segunda-feira, 17 de novembro de 2008
La Vieja Lechuza del Convento de San Lorenzo
En las colinas oímos resonar cuernos;
Brillaron las espadas en el Reino del Sur.
Como un viento en la mañana, los caballos galoparon
Hacia los Pedregales.
J.R.R Tolkien (El Señor de Los Anillos “El Retorno del Rey’)
Contemplar aquel río mudo y misterioso con esa brisa inigualable en el aire me trajo algo de paz, pero yo muy bien sabía que era apenas la paz que precede a la tormenta. Aquella tarde el cielo se tiñó en el horizonte de un color rojo sangre muy poco común. Era como si todos los colores de la tierra, las barrancas, el río, los pastos, los árboles y los chapiteles de los caseríos quisieran encontrar una confluencia en una tonalidad roja. Cada cosa que contemplaba, cada elemento y partícula de aire, cada instante que se sucedía quería decirme algo de vital importancia. Eso me parecía.
Era la situación más compleja que ya había enfrentado, ¿cómo resumirlo en palabras, ahora que los recuerdos se entremezclan cada día de mi vejez? Mis reflexiones tropezaban por un atolladero de vanas palabras de disculpa, exigencias, y además con un conflicto inconcluso e implacable entre lo sagrado y lo profano. Sabía que tenía que hablar tarde o temprano con mis superiores, pero no hallaba las benditas palabras. Apenas hallaba las amenazadoras y malditas, aquellas por las que me acusarían fácilmente de traidor de la Orden, hereje, eso si los encuentrase de buen humor. Porque a pesar de que la Santa Inquisición ya no existía, la Iglesia tenía varias maneras de ocuparse de los que llegaban obtener las conclusiones a las que yo había llegado.
Antes que pudiese imaginar una buena introducción, medir la entonación y revisar el estilo más suave para poder expresarme sin que perturbase demasiado a mis interlocutores; llegaron noticias del exterior que interrumpirían todas nuestras actividades. Un acontecimiento externo que nos obligaba a ponernos en movimiento. Yo lo sabía de antes, es decir, de extraños comentarios de las lavanderas y vendedores ambulantes, hasta que apareció aquel enigmático mendigo de la tribu wichi… ¿era realmente un mendigo? La gente no sólo cuchicheaba asuntos sin importancia o murmuraban lo que su imaginación desbocada les obligaba a escupir. Se referían también, sin saberlo, a verdades fugaces disfrazadas de esos retazos de realidad que acompañan nuestras vidas. Nosotros, hombres supuestamente dedicados de Dios, debemos saberlo. ¿Lo sabemos en realidad? ¿qué tanto creemos saber después de todo?
Había algo más en el aire por las noches del último enero, no sé porqué tuve la necesidad de mirar hacia el río. Me revolvía pensando qué era lo que se anunciaba, varias veces me encontré perambulando y observando el río sin saber porqué.
Las noches eran de un cielo plomizo, se cerraban en un matiz muy oscuro hacia medianoche, y como a las tres se oían graznidos tremendos de aves distantes, ¿o sería el viento? Era la hora de los espíritus. Presencias, fuerzas, silencios, una urgente y profunda agitación escondida, un clima casi sobrenatural, como si la orden antigua de las cosas comunes estuviera a punto de sufrir una fractura, un desvío necesario y esperado, algo que reacomodase la naturaleza que el hombre desviaba de su curso constantemente. Presencias que no sólo los hombres de fe sospechan, presencias que cualquier hombre intuye, cualquiera con los sentidos agudizados puede sentir, pero por supuesto por más real que se sienta, jamás tiene como probarse.
Una pesadilla provocó mi despertar en el medio de la noche: vi pasar un bulto, una sombra blanca cerca de mi lecho que parecía una mujer. Era algo asi como una ráfaga, y escuché de inmediato el pío de una lechuza del campanario. No era para menos, soñé en muda pesadilla que el río desbordaba, pero al volver repentinamente a su nivel, dejaba una pila de cadáveres que se levantaban, aproximándose; me observaban con sus ojos desorbitados como buscando ayuda, se acercaban buscando en sus descompuestas miradas la salvación. Se apiñaban ante el convento, sus ojos pedían salvación. Algunos rostros eran monstruosos. Algunos cadáveres siquiera tenían rostro, eran muñones ensangrentados tambaleándose lentamente al caminar.
Esa mañana, mi visión de pesadilla fue confirmada de una manera muy extraña. Fue con un viejo indio wichi, medio loco y me imaginé que gastado por la bebida, que siempre aparecía en los portones para recibir frutas o agua. Mientras recibía unas pocas vituallas, repentinamente me encaró y me dijo con aire preocupado, y en perfecto español:
-Busque refugio dentro de su alma, mi amigo Fraile, viene la tormenta desde el río, saldrán demonios de los vientres de serpientes marinas que se acercarán por el río... esas lechuzas del campanario que a ustedes los molestan, se transformarán en dragones para ayudarlos, los cazarán y combatirán. Y usted, quién sabe un día cabalgará con los dragones más alto que las montañas, y dejará de sentirse tan inútil frente a su dios que lo abandonó…-
-Espere, ¿Qué dice? ¿Caminando por el río?- me acerqué y poniéndole el jarro de agua fresca en la boca, insistí:
-¿Cómo eran esos demonios?-
El brujo wichi parecía en trance. Me miró y respondió:
-Rojos, de lengua amarilla y ojos saltones, subirán la barranca, pero una tormenta de dragones-lechuzas los esperan para emboscarlos. Recuérdalo. Tú no eres como tus compañeros.-
Quise preguntarle más. Me saludó, agradecido, y se alejó.
Esa tarde le di al indio una vianda portentosa, charqui para días y diversas vituallas. Mantas, zapatos y dos pantalones viejos. No sólo me sentía impelido a ser más piadoso que de costumbre con los desvalidos, sino que algo en mí me decía que ese hombre acababa de tener una visión. Nunca más pude ver al mendigo indio otra vez en mi vida. Aparentemente tenía un pasado oscuro: decían que había sido castigado por un brutal capataz en una poderosa estancia, él lo había finalmente matado, y tuvo que huir de la ley de los hombres, pero eran sólo comentarios.
Aquella revelación que el indio me había confiado era de una similitud de espantosa casualidad con mi pesadilla. Era demasiado similar. Desde el fondo de la caverna llena de pavor, su alma perdida estaba queriendo decir algo que de alguna forma yo ya sabía. La piedad me decía que era menester atenderlo, y así lo hice. Pero sentí que era él quien atendía a mi alma atormentada. ¿Cómo él podía saber que en el campanario había a veces demasiadas lechuzas sin haber entrado nunca en el convento? Quizás oyó algún comentario de alguno de nuestra orden, pero no éramos dados a charlas por ahí con la gente como quien está en una pulpería pasando la tarde.
¿Cómo pudo hacerlo desde su espíritu infiel e ignorante, abandonada a su desgracia junto a la ruina definitiva de su pueblo? ¿Cómo alguien desprovisto de raciocinio claro, fe o sobriedad, había sido el único ser humano capaz de ilustrar mi pesadilla?
Es más, ese hombre que ya me parecía un brujo dibujó el escenario de mi conflicto personal. ¿Cómo lo hizo? ¿Era alguien demoníaco que pretendía engañarme, o un hombre iluminado enviado por un ángel protector en señal de advertencia? No puedo dejar de escribir sobre esto hoy, bajo la luz amarillenta de unas pocas velas cerca ya del fin de mis días en un mundo moderno que no puedo más comprender, frente a un nuevo siglo que viene en forma de otra extraña pesadilla confusa. Recordé que fue limpiando de alimañas el campanario que dudé por primera vez de mi vocación religiosa.
Mis dudas sobre la fé que profesaba comenzaron al ver una lechuza muy especial con un enorme ratón en el pico, y entonces desistí de colocarles veneno para después declarar a mis superiores que eran criaturas no sólo inofensivas sino, todavía respetables, que además limpiaban de ratas nuestra área que tan trabajoso era de mantener en condiciones.
Esa lechuza enorme que yo creía imaginaria, antes de salir volando, al verme y girar su pescuezo de hermosa blancura se quedó como paralizada. Parpadeó, luego de mirarme fijo a los ojos por instantes de eternidad. Algo ocurrió de repente, la lechuza podía hablarme con sus pensamientos. Por un momento empezó a hablarme, y en sus ojos pude ver una bondad y comprensión que me llenaron de estupor y tristeza. Me acerqué a ella, y me dijo hablándome sin palabras:
"La belleza es roja como un corazón. La belleza late, late sin ser vista."
Fue así que comencé a dudar. Mi orden, la franciscana, se originó de la visión de un hombre iluminado, que escuchaba a la naturaleza en todas sus manifestaciones, empezando por sí mismo. Los animales lo seguían, ¿cómo yo mismo no me comunicabacon los animales, en mis dudas estaría despreciando entonces a mi Orden?
Cuando el viejo indio “sin nombre”, que cualquiera juzgaría loco o inútil, que quizás ya no era contratado ni para cuidar un jardín, nombró a unas lechuzas que se transformarían en dragones; ya no me restaban dudas que algo estaba apuntándome con certera insistencia. Me recluí a meditar, y por primera vez sentí que no tenía suficiente tiempo. Por supuesto que abstuve de contar a todos mis superiores lo que yo sospechaba, de cosas también externas, algo como un peligro. Apenas hablé con el fraile Marcelo.
El fraile Marcelo primero no quería creerme que yo debía prepararme de algún modo para un acontecimiento, y yo tampoco le decía exactamente cómo habían crecido mis sospechas, tampoco podía decirle que un "ángel de alas iridiscentes" se me había aparecido en la capilla como sabía que a él le gustaría oír. La mayoría de los hombres religiosos cerrados en sus rutinas –quizás creadas en el exagerado afán de descifrar las sagradas escrituras- piensan que ciertas revelaciones tienen que aparecer como a ellos les gustaría: pero justamente depende qué tipo de persona se es la forma en que se nos aparecen las cosas. Todo cambió cuando los rumores de la guerra por la independencia llegaron hasta mí. Mi imaginación se ensanchó, luego ni siquiera la necesitaría ya que la realidad la completaría más allá de toda expectativa, había rumores de guerra, los rebeldes serían aplastados por los ejércitos invencibles de la Corona. Pero no sabíamos más nada.
Aquel día en que supimos que ya se acercaban, todo era un gran tumulto, estábamos de repente juntando nuestras cosas y él recordando mi advertencia me llamó para ‘disculparse’. La agitación en todo el territorio era evidente, en el fondo sabíamos que un día llegarían:
-Realmente tengo que revisar mi juicio con respecto a sus acciones, fraile Pedro. Me advirtió con firmeza la seriedad de posibles acontecimientos, ¿Cómo sabía, cómo estaba al tanto de novedades traídas por el actual y no siempre efectivo correo de postas?-.
-Discúlpeme, es que estaba bien informado por Dios, pero ahora realmente quiero quedarme para dedicarme a atender estas almas que sin duda sufrirán, y mucho... -
-¿Para ver una matanza en una tierra salvaje rebelde? El escarmiento ya viene. Por Dios Todopoderoso, ¿Qué lo atraen ahora, las almas perdidas, los litigios provocados por pordioseros desesperados, ignorantes de Dios que se rebelan ante autoridades establecidas?-
-Es que por más que le parezca extraño, no los noto totalmente perdidos y en realidad nadie lo está del todo, –ni el peor pecador-; es otra cosa la que me mueve el espíritu. Quizás Dios habla ahora directamente, me dice que esto es algo admirable también, digno de acompañarse. Tengo un pequeño catalejo y estoy decidido a observar la operación desde un árbol bien alto...-
-¡Esos pobres diablos desafían al Rey con un ejército mal vestido, y usted los admira! ¿Sabía que ese acto herético según el resultado de todo este alboroto, puede costarle su ordenación para siempre, o al menos un severo castigo?- El Fraile Marcelo siempre medía su control sobre el resto de nosotros con ciertos severos códigos muchas veces que ni existían oficialmente, pero que amedrentaba a muchos apenas mencionados por su voz grave, su ceja torcida, que contrastaba con la imagen de San Francisco de Asís, a quien yo tenía como el maestro de la compasión.
Lo que no comprendía del todo, era que para mí todos esos valores se habían desmoronado, o digamos se habían renovado a través de la revelación de la naturaleza, y era de este modo que él perdía siempre su control y su ya frágil autoridad se diluía, porque algo en él veía dentro mío ese cambio, esa seguridad. Sentí el miedo de mi interlocutor.
-Todos los uniformes, por más ricos y almidonados se manchan igualmente de sangre, ¿Qué más da? Y es que no hay otra cosa que me haría más feliz ahora que... bueno... es eso también por lo que quería hablarle... necesito dejar la Orden...-
Un silencio se estableció entre los dos por algunos momentos. El fraile Marcelo simpatizaba casi públicamente con la Corona de España, pero ya había visto cosas así, y no le gustaban las tribulaciones cerca de la administración de su convento.
-No sé si puedo concederle esta locura ahora, más aún viendo las razones extrañas que me dice tener...-
-Quiero dejar la Orden, aunque extrañamente no mi ‘acuerdo’ con Dios. Déjeme rezar por todas las almas por igual pero a la vez ver qué ocurrirá aquí en los próximos días, le ruego que lo comprenda, fraile Marcelo... Debemos ser testigos de todos los actos posibles en el mundo, ¿de qué otra forma podremos estar en condiciones de ayudar en la salvación?
Él no me dejó terminar. Hizo un gesto negativo, y colocó una mano sobre su cabeza. Me ordenó retirarme en una expresión cansada, sin decir palabra. La evacuación de los nuestros esa tarde estaba llegando a su fin, pronto el singular caballo de Troya estaría vacío y preparado.
Yo estaba decidido. No perdería tiempo discutiendo con esos adormilados inquisidores esto o aquello, y esperando típicos castigos o repudios de la Orden que por exceso de respeto yo no soltaba. Arreglé entonces casi todas mis cosas; parecía que los rumores de la batalla que se acercaba estaban por fin incitando un cambio interno inevitable en mí, pero en realidad eran la excusa que mi mente buscaba hacía tiempo. Ya me sentía también en la misma silla inquisidora donde expusieron a Galileo Galilei y Giordano Bruno.
“Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla” (Giordano Bruno ante su sentencia)
Dios me observaba todo el tiempo, estaba conmigo y con todos; así usase hábito o fuese un mendigo, miembro de un tribunal, ladrón... o soldado. Me dolía la cabeza ya de penar en ayunos sin sentido, mi cuerpo dejaba de estar en forma y eso me irritaba bastante, el raciocinio harto ya de vanas repeticiones, de observar al milagro de la cruz tan confusamente, con tantas preguntas.
