en el aire me trajo algo de paz, pero yo muy bien sabía que era apenas la paz que precede a la tormenta. Aquella tarde el cielo se tiñó en el horizonte de un color rojo sangre muy poco común. Era como si todos los colores de la tierra, las barrancas, el río, los pastos, los árboles y los chapiteles de los caseríos quisieran encontrar una confluencia en una tonalidad roja. Cada cosa que contemplaba, cada elemento y partícula de aire, cada instante que se sucedía quería decirme algo de vital importancia. Eso me parecía.

Era la situación más compleja que ya había enfrentado, ¿cómo resumirlo en palabras, ahora que los recuerdos se entremezclan cada día de mi vejez? Mis reflexiones tropezaban por un atolladero de vanas palabras de disculpa, exigencias, y además con un conflicto inconcluso e implacable entre lo sagrado y lo profano. Sabía que tenía que hablar tarde o temprano con mis superiores, pero no hallaba las benditas palabras. Apenas hallaba las amenazadoras y malditas, aquellas por las que me acusarían fácilmente de traidor de la Orden, hereje, eso si los encuentrase de buen humor. Porque a pesar de que la Santa Inquisición ya no existía, la Iglesia tenía varias maneras de ocuparse de los que llegaban obtener las conclusiones a las que yo había llegado.

Antes que pudiese imaginar una buena introducción, medir la entonación y revisar el estilo más suave para poder expresarme sin que perturbase demasiado a mis interlocutores; llegaron noticias del exterior que interrumpirían todas nuestras actividades. Un acontecimiento externo que nos obligaba a ponernos en movimiento. Yo lo sabía de antes, es decir, de extraños comentarios de las lavanderas y vendedores ambulantes, hasta que apareció aquel enigmático mendigo de la tribu wichi… ¿era realmente un mendigo? La gente no sólo cuchicheaba asuntos sin importancia o murmuraban lo que su imaginación desbocada les obligaba a escupir. Se referían también, sin saberlo, a verdades fugaces disfrazadas de esos retazos de realidad que acompañan nuestras vidas. Nosotros, hombres supuestamente dedicados de Dios, debemos saberlo. ¿Lo sabemos en realidad? ¿qué tanto creemos saber después de todo?

Había algo más en el aire por las noches del último enero, no sé porqué tuve la necesidad de mirar hacia el río. Me revolvía pensando qué era lo que se anunciaba, varias veces me encontré perambulando y observando el río sin saber porqué.


Las noches eran de un cielo plomizo, se cerraban en un matiz muy oscuro hacia medianoche, y como a las tres se oían graznidos tremendos de aves distantes, ¿o sería el viento? Era la hora de los espíritus. Presencias, fuerzas, silencios, una urgente y profunda agitación escondida, un clima casi sobrenatural, como si la orden antigua de las cosas comunes estuviera a punto de sufrir una fractura, un desvío necesario y esperado, algo que reacomodase la naturaleza que el hombre desviaba de su curso constantemente. Presencias que no sólo los hombres de fe sospechan, presencias que cualquier hombre intuye, cualquiera con los sentidos agudizados puede sentir, pero por supuesto por más real que se sienta, jamás tiene como probarse. 

Una pesadilla provocó mi despertar en el medio de la noche: vi pasar un bulto, una sombra blanca cerca de mi lecho que parecía una mujer. Era algo asi como una ráfaga, y escuché de inmediato el pío de una lechuza del campanario. No era para menos, soñé en muda pesadilla que el río desbordaba, pero al volver repentinamente a su nivel, dejaba una pila de cadáveres que se levantaban, aproximándose; me observaban con sus ojos desorbitados como buscando ayuda, se acercaban buscando en sus descompuestas miradas la salvación. Se apiñaban ante el convento, sus ojos pedían salvación. Algunos rostros eran monstruosos. Algunos cadáveres siquiera tenían rostro, eran muñones ensangrentados tambaleándose lentamente al caminar.