Parecía que nadie veía a la cruz como una manifestación de una conciencia magnífica y esperanzada, sino que de nuevo como un “objeto” para comerciar, hablarle de asuntos livianos sin importancia de intereses personales, resolver mezquinos compromisos, dar derecho a bendiciones extraordinarias, y hasta en muchos casos un permiso especial para practicar actos retorcidos. Sentía que mis superiores estaban también fuera de tono con el mundo, olvidados de los principios, preocupados por apenas sobrevivir dando continuidad a una rutina que le quitaba el poder y la belleza al rito religioso.
Me parecía que la mayoría negaba lo mundano, pero se entregaban a ser mundanos a su manera, escondidos en sus resmungos. Sé que también yo exageraba con esas suposiciones pretendiendo ser comprendido con una velocidad irreal y atropellada. Entonces, me di cuenta que esa lucha era apenas para mi, yo sería mi único testigo de esta vez, los sentimientos eran muy claros con respecto a lo que creía mejor hacer.
Ya no podía hablar con mis superiores de forma coherente que los dejara satisfechos ordinariamente a todos, que era lo que ellos querían siempre oír.
Tomé el catalejo, unas vituallas, escalé un muro; y en pocos minutos me deshice -ya más lejos del convento, de mis ropajes de fraile. Ahora estaba disfrazado de hombre común. Un observador con ganas de prestar atención, sin la pesadumbre de la culpa. Antes de alejarme y buscar un buen escondite, me crucé con el carruaje de John Robertson y su sirviente, aquel simpático comerciante inglés que quería llegar al Paraguay; quien nos visitara el año anterior. Siempre contaba historias hilarantes, y hablaba muy bien español.
Charlamos largamente, por supuesto tuve que explicar en cierta forma mi digamos ridícula situación, aunque de un modo para nada desaprobador del inglés –a Mr John le extrañaba mi actitud de abandonar el hábito, claro; pero se lo tomó con humor-, como todo buen inglés de tradición protestante, también un hombre de ideas nuevas para su tiempo. Lo invité con unos tragos de vino; la verdad es que acabé regalándole una botella que los frailes –claro- siempre guardamos. Nos topamos con los altivos soldados esa tarde que tomaron control del lugar, pedí permiso para apostarme con mi idea de observar, como simpatizante silencioso, y así obtuve lo que quería sin esfuerzo. El inglés parece que intercedió por mí, de lo contrario, nunca me hubieran permitido absolutamente nada.
Más tarde con mi catalejo subido a un gran árbol, pude ver al Coronel elevarse a los apurones al campanario, dos veces. Se oían el retumbar de sus botas en los escalones. Yo mismo había hecho sonar tantas veces la campana, o ahuyentado algunas lechuzas, para hacerme amigo de ellas después de verlos cazar ratones y... dudar de la existencia de ciertas cosas tal cual pensamos que son. Sentía que una vez al menos estaba siendo útil esa desatinada construcción, obra del egoísmo humano de querer alcanzar la eternidad del alma con facilidad; la salvación por medio de una cruz que era un símbolo de un hombre santo, que para unos era un medio de manipular el poder, para otros estudiar el espíritu, y para mí tal vez ahora observar los cambios en mi corazón, ¡y ningún remordimiento me perturbaba!
Nada me importaba en sí en el convento de San Carlos Borromeo, sus claustros, sus construcciones, o su salón de Profundis. Nada era real, eran productos de la ilusión, y nuestra aventura un producto interpreatdo por el sueño visionario de un indio wichi desheredado de una sociedad que crece sin que se torne conocida la legitimidad de su testimonio, que en manos de otro sería una genialidad consagrada en alguna obra, poema, pintura, ópera.
Empecé a sospechar de nuevo que estaba soñando despierto. Más tarde, el Coronel se puso a hacer unas anotaciones bajo un pino. Era increíble verlo completamente concentrado en su tarea, como si ese lugar ya le perteneciera hacía mucho tiempo.
El tiempo se había detenido, o al menos no pasaba normalmente. Y así todo ocurría bajo el signo de la imperturbabilidad: ni los caballos hacían ruido. El mendigo indio ya estaría lejos –si es que alguna vez había existido- y yo le agradecía en secreto su increíble profecía. En el campanario ahora estaba apostado el nuevo Cazador, la presa se acercaba ya por el río, subiendo la barranca, creyendo que venían a castigar una revuelta de galeotes desorganizada.
Allí estaba: esa la lechuza que se había convertido en un dragón. ¿Era el espíritu viajero y destemido del Coronel don José quien me había visitado dos años antes, y observado mi corazón desde los ojos de una lechuza, él había visto el corazón de un pueblo entero, listo para realizar una tarea? ¿Debía culparlo a él por yo haber elegido el camino profano, de haberme arrastrado a una aventura casi corsaria? Me pregunté si mi interpretación no sería también un fruto de mi ilusión, pero para saberlo tenía que continuar fiel a mi nueva elección.
De repente, Mr. John me saludó, riéndose con la galera en la mano, debajo del árbol. Al mismo tiempo, el Coronel, al detectar su presa, bajaba con un entusiasmo de niño juguetón, contagiante, amigable y a la vez destilaba una autoridad incuestionable. Quién sabe; si mis superiores hubiesen reunido tales cualidades, yo no hubiera perdido paulatinamente el interés en todo nuestro mundo de encierro mórbido, casi egocéntrico. Era sublime contemplar al dios pagano Marte tan fielmente fundido en espíritu de ese hombre.
Hubo un momento de silencio total que aún hoy puede sentirse en ese campo, en el cual me recosté a ver las estrellas años después. Dicen los del pueblo vecino, que aún hoy en día se oyen a veces el choque de sables, cascos de caballos, pero creo que les encanta exagerar para que se acuerden de esa ciudad, su convento y lo que empezó ese día, un poco olvidados tal vez, condenados a que el tiempo los cubra de brumas, fantasmas y susurros.
Todo fue repentino aquel 3 de febrero de 1813, no debe haber durado más que media hora. Un momento sin piedad que caracteriza especialmente al arte de la guerra. Los infantes españoles de la marina marchaban inflados de esa sensación de superioridad y de profesioonalismo militar característico, que embriaga a los hombres uniformados y organizados que vienen de lejos a saquear una región, asegurar una autoridad. Ahí radicaba la debilidad de estos hombres de fuerte preparación bélica.
Pero si hubieran imaginado quién estaba a su acecho, no habrían subido esa barranca con esa actitud. Era un hombre con una digamos cierta altivez de reyes antiguos, un hombre que sabe esperar, un hombre que ya había marchado con ellos y usado su uniforme. Sabía cómo combatirlos. Nada imaginaban, pensando en controlar rápidamente al pueblo y cerrar el acceso al río en ese punto estratégico que su cazador había advertido a tiempo. Al sentir que de repente eran atacados, sus cañones fuera de puntería apenas alcanzaron a unos cinco jinetes. Era increíble ver la efectividad de la matanza categórica de simples sables. Soltaban destellos plateados. Varios realistas cayeron con el cráneo abierto, o con las vísceras expuestas en un golpe lateral, la carrera de un corcel cuadruplica el filo letal de un sable.
Los vencedores sólo tuvieron tiempo de pedir que se rindieran a esos pobrecillos que huyendo se acercaban peligrosamente a la barranca sin darse cuenta, y se despeñaron como todo testarudo poseído por la sorpresa. De sus cuerpos se alimentaron las aves de rapiña, ya que era imposible bajar a enterrarlos. Completamente apocalíptico, no había nada de romántico; si hubiera estado en el suelo, me hubiera arrodillado sin dudar un instante a rezar. Cuando limpiaron el campo de cuerpos, yo mismo trabajé.
De trescientos, los aproximadamente cincuenta que se retiraban a las barcas estaban muertos de miedo, desesperados, en quince minutos el mundo organizado, su fé y convicciones se les habían acabado. El mío, apenas comenzaba. Pude ver al inglés John casi huir horrorizado, dando arcadas sin llegar a vomitar nada. Estaba agarrado a un árbol, lívido; aferrándose al tronco ya que las piernas no le respondían. Jamás había visto algo así tan de cerca. Después, admirado, le regaló la botella de vino al Coronel Don José; la misma que de mí había recibido. No lo culpé, pero me prometió devolverme el gesto al despedirnos. Cumplió su palabra cuando un día lo visité en Londres, y guardó el secreto que sólo un hombre de palabra ciertamente puede guardar: mi deseo de unirme en tal empresa militar.
Yo no deseaba la más mínima propaganda, era la única condición que le solicité al Coronel, no revelar mi origen. Él era el único testigo, fuera mi amigo John, de la decisión de tornarme totalmente profano, virar 180º grados el timón de mi vida. Esperé al Coronel que terminara de cenar para ofrecerle inmediatamente mis servicios, a despecho del duro entrenamiento. Corroboré la determinación constante de Don José mucho tiempo más tarde, al unirme luego a sus filas y acompañarlo hasta en su penosa marcha de enfermo. Trabajé en las baterías y gané un par de condecoraciones en la campaña de los Andes. No entraré en detalles: sacrificio y realización, eso fue lo que ocurrió. En los 'campos desérticos de Maipo' como decían en las puertas de Santiago de Chile, mientras Õ'Higgins mantenía su espíritu firme en la ciudad yo mismo comandé y hostigué cuerpo a cuerpo a las tropas realistas a bayoneta en la última encarnizada resistencia que el propio ya General elogiaba. "La resistencia del enemigo es formidable". Eran las tropas realistas que habían combatido en Bailén. Pero tuvieron que rendirse frente al Cazador.
Pero fue la chispa de aquel primer combate lo que me dio el impulso necesario. La comprensión de la mirada y la risita que soltó el Coronel al oírme, quién sabe me dieron coraje suficiente para cabalgar en Chacabuco, y ser yo mismo quien partiera el cráneo de un hombre con un sable sin perder el control de mi espíritu. Es extremamente sublime y perturbador si se lo piensa bien llegar a matar sin odio, en la completa concepción de la palabra.
Mi digamos admiración personal duró mucho tiempo, fue tal; que viajé a Francia en su exilio al saber que estaba solo, y casi totalmente olvidado, condenado a la locura como el indio wichi aquel, que tocaba la puerta del convento para mendigar.
Los pueblos que libertó, los comerciantes de la independencia y las potencias extranjeras rapiñando hicieron de manto de olvido de ese hombre. Alguien así; que de repente se torna casi degradado en una condición tan humillante de olvido, resultaba chocante. Era alguien cambiado ya, envejecido un poco por la amargura otro poco por ser testigo de las guerras civiles y partidismos pequeños de la repentina triste Sudamérica, aunque no la expresaba como otras personas.
Mi salud estaba buena, aunque el médico me insistía que tuviera cuidado de viajes largos a mi edad. Hice completo descaso del asunto. Llevé la insignia de granadero y mi condecoración en Chacabuco cuando llegué a sus aposentos en el país galo. Bajo el bigote ceniza sonrió al reconocerme y se disculpó por no poder levantarse de la silla. Iba a hacerle un saludo militar, pero incliné la cabeza lo más que pude. Irradiaba el recinto otro tipo de magnanimidad. Un alma que había hecho un periplo muy especial estaba ante mí, tan antigua como un altar egipcio o un casco de hoplita griego de la batalla de Maratón, un alma que no necesitaba de uniformes brillantes. Muy claro estaba que no tardaría en emprender el viaje final.
-La ambición es un juego sangriento…- Murmuró por lo bajo, pero se dio cuenta que lo escuché muy bien.
Tomamos una copa de vino que le traía de regalo; escuché su reloj de pared latir implacablemente, así como él había sido implacable en el campo de batalla. Implacable y a la vez suave, rara combinación para un profesional de las armas.
Escapó tan sabiamente a la corrupción de la política, su sabiduría innata estaba arraigada en el ejercicio de ser un Cazador, que conoce lo suficiente su tierra para no caer en sus trampas, pero su tarea no pudo escapar de una: sus propios coterráneos, el prójimo. El destino traería obscuros líderes, políticos vacilantes y sangrientos, efímeras glorias llenas de infamia para patrias de tan buen comienzo. También tuve que esconderme para no ser perseguido o utilizado estúpidamente, para cumplir los fines reprobables de personas que ni conocía de cerca que querían obtener votos o colocar un nuevo tirano al poder.
Jugamos al ajedrez; me ganó; por supuesto. –Magnífico ataque, permítame decirle, Don Pedro, pero infelizmente olvidó usted el flanco izquierdo con mi alfil- y así me amenazaba de jaque-mate en tres jugadas. Al rendirme, sirviéndole una copa de vino, le dije:
-Como usted ve, Don José, los religiosos participaban antiguamente de la guerra con notable efectividad-
-En realidad siempre lo hacen, ya que participan de la disputa del poder de controlar la civilización, sólo algunos pocos como usted que escapan de la marea común, se sacan la máscara. Estoy orgulloso de que haya trabajado conmigo; no importa que todo parezca perdido ahora, lo importante es la amistad, no la patria que siempre está lavándose la sangre de su ropa, y buscando un nombre que en realidad no tiene-
Le pedí que conservase el crucifijo mío como regalo, pero no lo quiso; que yo lo merecía más que él: “que él era apenas como una vieja lechuza que dudaba de todo”.
Esas últimas palabras que le oí pronunciar me estremecieron, me hicieron voltearme de nuevo al despedirme. Pero a la vez su sonrisa al pronunciarlas fueron como un calmante, como una conclusión tan perfecta que parecía también irreal. Dejé su casa y nunca más lo pude ver otra vez. Nunca volví a ser fraile desde aquel combate a orillas de las barrancas, arreglándomelas para desaparecer sin dar más explicaciones. Pero dejé el ejército enseguida que Don José se jubiló, y tuve suerte, la mayoría de mis amigos murió ejecutado o matándose en diferentes bandos políticos: supe de dos jóvenes oficiales que habían luchado codo a codo en Maipú que se encontraron más tarde en bandos opuestos en Caseros, disparando uno contra el otro. Los relatos de hombres que habían luchado por Sudamérica y que luego se encontraban en bandos opuestos, dándose muerte, deshollándose, exterminándose, eran comunes. Guerra civil, guerras fracticidas y odios fabricados, manchando con sangre la idea posible de la verdadera independencia.
También naciones amigas nacidas de su propio bien comun, que en pocos años ya se declaraban la guerra, fronteras que no eran más amigables. Potencias e imperios extranjeros rondando con avidez las costas como cuando éramos "Colonia Oficial", o provocando conflictos políticos desde afuera por motivos comerciales, buscando colocar gobiernos títeres, poder controlar intitucional y comercialmente una región.
Así sentí que esa experiencia, aunque bastante corta y fugaz como un sueño, tuvo mil veces más sentido para mí que vivir encerrado entre las cuatro paredes de un convento.
Esa vida de sacrificios, mohosos encierros, no se comparaban a la riqueza espiritual de un amanecer helado con mendrugos de pan y café colado en trapos sucios acosados por los vientos en los Andes, a pesar de ser testigo de la miseria de los padecimientos de los soldados. Ese deber asumido de combatir a una tierra madre-hermana que era España, y sin embargo hacerlo sin ninguna duda. Esos amaneceres se impregnaron más directamente en mi espíritu, y no había asunto más interesante que valiese la pena para mí en esa época. Luego, todo volvió al tosco “normal”, de repente estaba en el ejército viviendo sus vanas rutinas, un convento más lleno de retórica, sin alma y tan ausente de dios como cualquier reducto del ser humano que construye y a la vez se va destruyendo a sí mismo.
Soñé otra vez, tuve perturbadoras pesadillas, pero de esta vez eran una advertencia: una nueva confusión se acercaba, la gloria de la independencia era una nube volátil que escondía un terremoto mucho más difícil de controlar. Un edificio de débiles cimientos llamado patria, que caería con terrible facilidad demasiado a menudo, pariendo a una nación casi siempre ciega, tambaleante, ansiosa y limitada.
Por eso dejé atrás los asuntos de armas antes que mi corazón se perdiera también, antes que me obligaran a tomar partido en alguna inútil guerra fraticida o liderazgos aprendidos a machete y apurones de muchso de esos caudillos sangrientos casi ridículos; esos héroes terribles plagados de esa áurea de pesadilla que siempre termina igual: una ejecución. Algo que deberíamos haber aprendido de otra forma –sin pagar tan caro, sin dejar tanto trabajo terrible para el futuro- observando demasiado experiencias de otros países como si su salvajismo y poca consideración fuese un ejemplo.
Creer que todo acto bárbaro puede ser justificable cuando parece trabajar para un bien común de una sociedad civilizada, que los seres humanos “están para después” y que las jerarquías impuestas tienen todas las respuestas posibles, inclusive controlar los sueños y visiones de las personas. Visiones como las de aquel indio wichi, para mí, el verdadero héroe de esta historia, que hoy dudo que no haya pasado apenas de un sueño, pero algo me dice que fue verdad: es el mundo moderno que quiere que lo niege en su inseguridad práctica.
Si hay alguna cosa que el ser humano hace con efectividad pasmosa es olvidarse de lo que alguna vez soñó y realizó, y reincide otra vez en el caos original bajo el manto de una cordura asustadora, en la miasma y confusión que tanto repudiaba, buscando en sí mismo otra vez la fertilidad de la creación. Cuando me siento demasiado solo, las palabras de León Felipe me acompañan:
“Ya no quedan locos, se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo”.
A los cuerdos, los procesan. El monumento a Griodano Bruno en el Vaticano, dice: “A Bruno – Secolo da lui divinato, qui dove il rogo arse” - “El siglo que él adivinó (está) aquí, donde el fuego ardía”
Un Procedimiento Patrón
(O “El Eterno Hombre de Utopía Laboral”)
Observa las señales
Observa los síntomas
Observa la trivialidad
Calma después de la tormenta
King Crimson “Hombre modelo” (Model Man)
Juan Sosa era un tornero que en unos años se tornó un eximio soldador cuando la tecnología evolucionó, pero era efectivo mientras pudiese trabajar bajo cierta paz. Bajo presiones inconexas de política de empresa su rendimiento bajaba, aunque los plazos no le molestaban; el problema serio era que esa empresa había perdido la coordenación de objetivos-trabajo.
La compañía no ejercía la autoridad con criterio, menos aún con sabiduría: exageraba y superponía la importancia de procedimientos a ventajas operacionales dadas a ciertos individuos. Los desvíos morales de ciertos personajes en la directoria dando ventajas a ‘amigos’ como salarios altos en puestos de eficiencia mínima sólo empeoraron las cosas.
Aquel día él había sido llamado otra vez a una reunión de planificación en la Roxy Metal & Asociados por sus supervisores, teniendo que interrumpir su trabajo otra “maldita vez” para oír cuentos de science fiction irreales e ingenuos proveniente del departamento de producción manipulados para promover el grupo de personas que estaba encajando –mientras dejaba cesante de a poco todos los otros empleados antiguos con excusas por demás ridículas-
-No entiendo, primero nos llaman a mil reuniones diciendo mentiras sobre algunos problemas en la mecánica de la producción, que no era falla nuestra, y ahora me dejan cesante sin decir porqué...- decía el chango Suárez, que por años se había encargado de las cintas del sector F con loable empeño.
De nada servía todo eso cuando el nuevo director quería colocar a sus amigos, que encima ya venían con salario aumentado, aumento que a los antiguos profesionales empleados les venían negando con excusas cada vez más desfachatadas, pero que encajaban con la política de la época: “hacer mucho con poco”, “tenemos que apretarnos los cinturones” y slogans retrógrados dignos de productores de recesión que recogen siempre los laureles de otros y luego le dan un palmadita al empleado en la espalda mientras en verdad lo están enterrando en la fosa común del olvido.
Llegó un momento que un slogan venido de la mayor imbecilidad sideral se hizo filosofía en la empresa: "menos es más".
El nuevo director pretendía imponerse como superior en todos los aspectos inventando su súper-grupo, alimentado por su imaginación exacerbada, su ego inflado por su amante sexualmente atrevida, su mujer gastadora, y sus hijos saludables estudiando en colegios caros, todo exactamente en esa orden. Pero naturalmente todo era una ridícula ilusión, en poco tiempo las demisiones de personal calificado se notaría en la Roxy Metal.
Y tenía tanto miedo, tanto miedo de su función, de su desempeño, que comenzó a usar su implacable látigo invisible. De hecho; pretendía mejorar números de producción-calidad que sólo podían estar en los libros imaginarios de la Ford en 1919, en la General Electric de los ´50 –que con su eficiencia ensució el East River por mucho tiempo- o en la Siemens o JVC de los ´80 cuando Japón imperaba en la industria mundial; o quien sabe en los agotadores arrozales o la industria metalúrgica de la China Maoísta. O en la efectividad del trabajo del corte de caña de azúcar en Cuba de comienzos de los ´60, bajo los conceptos frescos aún de una revolución social conquistada.
En cada uno de esos escenarios de producción el empeño no era la única virtud, por más traída de los pelos que fuese la ideología, de un modo o de otro, se buscaba aplicarla. En líneas generales, eran sistemáticos, estudiosos y no imponían tan fácil la ventaja personal comprometiendo calidad o variando a menos las increíbles cifras de producción. Históricamente muchas de las consideradas potencias conseguían a menudo o a duras penas esos plazos de sus equipos. Pero tenían más capital inicial, mejor soporte, y lo que es esencial, encaraban el trabajo con una moral y alegría diferente. ‘Eran otras épocas’ muchos dirían, como que excusándose.
Pero en la Roxy Metal de Argentina ahora tapaban en registros lindos y perfumados los errores humanos que eran provocados por su anticuada, atrasada política –y de haber echado a gente útil en masa- de una forma más audaz, sin escrúpulos, impunemente. Los más expertos, que notarían esos excesos ya estaban fuera de la empresa, los que se darían cuenta de esos números muy lindos, que por cierto en Sudamérica casi nunca se cumplían.
De algún modo u otro ya se habían encargado de silenciarlos, y muchas veces ese silencio se provoca con una buena indemnización, un paseo por el departamento de recursos humanos donde un lindo cheque te espera, pero en casos como esos, la función del cheque es también el de la mordaza, la función de silenciar. Gente que tenía una carrera ya encaminada, de repente está cesante por una política de empresa que es absolutamente miope a la realidad de la cuestión integral, ideada por megalomaníacos y ejecutada por idiotas.
Ese día Juan Sosa sentía como nunca el peso de la industria y estaba a punto de enloquecer cual un Charlot en la película 'Tiempos Modernos'. Recordó que era casado, dos hijos, recordó que tenía que pagarle el alquiler de extorsión directo a la encargada que tenía contacto directo con el dueño, y las deudas del coche. Pero aún así esas imágenes no le provocaban paralización de raciocinio, era justamente ese círculo maligno que quería sanear, no sabía de que manera hacerlo sin que fuese un acto de barbarismo, enajenación o alienación, mientras que la bronca implacable intentaba invadir todo su sistema emocional, dejándolo a punto de estallar.
Detuvo la máquina que comenzó el enfriamiento sabiendo que después iba a perder otros quince minutos para alcanzar nuevamente el grado térmico correspondiente de rendimiento. En ese momento le importaba un rábano lo que había estudiado, la empresa, su carrera prácticamente inexistente como tal, su vida personal y su status económico, porque se sentía por demás utilizado.
Se sacó el chaleco protector y el casquito bufando, conocía la estúpida rutina de esas reuniones que pretendían traer la “unión del trabajo en equipo” y otras utopías extintas por la tremenda violencia económica de casi todo el sistema económico global y a su vez local, que aplastaba triunfalmente esas creencias y anhelos de 'hermandad', comprometía seriamente a toda filosofía alternativa de empresas de la faz de la Tierra, en forma total y completa.
Una supremacía igual al mundo antiguo, ejercida por imperios que supuestamente fueron superados, pero se agrupaban tomando todos los mercados, buscando establecer el rápido monopolio de su 'club de amigos', no trabajar con los mejores profesioales. Esa sociedad que sería para seres humanos, pero que no distaba de ser una sociedad hecha para gente que piensa como las leyes antiguas de Sumeria y sus sumo-scacerdotes.
Esa sociedad que vista por ojos inteligentes irónicamente estaba lejos de “derrumbarse” aunque permaneciendo en un sistema de retroalimentación compuesto básicamente de “decadencia constante”, una decadencia mantenida o nivelada del otro lado de la balanza por una fuerte dosis peso pesado de Mediocridad, esa vieja emperatriz de la Modernidad. Esa Mediocridad, necesaria para cumplir el paper de hacer Olvidar.
La reunión del día de hoy probablemente repetiría en nuevas palabras lo de siempre: Valorizaremos secreta y exclusivamente el “Home Office” (o trabajo en casa) apenas y solo exclusivamente para nosotros los líderes, mientras los empleados estarán condenados a soportar el trabajar complicadamente en equipo dentro de una maraña de intrigas –inventadas por la compañía-, expulsiones repentinas, sueldos manipulados oscuramente, rivalidades entre personas ambiciosas que utilizan a sus subordinados para sus guerras mezquinas particulares; horas extras mal pagas, vacaciones mal organizadas y desórdenes como erróneas entregas de equipos, organigramas de maquillaje... y otras cositas.
Mientras el Equipo de Ventas (que se odiaban entre ellos sonriendo bajo máscaras de circo) era tratado como reyes... y claro les encantaba toda esa jerga de “programa de incentivo controlado”, “interacción circular permanente corporativa”, “bonus por ventas extra”, y palabras similares, cuanto más tecnificadas mejor. Se embadurnaban con esas frases armadas, se escondían cual ratones cuando cualquier realidad los comenzaba a perseguir como los bigotes sensibles de un gato.
Esos caballeros sin honor, miraban levantando una ceja a los montadores, torneros y técnicos especialistas desde lejos para no ensuciarse la vista, como contemplando pobres espíritus perezosos que no conocían aún la vida de alguien con objetivos, como “ellos”. Los consideraban en general fracasados, producto de un área de la sociedad ruda e inculta, que rápido pasaban de niños revoltosos de barrio, a “obreros técnicos” siempre sucios como ganado. Cuando podían inventaban tristes chistes, algo así como los chistes racistas, que apenas hacen reír a un cínico grupo selecto. Pero en la modernidad muchos de esos trabajadores que ellos despreciaban habían pasado por universidades con mayor frecuencia que un vendedor, mientras que el vendedor o era un pobre tipo que destruyó su autoestima en una vida de excesos, o bien destruyó su autoestima agarrado a conceptos religiosos artificiales, cuyo resultado humano al fin es el mismo, salvo el crucifijo o la estampita colgadas en el coche, o en la cocina de mamá.
La empresa quedaba así dividida a causa del miedo y ganancia de sus líderes, aprovechándose de la poca proyección mental de sus ‘esclavos’ no por falta de capacidad pero sí por falta de auto-análisis, en fin, de favorecer todas esas cosas. De este modo era imposible reconciliar todo fácilmente porque tocaba todos los ámbitos: el financiero, el social, el profesional, el humano, más aún con esas débiles reuniones pierde-tiempo que aparecen en cualquier manual de “como mejorar su empresa” simplemente porque el material humano de los líderes dejaba muchísimo que desear; dejándole opciones pobres a las personas que trabajaban para ellos.
Simplemente porque esas cosas estaban en manos de los vivillos que perpetraban escondidos en falsas sonrisas sus querellas inmediatas. Para contribuir luego con bastante poco carácter cuando las cosas se complicaban, y tenían que pensar algo más complejo que cuatro por tres. Esos usuarios del poder tenían armado su cerco defensivo con cierta perfección de silenciosos peritos, pero la estructura era tan endeble que cualquier acontecimiento inesperado la derrumbaría.
Visto de un modo positivista respetable, realmente no era algo malo en sí reunir a las personas abordando esos asuntos, pero la forma en la que lo colocaban era tan falsa, y había tanta nueva hipocresía en la empresa –se notaba en el tono de voz- que ya estaban desperdiciados desde el comienzo todos aquellos objetivos que emulaban repetitivamente esos encargados y supervisores, coordenadores. Desde el fondo del espíritu de la empresa que eran los ausentes dueños –todos querían que todo continuase como estaba-; y si había algo que Sosa ansiaba de una vez por todas en esa empresa era un trabajo en equipo más eficiente: nunca le entregaban el material de soldadura a tiempo, ni las varas metálicas para brocas, desde que el equipo de materiales más preparado fue deshecho en nombre de los ‘cortes en el presupuesto’, para dar lugar a amigos o familiares de algún superior invisible, reventando así el ‘supuesto presupuesto enemigo de un buen puesto’.
¿Pero entonces qué trabajo de equipo y qué diablos, cuando la empresa quería conservar precios discutiendo por 1.5 de diferencia después teniendo que aceptar las condiciones? Resultado: las empresas abastecedoras contratadas ya entregaban tarde la mercadería por no dejarla salir antes de la negociación, y así no había entregas de material a tiempo, ni clientes muy contentos.
Esto era lo que veía nuestro amigo Juan y nada podía hacer para cambiarlo.
Y todo seguía como un río que sale de su cauce, como otra vuelta de tuerca.
Pero volvamos a los vericuetos modernos: era obviamente otra cosa lo que los perfumados gananciosos jefes llenos de “protocolos por email“ querían en realidad: Continuar conviviendo con el caos porque daba más lucro fácil conservando esa dulce Manzana de la Utopía no pudrirse a los ojos del pueblo, mientras ellos mismos comandados por el dueño que revisaba desde el Caribe sus cuentitas mantenían algo burdamente similar a Ley y Orden, pero que en realidad era Caos y Tecnicismo. Nadie les creía ya, apenas los pocos ilusos que restaban en algún lugar ahogados por su propia fragilidad mental, sumergidos en conceptos retorcidos movidos por el servilismo simulado de sus cobardes acciones.