Esa mañana, mi visión de pesadilla fue confirmada de una manera muy extraña. Fue con un viejo indio wichi, medio loco y me imaginé que gastado por la bebida, que siempre aparecía en los portones para recibir frutas o agua. Mientras recibía unas pocas vituallas, repentinamente me encaró y me dijo con aire preocupado, y en perfecto español:

-Busque refugio dentro de su alma, mi amigo Fraile, viene la tormenta desde el río, saldrán demonios de los vientres de serpientes marinas que se acercarán por el río... esas lechuzas del campanario que a ustedes los molestan, se transformarán en dragones para ayudarlos, los cazarán y combatirán. Y usted, quién sabe un día cabalgará con los dragones más alto que las montañas, y dejará de sentirse tan inútil frente a su dios que lo abandonó…-

-Espere, ¿Qué dice? ¿Caminando por el río?- me acerqué y poniéndole el jarro de agua fresca en la boca, insistí:

-¿Cómo eran esos demonios?-

El brujo wichi parecía en trance. Me miró y respondió:

-Rojos, de lengua amarilla y ojos saltones, subirán la barranca, pero una tormenta de dragones-lechuzas los esperan para emboscarlos. Recuérdalo. Tú no eres como tus compañeros.-

Quise preguntarle más. Me saludó, agradecido, y se alejó.

Esa tarde le di al indio una vianda portentosa, charqui para días y diversas vituallas. Mantas, zapatos y dos pantalones viejos. No sólo me sentía impelido a ser más piadoso que de costumbre con los desvalidos, sino que algo en mí me decía que ese hombre acababa de tener una visión. Nunca más pude ver al mendigo indio otra vez en mi vida. Aparentemente tenía un pasado oscuro: decían que había sido castigado por un brutal capataz en una poderosa estancia, él lo había finalmente matado, y tuvo que huir de la ley de los hombres, pero eran sólo comentarios.

Aquella revelación que el indio me había confiado era de una similitud de espantosa casualidad con mi pesadilla. Era demasiado similar. Desde el fondo de la caverna llena de pavor, su alma perdida estaba queriendo decir algo que de alguna forma yo ya sabía. La piedad me decía que era menester atenderlo, y así lo hice. Pero sentí que era él quien atendía a mi alma atormentada. ¿Cómo él podía saber que en el campanario había a veces demasiadas lechuzas sin haber entrado nunca en el convento? Quizás oyó algún comentario de alguno de nuestra orden, pero no éramos dados a charlas por ahí con la gente como quien está en una pulpería pasando la tarde.

¿Cómo pudo hacerlo desde su espíritu infiel e ignorante, abandonada a su desgracia junto a la ruina definitiva de su pueblo? ¿Cómo alguien desprovisto de raciocinio claro, fe o sobriedad, había sido el único ser humano capaz de ilustrar mi pesadilla?

Es más, ese hombre que ya me parecía un brujo dibujó el escenario de mi conflicto personal. ¿Cómo lo hizo? ¿Era alguien demoníaco que pretendía engañarme, o un hombre iluminado enviado por un ángel protector en señal de advertencia? No puedo dejar de escribir sobre esto hoy, bajo la luz amarillenta de unas pocas velas cerca ya del fin de mis días en un mundo moderno que no puedo más comprender, frente a un nuevo siglo que viene en forma de otra extraña pesadilla confusa. Recordé que fue limpiando de alimañas el campanario que dudé por primera vez de mi vocación religiosa.

Mis dudas sobre la fé que profesaba comenzaron al ver una lechuza muy especial con un enorme ratón en el pico, y entonces desistí de colocarles veneno para después declarar a mis superiores que eran criaturas no sólo inofensivas sino, todavía respetables, que además limpiaban de ratas nuestra área que tan trabajoso era de mantener en condiciones.

Esa lechuza enorme que yo creía imaginaria, antes de salir volando, al verme y girar su pescuezo de hermosa blancura se quedó como paralizada. Parpadeó, luego de mirarme fijo a los ojos por instantes de eternidad. Algo ocurrió de repente, la lechuza podía hablarme con sus pensamientos. Por un momento empezó a hablarme, y en sus ojos pude ver una bondad y comprensión que me llenaron de estupor y tristeza. Me acerqué a ella, y me dijo hablándome sin palabras:

"La belleza es roja como un corazón. La belleza late, late sin ser vista."

Fue así que comencé a dudar. Mi orden, la franciscana, se originó de la visión de un hombre iluminado, que escuchaba a la naturaleza en todas sus manifestaciones, empezando por sí mismo. Los animales lo seguían, ¿cómo yo mismo no me comunicabacon los animales, en mis dudas estaría despreciando entonces a mi Orden?

Cuando el viejo indio “sin nombre”, que cualquiera juzgaría loco o inútil, que quizás ya no era contratado ni para cuidar un jardín, nombró a unas lechuzas que se transformarían en dragones; ya no me restaban dudas que algo estaba apuntándome con certera insistencia. Me recluí a meditar, y por primera vez sentí que no tenía suficiente tiempo. Por supuesto que abstuve de contar a todos mis superiores lo que yo sospechaba, de cosas también externas, algo como un peligro. Apenas hablé con el fraile Marcelo.

El fraile Marcelo primero no quería creerme que yo debía prepararme de algún modo para un acontecimiento, y yo tampoco le decía exactamente cómo habían crecido mis sospechas, tampoco podía decirle que un "ángel de alas iridiscentes" se me había aparecido en la capilla como sabía que a él le gustaría oír. La mayoría de los hombres religiosos cerrados en sus rutinas –quizás creadas en el exagerado afán de descifrar las sagradas escrituras- piensan que ciertas revelaciones tienen que aparecer como a ellos les gustaría: pero justamente depende qué tipo de persona se es la forma en que se nos aparecen las cosas. Todo cambió cuando los rumores de la guerra por la independencia llegaron hasta mí. Mi imaginación se ensanchó, luego ni siquiera la necesitaría ya que la realidad la completaría más allá de toda expectativa, había rumores de guerra, los rebeldes serían aplastados por los ejércitos invencibles de la Corona. Pero no sabíamos más nada.

Aquel día en que supimos que ya se acercaban, todo era un gran tumulto, estábamos de repente juntando nuestras cosas y él recordando mi advertencia me llamó para ‘disculparse’. La agitación en todo el territorio era evidente, en el fondo sabíamos que un día llegarían:

-Realmente tengo que revisar mi juicio con respecto a sus acciones, fraile Pedro. Me advirtió con firmeza la seriedad de posibles acontecimientos, ¿Cómo sabía, cómo estaba al tanto de novedades traídas por el actual y no siempre efectivo correo de postas?-.

-Discúlpeme, es que estaba bien informado por Dios, pero ahora realmente quiero quedarme para dedicarme a atender estas almas que sin duda sufrirán, y mucho... -

-¿Para ver una matanza en una tierra salvaje rebelde? El escarmiento ya viene. Por Dios Todopoderoso, ¿Qué lo atraen ahora, las almas perdidas, los litigios provocados por pordioseros desesperados, ignorantes de Dios que se rebelan ante autoridades establecidas?-

-Es que por más que le parezca extraño, no los noto totalmente perdidos y en realidad nadie lo está del todo, –ni el peor pecador-; es otra cosa la que me mueve el espíritu. Quizás Dios habla ahora directamente, me dice que esto es algo admirable también, digno de acompañarse. Tengo un pequeño catalejo y estoy decidido a observar la operación desde un árbol bien alto...-

-¡Esos pobres diablos desafían al Rey con un ejército mal vestido, y usted los admira! ¿Sabía que ese acto herético según el resultado de todo este alboroto, puede costarle su ordenación para siempre, o al menos un severo castigo?- El Fraile Marcelo siempre medía su control sobre el resto de nosotros con ciertos severos códigos muchas veces que ni existían oficialmente, pero que amedrentaba a muchos apenas mencionados por su voz grave, su ceja torcida, que contrastaba con la imagen de San Francisco de Asís, a quien yo tenía como el maestro de la compasión.

Lo que no comprendía del todo, era que para mí todos esos valores se habían desmoronado, o digamos se habían renovado a través de la revelación de la naturaleza, y era de este modo que él perdía siempre su control y su ya frágil autoridad se diluía, porque algo en él veía dentro mío ese cambio, esa seguridad. Sentí el miedo de mi interlocutor.