Entonces, cansados los empleados, desde los que laburaban en serio, hasta los más vagonetas, sentían por igual que nuevamente la sanata era vacía, o al menos sentían que el aire estaba demasiado pesado. Y encima quedaba trabajo pendiente esperándolos en sus puestos.
En el pasado Juan Sosa tenía que controlar la rabia, esa espuma ácida de lobo, y la gastritis a veces se le subía por el tubo digestivo. Pero era cosa rara hoy en día, estaba tan harto ahora que se había calmado y apenas se levantaba para hacer su trabajo, volver a casa e intentar dar oídos a cosas más interesantes que charlas de vivos pasajeros que quieren parecer importantes. Infelizmente muchos de sus ladinos o ingenuos jefes veían esa actitud como de “falta de incentivo” y buscaban si posible cargarlo de trabajo sin razón, perjudicando así su rendimiento.
La forma de pensar de las mentes confusas que se entregan a las pasiones patéticas, jugueteando con las cosas serias; vanos, sin fé en las personas como personas. Ese día la reunión estaba particularmente aburrida, comprimida por el intenso calor veraniego y el estabilizador del aire acondicionado estaba funcionando mal, congelaba el ambiente demasiado, o paraba de repente haciendo pensar que se derretería todo.
Juan Sosa sentía que algo dentro suyo empezaba a perder la paciencia, pero decidió no entregarse de lleno a un sentimiento así, porque sintió que si se dejaba llevar lo perdería todo.
- Si, ya dijeron eso en la última reunión, el trabajo en equipo y ese blabla. – dijo Juan Sosa, murmurando.
- Cállate, que no te oiga el Supervisor Lafreña. – respondió el Tano Calnevari.
- Esos no oyen ni un tren pasar, cuando se la están creyendo. Un día tal vez renunciar o que me despidan, no será la perdición, sino la salvación –
- Dió’ te oiga, Juan. Yo no largo este laburo ni en pedo.-
- Está bien, es casi locura largar un empleo en los días de hoy. Pero este laburo te está largando, te está arrancando cosas buenas también. Pensá eso al menos, pensá...¿qué es lo que vale cuando te sacan todo lo bueno que tenías adentro, cuando el permanecer con ellos significa perder más…?- le murmuró Sosa mirándolo a la cara, el Tano no entendió bien, dividiendo su atención con el que discursaba, asintió apenas de cumplido, pero no lo escuchó. Juan vio que era inútil hasta hablar con su amigo.
- ¿Qué dijiste? – preguntó bajito Calnevari que estaba con cara de tonto. Juan Sosa no le respondió otra vez. De repente la atención de todos se dirigió hacia el que discursaba; éste marcaba el fin de la reunión y era eso lo que todos querían oír.
- ¿Y entonces? ¿Alguna pregunta? – dijo en voz alta el arrogante Suárez, del departamento de recursos humanos. Mal había sido contratado para repetir como loro mecánico el discurso retórico de la empresa.
Los peligrosos supervisores de producción Lafreña y algunos otros ardilosos del gabinete del Jefe, secretarias maquilladas metidas en medias que valorizaban las piernas contrastadas con sus caras arenosas y de mirada lánguida, fría; perfumados vendedores, y técnicos de producción, todos esos esbozaban sonrisitas inútiles - dependiendo su estado mental- de conveniencia o de cansancio, condicionados por el nivel de franqueza que lograsen alcanzar en conexión con sus tics y tensiones acumuladas.
Imaginen constantes estertores abismales invisibles de secretarias sexualmente frustradas.
Sentimientos traídos desde el fondo de sus almas sin paz o en algún estado que ellos imaginaban un poco más elevado que el puro hartazgo. Sosa, cruzado de brazos no decía nada, ni su amigo el “Tano” Calnevari, que cuidaba de la parte de sistemas teniendo que oír todos los días las propuestas más absurdas de almacenamiento de datos, informes y los más estrafalarios modos de encarar contradictorios lanzamientos de productos inacabados, venidos de departamentos que competían entre ellos y se serruchaban el piso ante la placentera contemplación de los jerarcas de la empresa.
El Tano miró su reloj, para ver la hora pero también para mirar hacia abajo cual manso cordero, lo que era una peligrosa tendencia que comenzaba a repetir y quizás repetiría hasta el último tic de su vejez. El mentón atraído por el tórax en señal animal de sumisión. Juan Sosa veía esa peligrosa tendencia a cada día, en un gesto y un codazo, le sugirió al Tano que prestase atención. El Tano, como siempre, en su sopor quejumbroso, no entendió el mensaje, apenas le pareció que Juan era un tipo violento.
Tampoco nadie más respondió. Querían irse a casa. El hartazgo en sus varias modalidades alcanzaba a todos como un misil de esquirlas mortales.
El último incentivo del “trabajo en equipo” acababa de ser destruido por sus propios discursadotes de pacotilla, y el poco interés real por las cosas que poseían los dueños de la empresa hacía años. Años de lucrar fácilmente, cebados como tigres en carne humana. La única solución sería tal vez sacrificarlos, pero esa solución sólo se aplica a los tigres, no a los hombres.
Ahora era apenas intentar mantener todo como está, patear “pá frente”, arrastrando las cosas y cortando gastos cuando necesario. La triunfal bandera secreta de la Mediocridad se clavó en el imaginario montículo de “Iwo Jima” compuesto de carne, saliva, sudor y lágrimas de todos sus compañeros de laburo. Esa era la imagen que Juan Sosa tenía en la mente, siempre se había interesado en ciertos asuntos históricos, no siempre apenas leyó libros técnicos de soldaduras electrónicas, entre cigueñales, cobre, estaño, o calentamiento inductivo.
Y entonces los presumidos líderes comandados por personas que ganaban muy pero muy bien, pensaron: “qué cosa, vamos a aprender de las grandes economías del norte” e implantaron esa idea, pero con una pequeña modalidad o adaptación local... inventaron un “Happy Hour” sudaca, y así todos los jueves para que el grupo de empleados se sintiera bien, según ellos, el show debía continuar así. Y llegó un momento que a Juan le llamaron la atención por adelantar trabajo en horas de Happy Hour recomendado por la genial idea de los de recursos humanos, porque realmente no se bancaba ese bando de hipócritas y a ellos no les gustaba la franqueza de tener que oír sus irónicas frases, entonces era mejor ‘desaparecer’ un poquito.
Pero los jerarcas de la modernidad no iban a dejarlo así tranquilo tan fácil. Tuvo que volver a ir los jueves al “happy motherfucker” como él lo llamaba secretamente, y dejar pendiente cosillas que el departamento de producción reclamaría cínicamente después. “No te amargues”, le decía el Tano, “te creés que no me cuesta soportarlos a mí también cuando comienzan a pedir lo imposible para el departamento de sistemas que les arregle lo que su estrechez de mente y pereza jamás consiguieron”. Y quieren sobornarme, comprarme después... me proponen trabajar mejor para uno más que para otro, los responsables de producto en plena –happy hour- me presionan en que deberíamos “unirnos”, programar secretamente arreglos en el sistema”. Y yo me pregunto –unirnos- qué significa para ellos, unirnos quiénes, qué carajo es la unión para estos chicos.- concluyó el Tano medio amargado, la cabeza le pesaba sobre los hombros.
- No les prestes atención, no podemos hacer nada de especial...ocuparon todos los lugares de atención, nos tienen bien fritos por el mango...no hay nada que hacer sino quedarse a ignorarlos o bien salir a otro laburo, si hubiese laburo... son pobres vendedores de Utopías baratas en medio de un “Happy hour de porquería”, vamos a buscar una cerveza al congelador antes que me dé la loca y me escape por la ventana.- le dijo Juan al Tano.
Permanecieron en silencio hasta que apareció una triste figura queriendo atormentarlos; pero después se fue a emborracharse un poco y caerles encima a las secretarias y mujercillas que había por allí cuchicheando; de calenturas corriqueras o esperanzas de cristal.
- ¿Para qué perder tiempo con esos fracasados que cobran miserias que juntan alrededor de una mesa de navidad? Vení a ver mi nuevo auto que está estacionado afuera...-
- ¿En serio que te lo compraste ganando mucho en comisiones?- Dijo la secretaria mientras intentaba mostrar una pierna sin que se le notara mucho la repentina excitación, disimulando en tonito de circunstancia. Estaba harta de todo y daría cualquier cosa para salir o subir en ese empleo, usaría sus artimañas sexuales sin problemas; además el alcohol le daba ánimos.
- Cuando la empresa no te necesite más también vas a caer y más pesado que nosotros, roñoso – Le dijo Juan Sosa que había oído el verso que había usado con ella .
- ¿Qué dijiste? –
- Lo que oíste, basura. –
- ¡Pará Juan! – El Tano quiso detenerlo, pero el vendedor Rodríguez ya estaba encima de Juan y recibió antes de poder hacer algo un puñetazo que lo mandó sobre una mesa pequeña llena de canapés.
A Juan lo echaron ese día sin oír ninguna de las declaraciones de los testigos, pero al vendedor no, porque estaba dando buenos lucros inmediatos. Lo echaron un año más tarde; cuando la empresa comenzó a dar muestras de falta de calidad evidente y los clientes dejaron de comprar los productos y la competencia tomó el mercado. Cuando los auditores llegaban con expedientes nada agradables.
Rodríguez, para terminar de pagar las cuotas del automóvil de luxe que se había comprado tuvo que venderlo por un odioso compacto de dos puertas, y aún estaba desempleado. Tiempo después Juan Sosa ya estaba trabajando en otro lugar y el Tano, que era un manojo de nervios manipulado y presionado por todos lados por fuerzas maléficas, a veces lo llamaba por teléfono contándole cosas de la Roxy Argentina.
“Que suertudo que sos Juan, encontraste laburo, ¿no tenés algo para mi?, Avisame que acá no se puede respirar sin tener que hacer un informe que le guste a los amiguitos de Lafreña, y ya tuve que diseñar cosas ilógicas, engañar en la cuestión de auditoria de materiales y mentir en varios de mis sistemas para agradarlos...”
La voz del Tano sonaba trémula y débil. El sistema al que se había entregado le había sacado casi toda swu antigua energía.
A Juan ya no le importaba, era siempre lo mismo, siempre la misma manga de retrasados como esos cuentos de ciencia ficción donde unos mutantes horribles antropófagos y de cerebros atrofiados dominan el futuro esclavizando a la raza humana.
- Y, mirá Tano, por ahora no hay nada para vos, ¿qué querés que haga? – Colgó el teléfono, y vio que era hora de almorzar.
Observa las señales
Observa los síntomas
Observa la trivialidad
Calma después de la tormenta
King Crimson “Hombre modelo” (Model Man)
Juan Sosa era un tornero que en unos años se tornó un eximio soldador cuando la tecnología evolucionó, pero era efectivo mientras pudiese trabajar bajo cierta paz. Bajo presiones inconexas de política de empresa su rendimiento bajaba, aunque los plazos no le molestaban; el problema serio era que esa empresa había perdido la coordenación de objetivos-trabajo.
La compañía no ejercía la autoridad con criterio, menos aún con sabiduría: exageraba y superponía la importancia de procedimientos a ventajas operacionales dadas a ciertos individuos. Los desvíos morales de ciertos personajes en la directoria dando ventajas a ‘amigos’ como salarios altos en puestos de eficiencia mínima sólo empeoraron las cosas.
Aquel día él había sido llamado otra vez a una reunión de planificación en la Roxy Metal & Asociados por sus supervisores, teniendo que interrumpir su trabajo otra “maldita vez” para oír cuentos de science fiction irreales e ingenuos proveniente del departamento de producción manipulados para promover el grupo de personas que estaba encajando –mientras dejaba cesante de a poco todos los otros empleados antiguos con excusas por demás ridículas-
-No entiendo, primero nos llaman a mil reuniones diciendo mentiras sobre algunos problemas en la mecánica de la producción, que no era falla nuestra, y ahora me dejan cesante sin decir porqué...- decía el chango Suárez, que por años se había encargado de las cintas del sector F con loable empeño.
De nada servía todo eso cuando el nuevo director quería colocar a sus amigos, que encima ya venían con salario aumentado, aumento que a los antiguos profesionales empleados les venían negando con excusas cada vez más desfachatadas, pero que encajaban con la política de la época: “hacer mucho con poco”, “tenemos que apretarnos los cinturones” y slogans retrógrados dignos de productores de recesión que recogen siempre los laureles de otros y luego le dan un palmadita al empleado en la espalda mientras en verdad lo están enterrando en la fosa común del olvido.
Llegó un momento que un slogan venido de la mayor imbecilidad sideral se hizo filosofía en la empresa: "menos es más".
El nuevo director pretendía imponerse como superior en todos los aspectos inventando su súper-grupo, alimentado por su imaginación exacerbada, su ego inflado por su amante sexualmente atrevida, su mujer gastadora, y sus hijos saludables estudiando en colegios caros, todo exactamente en esa orden. Pero naturalmente todo era una ridícula ilusión, en poco tiempo las demisiones de personal calificado se notaría en la Roxy Metal.
Y tenía tanto miedo, tanto miedo de su función, de su desempeño, que comenzó a usar su implacable látigo invisible. De hecho; pretendía mejorar números de producción-calidad que sólo podían estar en los libros imaginarios de la Ford en 1919, en la General Electric de los ´50 –que con su eficiencia ensució el East River por mucho tiempo- o en la Siemens o JVC de los ´80 cuando Japón imperaba en la industria mundial; o quien sabe en los agotadores arrozales o la industria metalúrgica de la China Maoísta. O en la efectividad del trabajo del corte de caña de azúcar en Cuba de comienzos de los ´60, bajo los conceptos frescos aún de una revolución social conquistada.
En cada uno de esos escenarios de producción el empeño no era la única virtud, por más traída de los pelos que fuese la ideología, de un modo o de otro, se buscaba aplicarla. En líneas generales, eran sistemáticos, estudiosos y no imponían tan fácil la ventaja personal comprometiendo calidad o variando a menos las increíbles cifras de producción. Históricamente muchas de las consideradas potencias conseguían a menudo o a duras penas esos plazos de sus equipos. Pero tenían más capital inicial, mejor soporte, y lo que es esencial, encaraban el trabajo con una moral y alegría diferente. ‘Eran otras épocas’ muchos dirían, como que excusándose.
Pero en la Roxy Metal de Argentina ahora tapaban en registros lindos y perfumados los errores humanos que eran provocados por su anticuada, atrasada política –y de haber echado a gente útil en masa- de una forma más audaz, sin escrúpulos, impunemente. Los más expertos, que notarían esos excesos ya estaban fuera de la empresa, los que se darían cuenta de esos números muy lindos, que por cierto en Sudamérica casi nunca se cumplían.
De algún modo u otro ya se habían encargado de silenciarlos, y muchas veces ese silencio se provoca con una buena indemnización, un paseo por el departamento de recursos humanos donde un lindo cheque te espera, pero en casos como esos, la función del cheque es también el de la mordaza, la función de silenciar. Gente que tenía una carrera ya encaminada, de repente está cesante por una política de empresa que es absolutamente miope a la realidad de la cuestión integral, ideada por megalomaníacos y ejecutada por idiotas.
Ese día Juan Sosa sentía como nunca el peso de la industria y estaba a punto de enloquecer cual un Charlot en la película 'Tiempos Modernos'. Recordó que era casado, dos hijos, recordó que tenía que pagarle el alquiler de extorsión directo a la encargada que tenía contacto directo con el dueño, y las deudas del coche. Pero aún así esas imágenes no le provocaban paralización de raciocinio, era justamente ese círculo maligno que quería sanear, no sabía de que manera hacerlo sin que fuese un acto de barbarismo, enajenación o alienación, mientras que la bronca implacable intentaba invadir todo su sistema emocional, dejándolo a punto de estallar.
Detuvo la máquina que comenzó el enfriamiento sabiendo que después iba a perder otros quince minutos para alcanzar nuevamente el grado térmico correspondiente de rendimiento. En ese momento le importaba un rábano lo que había estudiado, la empresa, su carrera prácticamente inexistente como tal, su vida personal y su status económico, porque se sentía por demás utilizado.
Se sacó el chaleco protector y el casquito bufando, conocía la estúpida rutina de esas reuniones que pretendían traer la “unión del trabajo en equipo” y otras utopías extintas por la tremenda violencia económica de casi todo el sistema económico global y a su vez local, que aplastaba triunfalmente esas creencias y anhelos de 'hermandad', comprometía seriamente a toda filosofía alternativa de empresas de la faz de la Tierra, en forma total y completa.
Una supremacía igual al mundo antiguo, ejercida por imperios que supuestamente fueron superados, pero se agrupaban tomando todos los mercados, buscando establecer el rápido monopolio de su 'club de amigos', no trabajar con los mejores profesioales. Esa sociedad que sería para seres humanos, pero que no distaba de ser una sociedad hecha para gente que piensa como las leyes antiguas de Sumeria y sus sumo-scacerdotes.
Esa sociedad que vista por ojos inteligentes irónicamente estaba lejos de “derrumbarse” aunque permaneciendo en un sistema de retroalimentación compuesto básicamente de “decadencia constante”, una decadencia mantenida o nivelada del otro lado de la balanza por una fuerte dosis peso pesado de Mediocridad, esa vieja emperatriz de la Modernidad. Esa Mediocridad, necesaria para cumplir el paper de hacer Olvidar.
La reunión del día de hoy probablemente repetiría en nuevas palabras lo de siempre: Valorizaremos secreta y exclusivamente el “Home Office” (o trabajo en casa) apenas y solo exclusivamente para nosotros los líderes, mientras los empleados estarán condenados a soportar el trabajar complicadamente en equipo dentro de una maraña de intrigas –inventadas por la compañía-, expulsiones repentinas, sueldos manipulados oscuramente, rivalidades entre personas ambiciosas que utilizan a sus subordinados para sus guerras mezquinas particulares; horas extras mal pagas, vacaciones mal organizadas y desórdenes como erróneas entregas de equipos, organigramas de maquillaje... y otras cositas.
Mientras el Equipo de Ventas (que se odiaban entre ellos sonriendo bajo máscaras de circo) era tratado como reyes... y claro les encantaba toda esa jerga de “programa de incentivo controlado”, “interacción circular permanente corporativa”, “bonus por ventas extra”, y palabras similares, cuanto más tecnificadas mejor. Se embadurnaban con esas frases armadas, se escondían cual ratones cuando cualquier realidad los comenzaba a perseguir como los bigotes sensibles de un gato.
Esos caballeros sin honor, miraban levantando una ceja a los montadores, torneros y técnicos especialistas desde lejos para no ensuciarse la vista, como contemplando pobres espíritus perezosos que no conocían aún la vida de alguien con objetivos, como “ellos”. Los consideraban en general fracasados, producto de un área de la sociedad ruda e inculta, que rápido pasaban de niños revoltosos de barrio, a “obreros técnicos” siempre sucios como ganado. Cuando podían inventaban tristes chistes, algo así como los chistes racistas, que apenas hacen reír a un cínico grupo selecto. Pero en la modernidad muchos de esos trabajadores que ellos despreciaban habían pasado por universidades con mayor frecuencia que un vendedor, mientras que el vendedor o era un pobre tipo que destruyó su autoestima en una vida de excesos, o bien destruyó su autoestima agarrado a conceptos religiosos artificiales, cuyo resultado humano al fin es el mismo, salvo el crucifijo o la estampita colgadas en el coche, o en la cocina de mamá.
La empresa quedaba así dividida a causa del miedo y ganancia de sus líderes, aprovechándose de la poca proyección mental de sus ‘esclavos’ no por falta de capacidad pero sí por falta de auto-análisis, en fin, de favorecer todas esas cosas. De este modo era imposible reconciliar todo fácilmente porque tocaba todos los ámbitos: el financiero, el social, el profesional, el humano, más aún con esas débiles reuniones pierde-tiempo que aparecen en cualquier manual de “como mejorar su empresa” simplemente porque el material humano de los líderes dejaba muchísimo que desear; dejándole opciones pobres a las personas que trabajaban para ellos.
Simplemente porque esas cosas estaban en manos de los vivillos que perpetraban escondidos en falsas sonrisas sus querellas inmediatas. Para contribuir luego con bastante poco carácter cuando las cosas se complicaban, y tenían que pensar algo más complejo que cuatro por tres. Esos usuarios del poder tenían armado su cerco defensivo con cierta perfección de silenciosos peritos, pero la estructura era tan endeble que cualquier acontecimiento inesperado la derrumbaría.
Visto de un modo positivista respetable, realmente no era algo malo en sí reunir a las personas abordando esos asuntos, pero la forma en la que lo colocaban era tan falsa, y había tanta nueva hipocresía en la empresa –se notaba en el tono de voz- que ya estaban desperdiciados desde el comienzo todos aquellos objetivos que emulaban repetitivamente esos encargados y supervisores, coordenadores. Desde el fondo del espíritu de la empresa que eran los ausentes dueños –todos querían que todo continuase como estaba-; y si había algo que Sosa ansiaba de una vez por todas en esa empresa era un trabajo en equipo más eficiente: nunca le entregaban el material de soldadura a tiempo, ni las varas metálicas para brocas, desde que el equipo de materiales más preparado fue deshecho en nombre de los ‘cortes en el presupuesto’, para dar lugar a amigos o familiares de algún superior invisible, reventando así el ‘supuesto presupuesto enemigo de un buen puesto’.
¿Pero entonces qué trabajo de equipo y qué diablos, cuando la empresa quería conservar precios discutiendo por 1.5 de diferencia después teniendo que aceptar las condiciones? Resultado: las empresas abastecedoras contratadas ya entregaban tarde la mercadería por no dejarla salir antes de la negociación, y así no había entregas de material a tiempo, ni clientes muy contentos.
Esto era lo que veía nuestro amigo Juan y nada podía hacer para cambiarlo.
Y todo seguía como un río que sale de su cauce, como otra vuelta de tuerca.
Pero volvamos a los vericuetos modernos: era obviamente otra cosa lo que los perfumados gananciosos jefes llenos de “protocolos por email“ querían en realidad: Continuar conviviendo con el caos porque daba más lucro fácil conservando esa dulce Manzana de la Utopía no pudrirse a los ojos del pueblo, mientras ellos mismos comandados por el dueño que revisaba desde el Caribe sus cuentitas mantenían algo burdamente similar a Ley y Orden, pero que en realidad era Caos y Tecnicismo. Nadie les creía ya, apenas los pocos ilusos que restaban en algún lugar ahogados por su propia fragilidad mental, sumergidos en conceptos retorcidos movidos por el servilismo simulado de sus cobardes acciones.
Entonces, cansados los empleados, desde los que laburaban en serio, hasta los más vagonetas, sentían por igual que nuevamente la sanata era vacía, o al menos sentían que el aire estaba demasiado pesado. Y encima quedaba trabajo pendiente esperándolos en sus puestos.
En el pasado Juan Sosa tenía que controlar la rabia, esa espuma ácida de lobo, y la gastritis a veces se le subía por el tubo digestivo. Pero era cosa rara hoy en día, estaba tan harto ahora que se había calmado y apenas se levantaba para hacer su trabajo, volver a casa e intentar dar oídos a cosas más interesantes que charlas de vivos pasajeros que quieren parecer importantes. Infelizmente muchos de sus ladinos o ingenuos jefes veían esa actitud como de “falta de incentivo” y buscaban si posible cargarlo de trabajo sin razón, perjudicando así su rendimiento.
La forma de pensar de las mentes confusas que se entregan a las pasiones patéticas, jugueteando con las cosas serias; vanos, sin fé en las personas como personas. Ese día la reunión estaba particularmente aburrida, comprimida por el intenso calor veraniego y el estabilizador del aire acondicionado estaba funcionando mal, congelaba el ambiente demasiado, o paraba de repente haciendo pensar que se derretería todo.
Juan Sosa sentía que algo dentro suyo empezaba a perder la paciencia, pero decidió no entregarse de lleno a un sentimiento así, porque sintió que si se dejaba llevar lo perdería todo.
- Si, ya dijeron eso en la última reunión, el trabajo en equipo y ese blabla. – dijo Juan Sosa, murmurando.
- Cállate, que no te oiga el Supervisor Lafreña. – respondió el Tano Calnevari.
- Esos no oyen ni un tren pasar, cuando se la están creyendo. Un día tal vez renunciar o que me despidan, no será la perdición, sino la salvación –
- Dió’ te oiga, Juan. Yo no largo este laburo ni en pedo.-
- Está bien, es casi locura largar un empleo en los días de hoy. Pero este laburo te está largando, te está arrancando cosas buenas también. Pensá eso al menos, pensá...¿qué es lo que vale cuando te sacan todo lo bueno que tenías adentro, cuando el permanecer con ellos significa perder más…?- le murmuró Sosa mirándolo a la cara, el Tano no entendió bien, dividiendo su atención con el que discursaba, asintió apenas de cumplido, pero no lo escuchó. Juan vio que era inútil hasta hablar con su amigo.
- ¿Qué dijiste? – preguntó bajito Calnevari que estaba con cara de tonto. Juan Sosa no le respondió otra vez. De repente la atención de todos se dirigió hacia el que discursaba; éste marcaba el fin de la reunión y era eso lo que todos querían oír.
- ¿Y entonces? ¿Alguna pregunta? – dijo en voz alta el arrogante Suárez, del departamento de recursos humanos. Mal había sido contratado para repetir como loro mecánico el discurso retórico de la empresa.
Los peligrosos supervisores de producción Lafreña y algunos otros ardilosos del gabinete del Jefe, secretarias maquilladas metidas en medias que valorizaban las piernas contrastadas con sus caras arenosas y de mirada lánguida, fría; perfumados vendedores, y técnicos de producción, todos esos esbozaban sonrisitas inútiles - dependiendo su estado mental- de conveniencia o de cansancio, condicionados por el nivel de franqueza que lograsen alcanzar en conexión con sus tics y tensiones acumuladas.
Imaginen constantes estertores abismales invisibles de secretarias sexualmente frustradas.
Sentimientos traídos desde el fondo de sus almas sin paz o en algún estado que ellos imaginaban un poco más elevado que el puro hartazgo. Sosa, cruzado de brazos no decía nada, ni su amigo el “Tano” Calnevari, que cuidaba de la parte de sistemas teniendo que oír todos los días las propuestas más absurdas de almacenamiento de datos, informes y los más estrafalarios modos de encarar contradictorios lanzamientos de productos inacabados, venidos de departamentos que competían entre ellos y se serruchaban el piso ante la placentera contemplación de los jerarcas de la empresa.
El Tano miró su reloj, para ver la hora pero también para mirar hacia abajo cual manso cordero, lo que era una peligrosa tendencia que comenzaba a repetir y quizás repetiría hasta el último tic de su vejez. El mentón atraído por el tórax en señal animal de sumisión. Juan Sosa veía esa peligrosa tendencia a cada día, en un gesto y un codazo, le sugirió al Tano que prestase atención. El Tano, como siempre, en su sopor quejumbroso, no entendió el mensaje, apenas le pareció que Juan era un tipo violento.
Tampoco nadie más respondió. Querían irse a casa. El hartazgo en sus varias modalidades alcanzaba a todos como un misil de esquirlas mortales.
El último incentivo del “trabajo en equipo” acababa de ser destruido por sus propios discursadotes de pacotilla, y el poco interés real por las cosas que poseían los dueños de la empresa hacía años. Años de lucrar fácilmente, cebados como tigres en carne humana. La única solución sería tal vez sacrificarlos, pero esa solución sólo se aplica a los tigres, no a los hombres.
Ahora era apenas intentar mantener todo como está, patear “pá frente”, arrastrando las cosas y cortando gastos cuando necesario. La triunfal bandera secreta de la Mediocridad se clavó en el imaginario montículo de “Iwo Jima” compuesto de carne, saliva, sudor y lágrimas de todos sus compañeros de laburo. Esa era la imagen que Juan Sosa tenía en la mente, siempre se había interesado en ciertos asuntos históricos, no siempre apenas leyó libros técnicos de soldaduras electrónicas, entre cigueñales, cobre, estaño, o calentamiento inductivo.
Y entonces los presumidos líderes comandados por personas que ganaban muy pero muy bien, pensaron: “qué cosa, vamos a aprender de las grandes economías del norte” e implantaron esa idea, pero con una pequeña modalidad o adaptación local... inventaron un “Happy Hour” sudaca, y así todos los jueves para que el grupo de empleados se sintiera bien, según ellos, el show debía continuar así. Y llegó un momento que a Juan le llamaron la atención por adelantar trabajo en horas de Happy Hour recomendado por la genial idea de los de recursos humanos, porque realmente no se bancaba ese bando de hipócritas y a ellos no les gustaba la franqueza de tener que oír sus irónicas frases, entonces era mejor ‘desaparecer’ un poquito.