-Todos los uniformes, por más ricos y almidonados se manchan igualmente de sangre, ¿Qué más da? Y es que no hay otra cosa que me haría más feliz ahora que... bueno... es eso también por lo que quería hablarle... necesito dejar la Orden...-

Un silencio se estableció entre los dos por algunos momentos. El fraile Marcelo simpatizaba casi públicamente con la Corona de España, pero ya había visto cosas así, y no le gustaban las tribulaciones cerca de la administración de su convento.

-No sé si puedo concederle esta locura ahora, más aún viendo las razones extrañas que me dice tener...-

-Quiero dejar la Orden, aunque extrañamente no mi ‘acuerdo’ con Dios. Déjeme rezar por todas las almas por igual pero a la vez ver qué ocurrirá aquí en los próximos días, le ruego que lo comprenda, fraile Marcelo... Debemos ser testigos de todos los actos posibles en el mundo, ¿de qué otra forma podremos estar en condiciones de ayudar en la salvación?

Él no me dejó terminar. Hizo un gesto negativo, y colocó una mano sobre su cabeza. Me ordenó retirarme en una expresión cansada, sin decir palabra. La evacuación de los nuestros esa tarde estaba llegando a su fin, pronto el singular caballo de Troya estaría vacío y preparado.

Yo estaba decidido. No perdería tiempo discutiendo con esos adormilados inquisidores esto o aquello, y esperando típicos castigos o repudios de la Orden que por exceso de respeto yo no soltaba. Arreglé entonces casi todas mis cosas; parecía que los rumores de la batalla que se acercaba estaban por fin incitando un cambio interno inevitable en mí, pero en realidad eran la excusa que mi mente buscaba hacía tiempo. Ya me sentía también en la misma silla inquisidora donde expusieron a Galileo Galilei y Giordano Bruno.


 “Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla” (Giordano Bruno ante su sentencia)

Dios me observaba todo el tiempo, estaba conmigo y con todos; así usase hábito o fuese un mendigo, miembro de un tribunal, ladrón... o soldado. Me dolía la cabeza ya de penar en ayunos sin sentido, mi cuerpo dejaba de estar en forma y eso me irritaba bastante, el raciocinio harto ya de vanas repeticiones, de observar al milagro de la cruz tan confusamente, con tantas preguntas.

Parecía que nadie veía a la cruz como una manifestación de una conciencia magnífica y esperanzada, sino que de nuevo como un “objeto” para comerciar, hablarle de asuntos livianos sin importancia de intereses personales, resolver mezquinos compromisos, dar derecho a bendiciones extraordinarias, y hasta en muchos casos un permiso especial para practicar actos retorcidos. Sentía que mis superiores estaban también fuera de tono con el mundo, olvidados de los principios, preocupados por apenas sobrevivir dando continuidad a una rutina que le quitaba el poder y la belleza al rito religioso.

Me parecía que la mayoría negaba lo mundano, pero se entregaban a ser mundanos a su manera, escondidos en sus resmungos. Sé que también yo exageraba con esas suposiciones pretendiendo ser comprendido con una velocidad irreal y atropellada. Entonces, me di cuenta que esa lucha era apenas para mi, yo sería mi único testigo de esta vez, los sentimientos eran muy claros con respecto a lo que creía mejor hacer.

Ya no podía hablar con mis superiores de forma coherente que los dejara satisfechos ordinariamente a todos, que era lo que ellos querían siempre oír.

Tomé el catalejo, unas vituallas, escalé un muro; y en pocos minutos me deshice -ya más lejos del convento, de mis ropajes de fraile. Ahora estaba disfrazado de hombre común. Un observador con ganas de prestar atención, sin la pesadumbre de la culpa. Antes de alejarme y buscar un buen escondite, me crucé con el carruaje de John Robertson y su sirviente, aquel simpático comerciante inglés que quería llegar al Paraguay; quien nos visitara el año anterior. Siempre contaba historias hilarantes, y hablaba muy bien español.