Pero los jerarcas de la modernidad no iban a dejarlo así tranquilo tan fácil. Tuvo que volver a ir los jueves al “happy motherfucker” como él lo llamaba secretamente, y dejar pendiente cosillas que el departamento de producción reclamaría cínicamente después. “No te amargues”, le decía el Tano, “te creés que no me cuesta soportarlos a mí también cuando comienzan a pedir lo imposible para el departamento de sistemas que les arregle lo que su estrechez de mente y pereza jamás consiguieron”. Y quieren sobornarme, comprarme después... me proponen trabajar mejor para uno más que para otro, los responsables de producto en plena –happy hour- me presionan en que deberíamos “unirnos”, programar secretamente arreglos en el sistema”. Y yo me pregunto –unirnos- qué significa para ellos, unirnos quiénes, qué carajo es la unión para estos chicos.- concluyó el Tano medio amargado, la cabeza le pesaba sobre los hombros.
- No les prestes atención, no podemos hacer nada de especial...ocuparon todos los lugares de atención, nos tienen bien fritos por el mango...no hay nada que hacer sino quedarse a ignorarlos o bien salir a otro laburo, si hubiese laburo... son pobres vendedores de Utopías baratas en medio de un “Happy hour de porquería”, vamos a buscar una cerveza al congelador antes que me dé la loca y me escape por la ventana.- le dijo Juan al Tano.
Permanecieron en silencio hasta que apareció una triste figura queriendo atormentarlos; pero después se fue a emborracharse un poco y caerles encima a las secretarias y mujercillas que había por allí cuchicheando; de calenturas corriqueras o esperanzas de cristal.
- ¿Para qué perder tiempo con esos fracasados que cobran miserias que juntan alrededor de una mesa de navidad? Vení a ver mi nuevo auto que está estacionado afuera...-
- ¿En serio que te lo compraste ganando mucho en comisiones?- Dijo la secretaria mientras intentaba mostrar una pierna sin que se le notara mucho la repentina excitación, disimulando en tonito de circunstancia. Estaba harta de todo y daría cualquier cosa para salir o subir en ese empleo, usaría sus artimañas sexuales sin problemas; además el alcohol le daba ánimos.
- Cuando la empresa no te necesite más también vas a caer y más pesado que nosotros, roñoso – Le dijo Juan Sosa que había oído el verso que había usado con ella .
- ¿Qué dijiste? –
- Lo que oíste, basura. –
- ¡Pará Juan! – El Tano quiso detenerlo, pero el vendedor Rodríguez ya estaba encima de Juan y recibió antes de poder hacer algo un puñetazo que lo mandó sobre una mesa pequeña llena de canapés.
A Juan lo echaron ese día sin oír ninguna de las declaraciones de los testigos, pero al vendedor no, porque estaba dando buenos lucros inmediatos. Lo echaron un año más tarde; cuando la empresa comenzó a dar muestras de falta de calidad evidente y los clientes dejaron de comprar los productos y la competencia tomó el mercado. Cuando los auditores llegaban con expedientes nada agradables.
Rodríguez, para terminar de pagar las cuotas del automóvil de luxe que se había comprado tuvo que venderlo por un odioso compacto de dos puertas, y aún estaba desempleado. Tiempo después Juan Sosa ya estaba trabajando en otro lugar y el Tano, que era un manojo de nervios manipulado y presionado por todos lados por fuerzas maléficas, a veces lo llamaba por teléfono contándole cosas de la Roxy Argentina.
“Que suertudo que sos Juan, encontraste laburo, ¿no tenés algo para mi?, Avisame que acá no se puede respirar sin tener que hacer un informe que le guste a los amiguitos de Lafreña, y ya tuve que diseñar cosas ilógicas, engañar en la cuestión de auditoria de materiales y mentir en varios de mis sistemas para agradarlos...”
La voz del Tano sonaba trémula y débil. El sistema al que se había entregado le había sacado casi toda swu antigua energía.
A Juan ya no le importaba, era siempre lo mismo, siempre la misma manga de retrasados como esos cuentos de ciencia ficción donde unos mutantes horribles antropófagos y de cerebros atrofiados dominan el futuro esclavizando a la raza humana.
- Y, mirá Tano, por ahora no hay nada para vos, ¿qué querés que haga? – Colgó el teléfono, y vio que era hora de almorzar.
La Fractura
- I -
“Gracias, Señor
Por la luz blanca y ciega
Una ciudad surge del mar
Yo tenía un lacerante dolor de cabeza
del cual está hecho el futuro”
Jim Morrison
(Los acontecimientos a seguir ocurrieron en Buenos Aires, en Junio de 1995)
En la bóveda oval, que por fuera simulaba un armário estilo años veinte, de madera noble y ornamentos con incrustaciones de camafeos y piedras trabajados manualmente, iba despertándose por fin Grûn-henge, quien tenía en el mundo de los vivos el nombre de Javier. El departamento era casi siempre pulcro, perfumado y algo lujoso, pero los rastros del desorden en todo sentido podían descubrirse, si se prestaba especial atención:
Botellas de licores importados que habían rodado por el piso, un prendedor de cabello de mujer grabado en nácar, caído en la alfombra, debajo de la cama. Algún zapato caro de otra ninfa que se había vestido demasiado rápido, una botella de white horse vacía a un costado de la mesa de luz, vasos de cristal sin lavar. La inexistencia de la casi muda empleada paraguaya que no había venido porque no había sido llamada desde hacía quince días; y la cocina hedía. El cuarto en suite, revelaba un baño (con algunas manchas sospechosas debajo del lavamanos) con un pesado espejo que a él no le servía, y a un lado la foto de James Dean en “Un rebelde sin Causa” que una de sus chicas semi-mordisqueadas del pasado reciente le había regalado. Lo cierto era que Javier se parecía físicamente con él, apenas físicamente. Y estaba muerto antes que el verdadero. Desde la mítica fotografía sonreía Jimmy apoyando los dedos en su pantalón, esa sonrisa que irradiaba luz, e invadía completamente ese rostro temerário. Jimmy era la vida plena estampada en una foto que aún desde la muerte irradia calor, pero Javier era la muerte en vida, que irradia hielo. Los opuestos se atraen; siempre.
No le faltaban momentos de piedad, se estaba refinando como un whisky escocés. A algunas chicas simpáticas, bondadosas o esforzadas en lo que hacían, las mordisqueaba apenas lo justo sin inocularle irreversiblemente esa enfermedad proveniente de los umbrales de la muerte.
Hasta ahí, un departamento más en Buenos Aires, cerca de la avenida Scalabrini Ortiz, donde había aún rastros de las antiguos rieles de tranvía y adoquines que temblaban bajo las ruedas del sesenta. Una posesión de algo así como un play-boy de la década del noventa y sus amigos fláccidos, “pseudo-junkies light” , algunos fashion hijitos de papá, y también desorientados de toda clase. Sólo de ver ese cuarto cualquiera podía imaginarse esos macilentos rostros y miradas turbias, representantes perfectos del fin, del ocaso ahogado del siglo aguantado por esa neoliberal sociedad argentina del fin del siglo XX.
Un poco mentalmente era eso, sí, los jóvenes estaban cansados de sí mismos, digamos que un tanto desgastados en incontables casos, y vivían como que en ese disimulo repetido; escondidos en una especie de status económico digamos seguro, obtenido de sus “triunfos” en la selecta y adormecida Argentina del dólar uno a uno: el neoliberalismo peronista-menemista, partido donde había muchos vampiros entre sus afiliados, dicho sea de paso. Y sobre esos pidbes 'bien', una búsqueda por el placer y el utilizar el tuétano de la vida del prójimo los unía. Aunque Javier escuchaba diferentes opiniones de esos amigos sobre el tema, él tenía la propia, y prefería callar. Mejor dicho, la opinión era extraída de Lord Byron, quien definió el asunto mejor que nadie con esa lucidez que se sumergía en lo trágico:
“No hay moralista más rígido que el placer”.
Y no había ni Grunges o Rappers modernos ni escritores de novelas adolescentes que hubiese redefinido mejor esas cosas.
Especialmente le hacían reír un poco muchos de esos nuevos “grunges seattílicos” que según él saltaban por el aire como si fueran alocados experimentos de la isla del Dr Moureau. Sí, lo hacían reír a carcajadas, que según él aunque tal vez llenos de buenas intenciones digamos en un principio rebeldes, al fin abrazaban una rebeldía retórica y bastante consumista, que escondía una rendida complicidad al sistema con los valores revolucionarios prácticamente inoperables del joven del ‘90. Javier prefería estudiar el material real de su odio poético, de su rabia fría y bestial, al menos eso tenía más sentido ahora. O estaba juntando algo así como la comprensión del odio, inspirado en las nuevas historias de vampiros, venidas tal vez del famoso “Conde” compuesto por las historias enigmáticas del cine y la literatura.
Pero claro, él tenía ya unos trescientos sesenta y tres años. Sabía que el verdadero personaje histórico no había vivido mucho, que era apenas una novela mítica la que estaba viva, pero su heroica muerte llena de poesía inspiraba a numerosos vampiros bien reales. En la literatura su muerte había sido digna, había sido dedicada a otro ser, murió amando a otro ser hasta el fin y dejado de lado ese odio atroz por la humanidad que le restaba como una vieja herida, aunque fuese un sueño apenas. Algo también difícil, pero no imposible, era captar amor por las cosas de la vida sin detenerse en uno u otro ser en especial, y al mismo tiempo apreciar las diferencias de niveles de conciencia que cada ser posee. Todo eso comenzaba ya a inquietarlo, en el sentido que él no ejercía esas cualidades.
Javier-Grûn-hengue estaba últimamente cuestionándose su modo de existencia. Todavía no encontraba las palabras correctas todo el tiempo, pero estaba acercándose con el paso y el poder mental de un ser antiguo; de su vida primordial de la cual apenas recordaba que había nacido como una persona en algún país bañado por el Mediterráneo. No se acordaba si era España, Grecia, o quién sabe Córcega. Ya lo recordaría, aunque poca importancia tenía hoy.
Un cambio se producía en su interior tan ausente de vida, cuando expuesto a la luz de las cosas. Problemita que lo dejaba medio obsesivo, para tener mucho cuidado, después de tan bien informadas que estaban las personas sobre los “vampiros” luego de un auge de relatos de horror que a veces revelaba secretos verdaderos, pero como género en decadencia en un mundo en decadencia demasiado preocupado en asuntos inmediatos y mundanos, no había en realidad de qué preocuparse ya que nadie en su juicio sano creería en tales “patrañas”.
–Estoy envejeciendo- se decía a sí mismo, mientras sonreía entre unos labios mortecinos, que siempre acompañaban un rostro que tenía que maquillarse para no parecer demasiado enfermizo. La verdad era que rebosaba salud, esa obscura salud, aunque esa no era ni por asomo la palabra correcta. Otra cosa lo preocupaba. Su inmortalidad, pseudo-inmortalidad como él la llamaba, le daba tiempo de aprender muchas cosas. ¿Por qué había elegido un país tan alejado del hoy estúpidamente llamado “primer mundo”? y tan pueblerino a veces, lleno de esos prejuicios ridículos que hacían reír a cualquier joven del norte, o de los países limítrofes. O hacían reír a sus propios hermanos coterráneos más inteligentes, más veraces.
O podían hacer reír también a una señorita europea, australiana, u oriental de cualquier tipo de sofisticación, sentido de la seducción o ridiculez para exhibir. Bien, talvez también porque el argentino medio de fin de siglo XX, al menos el tipo de argentino con el que él convivía o se topaba por la calle era, según él, aún históricamente demasiado llorón, y las lágrimas en exceso son en cierto modo una de las manías de los muertos, de los fantasmas. De los atrapados en un cementerio gótico mental, rodeado de un muro intrasponible y una realidad externa inaceptable.
Sí, era eso, y el dormir, el dormir. El sueño en exceso, otro amigo de la muerte. Esos nuevos “argies” atraían su mortecina curiosidad, aquella estúpida sensación de superioridad casi cruel debido a cierta inteligencia o educación orientada a la admiración por lo exagerado, lo tecnológico o lo facilista que tenían los más débiles de espíritu; a la vez que eran tan frágiles y sencillos de destruir con tácticas primarias de vampiro.
Luego estaba ese escenario ruidoso de la maravillosa urbe, esa joya que era Buenos Aires parte de esa gema mayor que era Argentina, que le alegraba la vista, siempre que estuviese codo a codo con el caos, aliado al pandemonium. Compenetrado en curiosear la confusión de la educación moderna comprada en universidades plagadas de tecnócratas, cuántas veces se puso a meditar en las escaleras de la facultad de derecho a observar cómo manejaban a esos cerebros con tan pocos argumentos, y la historia se repetía en tantas otras universidades del planeta. Principalmente en la facultad de derecho. ¡Él, que había visto con sus propios ojos por mera curiosidad la preparación de un monge o leído manuscritos inaccesibles hoy sobre los secretos de las eremitas, allá en las montañas, de los Apeninos al Himalaya! ¡Qué futilidad, era todo ese mundo de quienes olvidaban hasta a sus propios poetas malditos! Esos arrogantes que preferían éxtasis pasajeros en recintos cerrados como los animales, frente a la inmutabilidad de la meditación profunda que tiene mil rostros y forja el alma más allá del fuego de la creación. Un animal era más preparado aún, hacía elecciones más coherentes que ese moderno hombre de hoy, que se cree tanto y tan poco consigue ser por sí mismo.
Esos edificios antiguos, en algunas calles mal iluminadas de ciertos barrios descuidados. Los espectros en esas gárgolas del centro, y columnas, balcones sucios de tántos conventillos llenos de gente tocada más explícitamente por las garras de la muerte en sus innumeras formas impiedosas. Esas oficinas ignóbiles llenas de teléfonos, monitores, cables y secretarias que cuchichean. Y por tras de ellos, que bailan en un volcán, que inspiran piedad, están los cazadores de todo tipo. Los verdaderos demonios, los demonios internos. Los que los doblegan en serio, los demonios externos son figuritas de naipes, apenas sombras. Ese estado de devastación espiritual del hombre le embriagaba el corazón muerto.
Ese olor a orina, papeles pegajosos y roña oscura del abandono urbano que se captaba en ciertos lugares. El olor a alcohol y tabaco barato entre uñas sucias, los murmullos en iglesias hace tiempo tomadas por los agentes del oscuro príncipe de las tinieblas, recitando el discurso adormecedor de ciertos evangelistas en micrófonos de sonoridad con distorsión. Los sueldos tristes de muchos hombres gastados en burdeles, bingos y loterías, o inversiones fracasadas. Tiranos de la suerte empujando muchedumbres a gastar y derrochar mientras unos pocos se benefician, jugando con los estertores de las pobres esperanzas. ¡No ven a los íncubos de Belial trabajando allí, tragándoles el tiempo como si cada minuto fuese un bizcochito!