Charlamos largamente, por supuesto tuve que explicar en cierta forma mi digamos ridícula situación, aunque de un modo para nada desaprobador del inglés –a Mr John le extrañaba mi actitud de abandonar el hábito, claro; pero se lo tomó con humor-, como todo buen inglés de tradición protestante, también un hombre de ideas nuevas para su tiempo. Lo invité con unos tragos de vino; la verdad es que acabé regalándole una botella que los frailes –claro- siempre guardamos. Nos topamos con los altivos soldados esa tarde que tomaron control del lugar, pedí permiso para apostarme con mi idea de observar, como simpatizante silencioso, y así obtuve lo que quería sin esfuerzo. El inglés parece que intercedió por mí, de lo contrario, nunca me hubieran permitido absolutamente nada.

Más tarde con mi catalejo subido a un gran árbol, pude ver al Coronel elevarse a los apurones al campanario, dos veces. Se oían el retumbar de sus botas en los escalones. Yo mismo había hecho sonar tantas veces la campana, o ahuyentado algunas lechuzas, para hacerme amigo de ellas después de verlos cazar ratones y... dudar de la existencia de ciertas cosas tal cual pensamos que son. Sentía que una vez al menos estaba siendo útil esa desatinada construcción, obra del egoísmo humano de querer alcanzar la eternidad del alma con facilidad; la salvación por medio de una cruz que era un símbolo de un hombre santo, que para unos era un medio de manipular el poder, para otros estudiar el espíritu, y para mí tal vez ahora observar los cambios en mi corazón, ¡y ningún remordimiento me perturbaba!

Nada me importaba en sí en el convento de San Carlos Borromeo, sus claustros, sus construcciones, o su salón de Profundis. Nada era real, eran productos de la ilusión, y nuestra aventura un producto interpreatdo por el sueño visionario de un indio wichi desheredado de una sociedad que crece sin que se torne conocida la legitimidad de su testimonio, que en manos de otro sería una genialidad consagrada en alguna obra, poema, pintura, ópera.

Empecé a sospechar de nuevo que estaba soñando despierto. Más tarde, el Coronel se puso a hacer unas anotaciones bajo un pino. Era increíble verlo completamente concentrado en su tarea, como si ese lugar ya le perteneciera hacía mucho tiempo.

El tiempo se había detenido, o al menos no pasaba normalmente. Y así todo ocurría bajo el signo de la imperturbabilidad: ni los caballos hacían ruido. El mendigo indio ya estaría lejos –si es que alguna vez había existido- y yo le agradecía en secreto su increíble profecía. En el campanario ahora estaba apostado el nuevo Cazador, la presa se acercaba ya por el río, subiendo la barranca, creyendo que venían a castigar una revuelta de galeotes desorganizada.

Allí estaba: esa la lechuza que se había convertido en un dragón. ¿Era el espíritu viajero y destemido del Coronel don José quien me había visitado dos años antes, y observado mi corazón desde los ojos de una lechuza, él había visto el corazón de un pueblo entero, listo para realizar una tarea? ¿Debía culparlo a él por yo haber elegido el camino profano, de haberme arrastrado a una aventura casi corsaria? Me pregunté si mi interpretación no sería también un fruto de mi ilusión, pero para saberlo tenía que continuar fiel a mi nueva elección.

De repente, Mr. John me saludó, riéndose con la galera en la mano, debajo del árbol. Al mismo tiempo, el Coronel, al detectar su presa, bajaba con un entusiasmo de niño juguetón, contagiante, amigable y a la vez destilaba una autoridad incuestionable. Quién sabe; si mis superiores hubiesen reunido tales cualidades, yo no hubiera perdido paulatinamente el interés en todo nuestro mundo de encierro mórbido, casi egocéntrico. Era sublime contemplar al dios pagano Marte tan fielmente fundido en espíritu de ese hombre.

Hubo un momento de silencio total que aún hoy puede sentirse en ese campo, en el cual me recosté a ver las estrellas años después. Dicen los del pueblo vecino, que aún hoy en día se oyen a veces el choque de sables, cascos de caballos, pero creo que les encanta exagerar para que se acuerden de esa ciudad, su convento y lo que empezó ese día, un poco olvidados tal vez, condenados a que el tiempo los cubra de brumas, fantasmas y susurros.