Tabaco excesivo que hace más grave el sonido de ciertas gargantas bajo esos trajes medio tangueros, almidonados, de ciertos arrabaleros avejentados abandonados a su suerte, metidos en sus testarudas ojeras, metidos en la propia soledad artificial sin descanso; la peor soledad constituida del egoísmo de sueños pasados soñados por ideales muertos, sueños ingenuos, vanos y sin forma. Fútiles fantasías de moralistas de cartón. Pero los tipos sanos eran más suculentos, según él. Solo que escaseaban, principalmente los sanos de mentalidad, de espíritu.
Esos birretes de los oficiales de la ley entre patillas y bigotes de principio de siglo, en mentes casi de niños grandes, modas similares a la época de la conquista al desierto. Grûn-Hengue se encantaba de sólo verlos, reía y reía. Él, que se había vestido de buitre o rata para comer de los caídos en la Guerra del Paraguay. ¡Oh, Humaitá!, sangre mezclada con saliva, cadáveres pudriéndose al sol que luego traerían la peste de la fiebre amarilla por el río hasta la cuenca del Plata. Una de las últimas batallas fue librada por un ejército compuesto de niños, cuando ya ningún hombre restaba en el chaco paraguayo, batiéndose contra la elite del ejército brasilero, argentino e uruguayo, que no lo podían creer y les costaba abatirlos. Carabineros, baterías de combate y la caballería, atónitos, obligados a participar del espectáculo de la última degradación del alma humana, mancharse las manos con sangre de pequeños obstinados a defender a sus madres.
Luego muchas personas de esas naciones frecuentemente se llenaban de orgullo afirmando que su historia fue siempre pacífica, cristiana, una hermandad de pueblos. Olvidaban esos episodios extremos, que abundaban por los siglos de la historia sudamericana. Pero las escaleras al infierno son profundas, Grûn-hengue sabía que todavía existían escalones más profundos de degradación que semejante ejemplo. Lo innombrable, como diría algún visionario.
Ahora, casi todos, olvidaban fácilmente el sacrificio de lo que había de bueno en sus antepasados, dejándose llevar por mentes de telarañas y burocracia, sí, no había dudas: la misteriosa Buenos Aires, el lado oscuro de ella, era el refugio perfecto para un vampiro como él. Espectros diabólicos que hacían de todo para ocupar las mentes de los jóvenes más débiles. El mal humor era la idiosincracia adecuada, la puerta abierta. La disconformidad constante más superficial era otro farol verde para él, para los que atacan el alma a través del cuerpo.
La impunidad general de los que manejaban mezquinos poderes sin que nadie pudiese actuar, esa corrupción burocrática y dependencia idiota de sus legisladores era otro gran triunfo del infierno sobre la tierra. Acomodados, con sonrisas de desdén patético, unos se usaban a otros, tangos mezclados confusamente en la mente del pueblo cansado con viejas asustadoras marchas militares, partidos políticos desgastados en su propio bolo alimenticio, y susurros de himnos pro-nazis murmurados por ojos vidriosos que se encantaban con la palabra “patria”. Todo eso que azotaba sin piedad a los corazones de los jóvenes, e inclinándolos hacia el fracaso espiritual, o hacia la huída empedernida. Todo tipo de huída.
-¡Perfecto, perfección sublime! ¡Cómo triunfó Belcebú en este siglo, aquí se nota tanto!- pensaba Javier-Grûn-hengue.
Nada mejor para un no-muerto, para un ser que vive de la destrucción del los vivos. ¡Qué más hermoso que el triunfo del odio y la envidia que se expandía en esa extraña ciudad ! Y no hablemos del interior, de la seca pampa adentro, el norte o el chaco o la Patagonia donde erraban ciertas almas obscuras, donde de mil traiciones entre hermanos tejieron su historia como una araña que teje su trampa a las moscas amantes de la vitalidad y el volar libres. Las moscas viven poco, y consumen energía de más, como estrellas que brillan de repente y luego se apagan. Así eran la mayoría, esos pobres argentinillos, llenos de ese orgullo que les aprieta la garganta en vano. Hasta le caían simpáticos el contemplarlos. A veces parecían tan malditos como el pueblo alemán del siglo XX, azotados por esa terrible maldición que aún no podían extirpar del todo en los jóvenes y nuevos corazones nórdicos.
¡Cómo sabía de eso Grûn-Hengue, perito en oscuridad, uno con ella! Había caminado por la destruída Berlín en la “Germania” del ‘45, había visto con sus propios ojos muertos el incendio del Reichstag mientras se alimentaba de la sangre de varios civiles acribillados por los salvajes soldados de la Wermatch por alta traición. Y los soviéticos, llenos de odio, vengándose del odio anterior de la Blitzkrieg que los había azotado años antes y prácticamente quemado vivas a sus familias. Quien tuviese cualquier insignia nazi era rápida y diligentemente ejecutado.
Sangre congelada de sobra, y Grûn-hengue, disfrazado de soldado del ejército rojo era más rojo que cualquiera; así aprovechaba para ejercitar un poco de acento ruso, y aprender, leer historia, robar manuscritos. Y ni hablar del genocidio judío. Todas las naciones tenían esos estigmas obscuros, y algunas, pobrecitas, ¡Tan lenta y desmemoriadamente aprendían!
¡Qué momento el fin de la Segunda Guerra! ¡Y los turcos llamaron una vez de “terrible” a Vlad, el empalador!
Ingenuos románticos con pensamientos de mosaico arabesco, no tenían noción de lo que sería el siglo XX. ¡No sabían nada de la muerte lenta en un Gulag soviético de los ´50, ni del pueblo tibetano pasado a degüello por la milicia China! ¡No tenían capacidad de imaginar las masacres del Aphartheid en Sowetto, las pilas de cuerpos en la Camboya del ‘79 .... o de la marea obscura que azotó al Gran Buenos Aires en los ’70 y a las provincias vecinas. No sabían nada de los torturadores entrenados en Panamá, que cavarían túneles y levantarían campos de reclusión en la ciudades más “civilizadas” de Sudamérica. El antiguo circo máximo con gladiadores bañados en muerte mientras el público pedía más muerte o clemencia, según sus caprichos o los de los césares, era casi ingenuo frente a esa brutalidad reptante bajo la adormecedora década de los setenta, ese triunvirato oscuro enfardado de esos demonios vivos de acento rioplatense. Al menos el circo máximo había existido a pleno sol.
-Demonios vivos- decía Grûn-Hengue, -son peores que yo, desprecian la sangre, la derraman y no se asumen completamente como lo que en verdad decidieron ser, qué bizarros y confusos son! Demonios a medio hacer.-
No sabían nada de la muerte esos hombrecitos de hoy, tampoco. Y los que sabían, preferían callar o hablaban en charadas. Era entendible, eran apenas hombres, de vida corta y fugaz. Ya había visitado Argentina anteriormente, en las guerras de la independencia, vestido de cabo realista, o disimulado años más tarde dentro de la bodega del Beagle comandado por el enigmático Fizt Roy. Anonadado entre tanta sangre que destilaba el gobierno del satánico Rosas.
-¡Qué gente sangrienta, son maravillosamente desfachatados!-, se decía a sí mismo mientras aprendía del idioma de los gauchos. -Algún día volveré aquí.- No imaginaba que volvería para instalarse definitivamente más de un siglo después.
Pocos escapan a esa implacabilidad eterna de la conciencia de la muerte y sus incontables formas, de la muerte o resurrección del lado espiritual, pocos y disciplinados hombres, hombres de profunda piedad. Hombres que saben morir. Quién sabe vivir, sabe morir. Los vampiros ni piensan en eso, se ríen de eso. Aunque como en Grûn-Hengue se estaba produciendo un cambio que él no podía aún entender, ese cambio se manifestaba de forma que él no se reía ya de eso como los chupasangre vulgares. Estaba comenzando a pensar más profundamente en su condición.
Buenos Aires era grandiosa, perfecta en ese aspecto. Tal vez mejor que New York o Madrid, o mismo la Roma de hoy en día. A él le gustaban todas esas ciudades, se había especializado en una época en seguir los pasos de la “cossa nostra”, o los atentados políticos de Europa u Oriente Medio, pero ya estaba aburrido de todo eso. Eran patéticos y repetitivos. Su atención estaba en esa intrigante, impune y electrizante ciudad, de historia rara, nacida de una empalizada levantada por los apresados conquistadores y adelantados ávidos de poder, que vivían esquivando flechazos, rezando a esa nada que era la idea de su dios. Viviendo atrás de su ego inmediato que era otra nada, presos en esos dos frentes que era la pura nada. Y ahora esta modernidad mal encajada, esa mohosa democracia burocrática y senil, reverenciando al hipócrita fanatismo financiero del poderoso Uncle Sam. Completa en su egolatría, desnuda, toda psicológicamente confusa, aún sin rostro, sin alma, deshumana; era de esta manera, como perfecta.
El rostro de la diosa indú Kali, color rojo. Le recordaba sus visitas a Oriente y lo que allí estudió. Esa sonrisa insultante de la diosa de la destrucción, la imperatriz obscura Kali, con sus ojos puestos también en Buenos Aires, representada en los rostros de los políticos demagógicos con empresarios detrás en la nueva América que se volteaban unos a otros por el poder del trono manchado en una casa color de rosa. La América del norte, la del centro y la del sur no estaban muy diferentes en lo que va de calamidades, pero claro. Daba lo mismo, visto con profundidad. Cuestiones complejas para los hombres comunes, pero simples para un no-muerto bebedor de sangre de más de tres siglos de vida no-vida. Grûn-hengue sabía apreciar sus lugares predilectos, y el estilo rioplatense moderno prendía su atención a niveles inconscientes. Ahora, conscientes.
Ni pensar hoy en esos Jardines hermosos cerca del Planetário, o los bosques cerca de la Plata, para niños que jugaban al “fóbal”, ¡Noooo! Allí había demasiada vida. Javier prefería esos ombúes llenos de ratas en la plaza Congreso, especialmente uno del lado de Hipólito Yrigoyen. El desorden perfecto, como las descripciones del Nosferatu de aquel poeta cinematográfico llamado Herzog. Mucho más profundo cuando esas ratas visten traje y corbata, usan celulares, o andan en coches importados, conectados a todo tipo de íncubos que sólo aquellos hombres realmente vivos, de profundidad, percibían y tenían que soportar respirando sin hacer ruido, en el árduo e inconexo aveces forjar de ese espíritu, como se templa una espada antigua de raro metal, a martillazos de herrero experimentado.
Grûn-henge temía una sóla cosa:
A veces, había alguno de esos portadores de espada y piedad al mismo tiempo, y si podía huía de ellos, como le ocurrió treinta años atrás, después de salir de ver en persona una declaración de un artista perseguido por el régimen del senador McCarthy, en Usa, allá en el hormigueante norte. Estaba contento, había conseguido una entrada para ver algo mucho más sutil que el terrible Circo Romano. Otro tipo de destrucción. Pero la fiesta se le terminó rápido y se cagó en los pantalones.
Grûn-hengue enfocó repentinamente a un hombre, que lo había visto a él primero y mantenía fija la mirada desde un extremo de la sala, y en seguida supo que no se trataba de un hombre común de la calle. Salió de la sesión torturante mientras estaba un famoso escritor siendo obligado a acusarse a sí mismo. Entre la gente, vio la espada blanca muy cerca de él, buscándo para atravesarle el corazón.
Escapó milagrosamente, y conoció el miedo de la destrucción de su condición. Ese hombre lo había visto, la propia mirada de ese cazador de vampiros o lo que fuese lo aterrorizó, ya que era demasiado sabio, demasiado eficaz para ser sólo un hombre. Quién sabe ese hombre no había sido antes un ángel caído arrepentido, uno de los seres más poderosos y bellos de la tierra, de forma humana, capaz de ayudar a humanidad y redimirla si el mundo le prestase digna atención. Si el mundillo simplón y superficial no estuviese tan enredado, ocupado... apenas con la superficie de las cosas.
Era algo así como ver a San Jorge en su corcel apuntándolo con la lanza matadora de dragones, listo para cabalgarle encima, atravesándolo y arrollándolo a la vez. Fue así que no volvió más a norteamérica, y se refugió en México, después Brasil, Chile y Paraguay, llegando otra vez a la Argentina. En Cuba, que lo atraía por el conocimiento antiguo de obscura brujería africana que allí dominaban, le fue imposible refugiarse; algo brillante que ofuscaba su visión vampiresca lo hizo desviarse repentinamente. Hombres de poder humano se preparaban para algo más allá de lo político, se preparaban a hacer algo contra el mismo poder corrupto. Ayudados por un ejército casi celestial y a despecho de las argucias de los más terribles agentes obscuros del resto de América; aunque ese raro brillo no durase más que poco tiempo era imposible entrar a esa isla en aquella época. Restaba Sudamérica. La facilista, impune y bostezante Sudamérica.
Atravesó varios países. Con el tiempo cruzó la frontera del Río Paraná una vez más hacia Argentina, mientras era encubierto por algunos amigos en el área llamada irónicamente del 4º Reich, por aquellos que vieron llegar a las águilas derrotadas con pasaportes falsos, y preferían callar porque no había chance alguna de hablar, o bien porque eran simpatizantes y también lucraron con ellos. Así se recuperó de su terror mortal, escondiéndose en la mítica selva misionera, salvaje, libre y sanguinário. Reptó por innumerables parajes en forma de un giganesco ser similar a un Wendigo, la mayoría de las veces sin forma. Los indios lugareños eran los únicos sobre aviso, y sabían escapársele, aunque los lentos ciudadanos vecinos caían como venados. Flotó río abajo durante días hasta un lugar llamado el Tigre, y se llenó los inexistentes pulmones de olor a eucalipto. Marchó libre hasta encontrar alimento en algunas villas misérias, aunque rápido se escabulló cuando encontró vários hombres de poder que lo vieron y le armaron un cerco. Tomó sus posesiones más tarde en la ciudad y ayudado por sus protectores se estableció económicamente.
Ensombrecidos por la fantasmagoría de esas cúpulas Porteñas, otrora hermosas, ahora en su mayoría abandonadas y atroces, hechas en su mayoría por antiguos arquitectos italianos, pendía el último aliento de los pobres seres simplórios de esa sociedad asustadiza, torturados espirituales que estaban rodeados de muchos espíritus malignos. Podían verse los nombres de esos arquitectos, en inscripciones conmemorativas talladas en cada base: 1909, 1899. Decenas de ellos. Ahora Javier aveces veía alguno de esos, que caminaba sin cuerpo; triste, entre la gente, llorisqueando frente a su obra que caía junto con el tiempo.
–Ese parece argentino, se entretiene llorando.- pensó risueñamente.