Todo fue repentino aquel 3 de febrero de 1813, no debe haber durado más que media hora. Un momento sin piedad que caracteriza especialmente al arte de la guerra. Los infantes españoles de la marina marchaban inflados de esa sensación de superioridad y de profesioonalismo militar característico, que embriaga a los hombres uniformados y organizados que vienen de lejos a saquear una región, asegurar una autoridad. Ahí radicaba la debilidad de estos hombres de fuerte preparación bélica.

Pero si hubieran imaginado quién estaba a su acecho, no habrían subido esa barranca con esa actitud. Era un hombre con una digamos cierta altivez de reyes antiguos, un hombre que sabe esperar, un hombre que ya había marchado con ellos y usado su uniforme. Sabía cómo combatirlos. Nada imaginaban, pensando en controlar rápidamente al pueblo y cerrar el acceso al río en ese punto estratégico que su cazador había advertido a tiempo. Al sentir que de repente eran atacados, sus cañones fuera de puntería apenas alcanzaron a unos cinco jinetes. Era increíble ver la efectividad de la matanza categórica de simples sables. Soltaban destellos plateados. Varios realistas cayeron con el cráneo abierto, o con las vísceras expuestas en un golpe lateral, la carrera de un corcel cuadruplica el filo letal de un sable.

Los vencedores sólo tuvieron tiempo de pedir que se rindieran a esos pobrecillos que huyendo se acercaban peligrosamente a la barranca sin darse cuenta, y se despeñaron como todo testarudo poseído por la sorpresa. De sus cuerpos se alimentaron las aves de rapiña, ya que era imposible bajar a enterrarlos. Completamente apocalíptico, no había nada de romántico; si hubiera estado en el suelo, me hubiera arrodillado sin dudar un instante a rezar. Cuando limpiaron el campo de cuerpos, yo mismo trabajé.

De trescientos, los aproximadamente cincuenta que se retiraban a las barcas estaban muertos de miedo, desesperados, en quince minutos el mundo organizado, su fé y convicciones se les habían acabado. El mío, apenas comenzaba. Pude ver al inglés John casi huir horrorizado, dando arcadas sin llegar a vomitar nada. Estaba agarrado a un árbol, lívido; aferrándose al tronco ya que las piernas no le respondían. Jamás había visto algo así tan de cerca. Después, admirado, le regaló la botella de vino al Coronel Don José; la misma que de mí había recibido. No lo culpé, pero me prometió devolverme el gesto al despedirnos. Cumplió su palabra cuando un día lo visité en Londres, y guardó el secreto que sólo un hombre de palabra ciertamente puede guardar: mi deseo de unirme en tal empresa militar.

Yo no deseaba la más mínima propaganda, era la única condición que le solicité al Coronel, no revelar mi origen. Él era el único testigo, fuera mi amigo John, de la decisión de tornarme totalmente profano, virar 180º grados el timón de mi vida. Esperé al Coronel que terminara de cenar para ofrecerle inmediatamente mis servicios, a despecho del duro entrenamiento. Corroboré la determinación constante de Don José mucho tiempo más tarde, al unirme luego a sus filas y acompañarlo hasta en su penosa marcha de enfermo. Trabajé en las baterías y gané un par de condecoraciones en la campaña de los Andes. No entraré en detalles: sacrificio y realización, eso fue lo que ocurrió. En los 'campos desérticos de Maipo' como decían en las puertas de Santiago de Chile, mientras Õ'Higgins mantenía su espíritu firme en la ciudad yo mismo comandé y hostigué cuerpo a cuerpo a las tropas realistas a bayoneta en la última encarnizada resistencia que el propio ya General elogiaba. "La resistencia del enemigo es formidable". Eran las tropas realistas que habían combatido en Bailén. Pero tuvieron que rendirse frente al Cazador.

Pero fue la chispa de aquel primer combate lo que me dio el impulso necesario. La comprensión de la mirada y la risita que soltó el Coronel al oírme, quién sabe me dieron coraje suficiente para cabalgar en Chacabuco, y ser yo mismo quien partiera el cráneo de un hombre con un sable sin perder el control de mi espíritu. Es extremamente sublime y perturbador si se lo piensa bien llegar a matar sin odio, en la completa concepción de la palabra.

Mi digamos admiración personal duró mucho tiempo, fue tal; que viajé a Francia en su exilio al saber que estaba solo, y casi totalmente olvidado, condenado a la locura como el indio wichi aquel, que tocaba la puerta del convento para mendigar.

Los pueblos que libertó, los comerciantes de la independencia y las potencias extranjeras rapiñando hicieron de manto de olvido de ese hombre. Alguien así; que de repente se torna casi degradado en una condición tan humillante de olvido, resultaba chocante. Era alguien cambiado ya, envejecido un poco por la amargura otro poco por ser testigo de las guerras civiles y partidismos pequeños de la repentina triste Sudamérica, aunque no la expresaba como otras personas.

Mi salud estaba buena, aunque el médico me insistía que tuviera cuidado de viajes largos a mi edad. Hice completo descaso del asunto. Llevé la insignia de granadero y mi condecoración en Chacabuco cuando llegué a sus aposentos en el país galo. Bajo el bigote ceniza sonrió al reconocerme y se disculpó por no poder levantarse de la silla. Iba a hacerle un saludo militar, pero incliné la cabeza lo más que pude. Irradiaba el recinto otro tipo de magnanimidad. Un alma que había hecho un periplo muy especial estaba ante mí, tan antigua como un altar egipcio o un casco de hoplita griego de la batalla de Maratón, un alma que no necesitaba de uniformes brillantes. Muy claro estaba que no tardaría en emprender el viaje final.

-La ambición es un juego sangriento…- Murmuró por lo bajo, pero se dio cuenta que lo escuché muy bien.

Tomamos una copa de vino que le traía de regalo; escuché su reloj de pared latir implacablemente, así como él había sido implacable en el campo de batalla. Implacable y a la vez suave, rara combinación para un profesional de las armas.

Escapó tan sabiamente a la corrupción de la política, su sabiduría innata estaba arraigada en el ejercicio de ser un Cazador, que conoce lo suficiente su tierra para no caer en sus trampas, pero su tarea no pudo escapar de una: sus propios coterráneos, el prójimo. El destino traería obscuros líderes, políticos vacilantes y sangrientos, efímeras glorias llenas de infamia para patrias de tan buen comienzo. También tuve que esconderme para no ser perseguido o utilizado estúpidamente, para cumplir los fines reprobables de personas que ni conocía de cerca que querían obtener votos o colocar un nuevo tirano al poder.

Jugamos al ajedrez; me ganó; por supuesto. –Magnífico ataque, permítame decirle, Don Pedro, pero infelizmente olvidó usted el flanco izquierdo con mi alfil- y así me amenazaba de jaque-mate en tres jugadas. Al rendirme, sirviéndole una copa de vino, le dije:

-Como usted ve, Don José, los religiosos participaban antiguamente de la guerra con notable efectividad-

-En realidad siempre lo hacen, ya que participan de la disputa del poder de controlar la civilización, sólo algunos pocos como usted que escapan de la marea común, se sacan la máscara. Estoy orgulloso de que haya trabajado conmigo; no importa que todo parezca perdido ahora, lo importante es la amistad, no la patria que siempre está lavándose la sangre de su ropa, y buscando un nombre que en realidad no tiene-


Le pedí que conservase el crucifijo mío como regalo, pero no lo quiso; que yo lo merecía más que él: “que él era apenas como una vieja lechuza que dudaba de todo”.

Esas últimas palabras que le oí pronunciar me estremecieron, me hicieron voltearme de nuevo al despedirme. Pero a la vez su sonrisa al pronunciarlas fueron como un calmante, como una conclusión tan perfecta que parecía también irreal. Dejé su casa y nunca más lo pude ver otra vez. Nunca volví a ser fraile desde aquel combate a orillas de las barrancas, arreglándomelas para desaparecer sin dar más explicaciones. Pero dejé el ejército enseguida que Don José se jubiló, y tuve suerte, la mayoría de mis amigos murió ejecutado o matándose en diferentes bandos políticos: supe de dos jóvenes oficiales que habían luchado codo a codo en Maipú que se encontraron más tarde en bandos opuestos en Caseros, disparando uno contra el otro. Los relatos de hombres que habían luchado por Sudamérica y que luego se encontraban en bandos opuestos, dándose muerte, deshollándose, exterminándose, eran comunes. Guerra civil, guerras fracticidas y odios fabricados, manchando con sangre la idea posible de la verdadera independencia. 


También naciones amigas nacidas de su propio bien comun, que en pocos años ya se declaraban la guerra, fronteras que no eran más amigables. Potencias e imperios extranjeros rondando con avidez las costas como cuando éramos "Colonia Oficial", o provocando conflictos políticos desde afuera por motivos comerciales, buscando colocar gobiernos títeres, poder controlar intitucional y comercialmente una región.

Así sentí que esa experiencia, aunque bastante corta y fugaz como un sueño, tuvo mil veces más sentido para mí que vivir encerrado entre las cuatro paredes de un convento.

Esa vida de sacrificios, mohosos encierros, no se comparaban a la riqueza espiritual de un amanecer helado con mendrugos de pan y café colado en trapos sucios acosados por los vientos en los Andes, a pesar de ser testigo de la miseria de los padecimientos de los soldados. Ese deber asumido de combatir a una tierra madre-hermana que era España, y sin embargo hacerlo sin ninguna duda. Esos amaneceres se impregnaron más directamente en mi espíritu, y no había asunto más interesante que valiese la pena para mí en esa época. Luego, todo volvió al tosco “normal”, de repente estaba en el ejército viviendo sus vanas rutinas, un convento más lleno de retórica, sin alma y tan ausente de dios como cualquier reducto del ser humano que construye y a la vez se va destruyendo a sí mismo.

Soñé otra vez, tuve perturbadoras pesadillas, pero de esta vez eran una advertencia: una nueva confusión se acercaba, la gloria de la independencia era una nube volátil que escondía un terremoto mucho más difícil de controlar. Un edificio de débiles cimientos llamado patria, que caería con terrible facilidad demasiado a menudo, pariendo a una nación casi siempre ciega, tambaleante, ansiosa y limitada.

Por eso dejé atrás los asuntos de armas antes que mi corazón se perdiera también, antes que me obligaran a tomar partido en alguna inútil guerra fraticida o liderazgos aprendidos a machete y apurones de muchso de esos caudillos sangrientos casi ridículos; esos héroes terribles plagados de esa áurea de pesadilla que siempre termina igual: una ejecución. Algo que deberíamos haber aprendido de otra forma –sin pagar tan caro, sin dejar tanto trabajo terrible para el futuro- observando demasiado experiencias de otros países como si su salvajismo y poca consideración fuese un ejemplo.

Creer que todo acto bárbaro puede ser justificable cuando parece trabajar para un bien común de una sociedad civilizada, que los seres humanos “están para después” y que las jerarquías impuestas tienen todas las respuestas posibles, inclusive controlar los sueños y visiones de las personas. Visiones como las de aquel indio wichi, para mí, el verdadero héroe de esta historia, que hoy dudo que no haya pasado apenas de un sueño, pero algo me dice que fue verdad: es el mundo moderno que quiere que lo niege en su inseguridad práctica. 



Si hay alguna cosa que el ser humano hace con efectividad pasmosa es olvidarse de lo que alguna vez soñó y realizó, y reincide otra vez en el caos original bajo el manto de una cordura asustadora, en la miasma y confusión que tanto repudiaba, buscando en sí mismo otra vez la fertilidad de la creación. Cuando me siento demasiado solo, las palabras de León Felipe me acompañan:

“Ya no quedan locos, se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo”.


A los cuerdos, los procesan. El monumento a Griodano Bruno en el Vaticano, dice: “A Bruno – Secolo da lui divinato, qui dove il rogo arse” -  “El siglo que él adivinó (está) aquí, donde el fuego ardía”



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