Una vez vio el fantasma de otro supuesto arquitecto, o quien sabe un frecuentador de ese paraje en vida; sonreír y despedirse, un espectro valiente u orgulloso de una cierta forma que no se permitía melancólicos sentimientos. Percibió que estaba cerca de la desintegración, para fundirse a las cosas por propia voluntad y renunciando así a esa permanencia plasmática-espectral. Se escondió para no ser tocado o focalizado por él, los espectros benignos pueden anular, o robarles mucho poder a los considerados malignos, pero nada ocurrió. Lo cierto es que en ese mundo paralelo malignidad o bondad no son parámetros usuales, o ’computables’. Todo es regido apenas por el poder.
Grûn-Hengue había juntado un poder que lo sobreponía en jerarquía por encima del más poderoso espectro o entidad plasmática benigna visible en todo Buenos Aires. Al menos eso era verdad casi completamente. Aveces pasaban esos poderosos caza-espectros, hombre vivos de gran poder que se oponía al suyo, pero venían en grupo a la nación Rioplatense ya que era considerada peligrosísima. Su última lucha de ese tipo databa de los años cuarenta durante la guerra en Europa.
Se había refugiado en un prostíbulo -mordiendo algunas de sus trabajadoras- en un pueblo de italia del que ni se acordaba el nombre. Supo que el ejército de liberación capturara a Musollini, y se interesó por poder conocerlo secretamente, pero cuando llegó vestido de partisano al lugar donde estaba el agitado pueblo que le tenía al “Duce” un poco digamos de bronca, era tarde.
Los cuerpos exámines de él y su mujer se balanceaban en plaza pública exhibidos como puercos en carnicería. Grûn-hengue se volvió y vio a esa muchedumbre de ojos cansados que gritaba todo tipo de insultos y festejaba la reciente ejecución. Marchó por las calles observando algún recuerdo del imperio romano que siempre hay en Italia. Tres siluetas lo seguían furtivamente y en un callejón lo acorralaron de repente. Cuando se sintió cazado, él mostró los colmillos. Uno lo atravesó con una daga muy afilada pero no acertó el corazón, el segundo lo alcanzó en un brazo con un tridente, mientras el tercero se le venía encima com intenciones claras de decapitarlo inmediatamente. Pero Grûn tomó el tridente y lo partió en dos, se sacó la daga mientras el golpe del hacha ya era desviado por su potente brazo. Así comenzó el fin de esos tres caza-vampiros. Cuando comenzó a matar al tercero, vio que era una mujer y le preguntó quienes eran, cual la organización. Ella murió sin decirlo, pero estaba claro que se trataba de un grupo que exterminaba vampiros y él había sido seguido por un tiempo. Una vez destruidos, retornó como pudo a su hospedaje en el burdel y comenzó a planear su salida de Europa. Ya había contagiado sólo allí definitivamente a mas de diez prostitutas que ahora eran oscuras entregadoras de su cuerpo por remuneración y algo más: el estigma rojo de la sed eterna. Así marchó al norte y fue testigo de más atrocidades de las que él tenía tiempo de cometer. El ser humano era su propia amenaza, era increible verlo actuar, no importaba el tiempo, la época. Pensó que había visto todo en la campaña de Italia, en Berlín o Varsovia, China o Guadalcanal. De repente aparece ese hongo, las personas se volatirizan y dejan su sombra estampada en la calle. Gente con el rostro derretido, sin piel, corriendo hacia el río en búsqueda de agua, rieles de tren y puentes enteros retorcidos, manzanas enteras transformadas en un páramo. La historia de la carrera humana demostraba que el ser humano no necesitaba depredadores, tal vez por eso hasta se había cansado de perseguir vampiros.
Hacía tiempo entonces que ninguna amenaza verdadera aparecía ya, fuera el episodio en Estados Unidos unos años más tarde, Grûn-hengue no tenía cerca suyo ninguna gran amenaza a no ser él mismo.
-II-
“Estamos todos locos, todos completamente fuera de sí en la búsqueda de Dios...”
Anthony Hopkins como Van Helsing - ‘Drácula de Bram Stocker’.
Con el tiempo, el estudio y la contemplación profunda, detallada; había completado una instrucción especial hacia lo sutilmente negro del espíritu que lo coronaban como un magnífico, hasta para uno de su estirpe tradicional de los Cárpatos o Egipto, entrenados para vivir bajo condiciones perturbadoras hasta para un vampiro común recién-nacido.
Había un hombre en México que, si se lo podía a esa altura llamar de ser humano, -que no siendo vampiro-, era amigo de Javier y lo había ayudado mucho cuando huyó velozmente de Usa. Había sido antiguamente un brujo tolteca de nagual y tonal superentrenados, hasta que se entregó totalmente y se transformó en un horrendo desafiante de la muerte. Le había mandado libros extraños, y lo visitó dos veces en forma de rico empresário de la Ciudad de México, pero ya hacía tiempo no entraban en contacto desde que éste se enterró de nuevo en Sonora por los próximos dos siglos venideros. Tenía una disciplina perfecta, y estaba protegido por setenta aliados del mundo inorgánico. Su ominosa ambición no conocía límites y era respetado por Grûn-hengue. Extrañaba esa sutil malignidad, de ese valiente aferrarse a la vida por cualquier medio, usando los conocimientos de la brujería clásica a su favor, inspiraba una piedad que lo intrigaban. Esas cosas, el testificarlas, lo estaba empezando a perturbar. Tal vez se daba cuenta de un nuevo ángulo del camino que estaba recorriendo.
Por suerte nadie creía ya en las novelas de no-muertos. Venía aproximándose el nuevo hombre esquizoide del siglo XXI, demasiado ocupado en las nuevas asnerías de su egolatría, entretenido entre sus prejuicios y superficiales habilidades de infante. Tal vez hubiese esperanza en las mujeres, de algo mejor en todo sentido, pero estaban por ahora extrañamente esclavizadas, sin la gracia del pasado, condicionadas en su próprio mundo prefabricado para igualar al hombre en esa resistenia física que lo caracterizaba, y estaban mayoritáriamente perdidas en una identidad falsa. Esas bellas mujeres porteñas lo mantenían sedado, claro.
Además el tipo de mujer que él conocía siempre era de lo más vulgar y descerebrada para percatarse de ciertas cosas, esas ciertas cosas que inspiraron a gritar a ese mártir del “rock” hasta reventar. Javier-Grûn-Henge aveces descuartizaba alguna, buscando a ver dónde recuernos estaban las funciones cerebrales, a otras las perdonaba porque le inspiraban demasiada piedad debido a la bondad ingenua y digamos hermosa que emanaban, a pesar de ser de edad adulta.
Estaba por ejemplo esa muchacha llamada Adriana, que era viciada en una voluptuosa sexualidad, y todas las drogas que pudiese tomar. Su cuerpecito de veinteañera todavía era poderoso y aún le daba coraje de encarar esos hábitos en una pendiente ascendente. Javier aveces la miraba con compasión, y la mordió pocas veces sin contagiarla, por piedad. Tampoco la desangró en una noche como hizo con esa estudiante de abogacía que se prostituía para pagarse la facultad. Ella odiaba a su própia família que se deslomaba enfrentando todo tipo de privaciones, ignorando que tenía una hija demencialmente entregada a la más rastrera decadencia moral.
Adriana era algo buena en el fondo, lo que la hacía más poderosa, era haber sido piadosa en el pasado. Hacía esas cosas para huir de su estúpida mente, que en el caso de ella no era totalmente malvada, pero había otras chicas que eran personas realmente crueles como Laura Pellinto. Ella corrompía otros y había que seguirla en sus ruedas de alcohol y cocaína, y escuchar las charlas enfermas que su mente concebía, siempre con esa mirada semioculta de desdén hacia todo. Chantajeaba con todo y a todos. Javier percibía esa característica y realmente cuando la mordió por primera vez realmente deseó su muerte, y la imaginó condenada para siempre en una pintura de Hieronymus Bosch sobre el infierno. También la perdonó y ningún daño le hizo, la quería también como persona. Él sabía tener amigos ahora, en el terror por la soledad. Y la aprovecharía como carnada, para atrer otras personas.
Un día, Grûn Henge le dijo :
--¿Decime, no tenés cargo de conciencia cuando rebajás y despreciás esas pendejas como esa debiloide de Romina, mintinédole y vendiéndole cocaína luego la invitás a tener un extraño sexo contigo, teniéndola a tu lado prácticamente como un objeto decorativo?--
--Que se joda, es una boludita. Me da no se qué tratarla demasiado bien, creo que merece que la trate como ella quiere, que tenga lo que en el fondo busca...(hace un gesto de gatita que disfruta despreciando algo o alguien), y luego dice: --¡Aaah! Me acordé : tengo dos entradas para ir a ver a Beto que toca el viernes en el Roxy, ¿Vamos?-
--¿Beto Peláez? ¿Ese bufón mediócre, que finge que es un profundo poeta? Prefiero a Jim Morrison muerto, esta aún más vivo. Esos tecnócratas de la poesía famélicos y pseudo-depresivos debían ser alimento de buitres. Sólo entretienen a una turba de jóvenes payasescos y algunos pocos honestos buenoides que apenas caen en sus armadillas.-
--Aaaaay que malo que sos. Beto me en-can-ta — graznó Laura Pellinto.
--Cuanto más bufón el artista, más confusos sus admiradores. Gracias, igual, prefiero Baudelaire- (y pensó : tambien Artaud, Tchéjov o Lord Byron)
--¡Aveces tenés una mala ooonda!-
(Mientras decía eso pensaba : “onda” , que palabra tan estúpida esa, ¿No podía cambiar esa forma de hablar al menos? a Morrison por ejemplo yo jamás lo hubiera mordido o atacado, un espíritu tan noble que ya pertenecía enteramente a la noche a su modo, sin ser un vampiro y sin ser un cazador de vampiros. ¡Qué alma rara, que joya extraña! Y esta mujer parece un trapo de piso...)
Laura se fue con esa forma de caminar que tenía algo así como un toque de dama, mezclada con las pezuñas de experta prostituta de rápida capacidad de ascención, y conocimiento de terreno local. Pero que jugaría mal como visitante. Javier la observaba y lejos estaba siquiera de llegarle a los talones en sabiduría sexual y crueldad a las demoníacas concubinas del Rey Tmhök, en el reino intermédio de Ürsgå.
Apenas ella se fué, Grûn-Hengue tomó el téléfono haciendo una llamada a Corrientes, nadie contestó. Se preguntó si al fin no era mejor morir. Ser inmortal entre mortales era difícil. Y para empeorar las cosas : esos pobrecitos seres a su alrededor, esos humanos de pacotilla, eran de la calidad más baja que se podría ofrecer. Muchos eran más dignos, ¿Dónde estaban? Los buenos comenzaban a ser más interesantes. ¿Sólo através de vivencias de los dramas trágicos ya monótonos de esos junkies pasados usadores de drogas sintéticas era que aprendería algo, o de esos seminaturistas postrados mentales que soñaban con ascender en el trabajo serruchándole el piso a sus compañeros? Ni siquiera apreciaban lo que tenían a mano, para el bien de su futura prole. ¿Cómo era posible que les daba lo mismo existir que no existir? ¿Debería cambiar de ambiente, irse a una estancia llena de pesados arrogantes haciendo equitación? El ambiente campestre era demasiado sano.
Todo estaba perdiendo sentido, esa ciudad parecía más malévola debido a la ignorancia de ciertas personas que deberían saber lo que hacían. En realidad, él lo sabía, no era maldad planeada. Era así, espontáneo como una improvisación. ¡Unas decoraciones tan bonitas, artistas por doquier, y un pueblo tan despojado de gracia hasta en lo autodestructivo, siniestro contraste! Pensó en los Cárpatos, esa gente medrosa y pueblerina que dejaba, todavía hoy por tradición, ajo en las puertas de sus casas. Pero había algo más: estaba cuestinando su modo de vida, algo se rajaba dentro suyo. Algo espiritual, dentro de su malignidad espiritual amenazada.
Intentó de nuevo su llamada a Corrientes, y al fin una voz hueca lo atendió. Reconoció enseguida a uno de su estirpe:
-¿Si? ¿Quien habla?-
-Varevenêda, hobjla Yûjss erde cristàval elgåkrin-exclamó una voz gangosa y hueca.
-¡Vareveneda eilae Nevigna Korêr!-
-¡Entonces has vuelto de viaje! ¿Cómo te sientes en B.A?-
-Hoy pésimo, los pocos colaboradores que tengo son apenas frustrados “junkies” y sus falsos amigos fracasados-.
-Tengo noticias buenas, un barco llegó ayer al puerto, en un conteiner retenido por migraciones, hay algo que te interesará. Gente nuestra en la aduana le va a liberar la papelada, dejándolo en un lugar específico para retirarlo. Tu llamada es muy oportuna.-
-¿De qué se trata?-
-Demasiado para hablar por teléfono. Espérame llegar mañana en el vuelo de la tarde. Arreglo todo contigo tomando un café y me vuelvo, Ok?-
-¡Dortîtskâ!-
-¡Kremfraelde, hengue!-
Lo que Nevigna no tenía condiciones de imaginar era la magnitud del cambio mental y espiritual que su amigo estaba viviendo. Se encontraron en el cafetín esquina con la avenida Córdoba bien cerca de Harrod’s, que estaba cerrado hacía mucho tiempo y sus vidrieras cubiertas de polvo. En el cafetín las prostitutas con celulares los miraban creyendo que eran las absolutas dueñas de la situación y las únicas que manejaban los hilos de la realidad sexual de esa decadente sociedad. Grûn-hengue miró a una de ellas, bien jovencita; directo a los ojos. Ella tuvo que bajar la mirada y la sonrisa maliciosa se le desdibujó sin saber porqué. Ya no se sentía la dueña del caro cafetín lleno de oficinistas apurados. Había otra presencia perturbadora e innominada. Se hizo la distraída, como todo pobrecito de las calles que intuye algo pero su limitada proyección mental le impide registrar correctamente las cosas. Nevigna se sonrió mientras terminaba de dejarle a su amigo las ominosas instrucciones.
-III-
“Sabía que tenía que encontrar por lo menos tres tumbas habitadas;
después de mucho buscar, descubrí una de ellas. Su dueña dormía
un sueño de vampiro, tan llena de vida y belleza sensual que juzgué
cometer un crimen. Sin duda estaba fascinado, ya que me sentí tocado
frente a la presencia de aquella que yacía en una tumba corroída por el
tiempo y repleta de polvo de siglos, aunque presentase aquel
horrible odor común a las cuevas del Conde. Sí, yo, Van Helsing,
a pesar de toda mi firmeza y odio motivado, me sentí tocado por
un deseo de retardar aquella acción; deseo ese que me parecía
paralizar y comprometer a mi propia alma...”
Bram Stoker – ‘Drácula’
Por la noche, Grûn-hengue se escabulló como podía hasta un local previamente arreglado cerca de La Boca luego de despedirse de su amigo Nevigna. Con los datos que tenía, era sólo acercarse al conteiner 945632154 /HSG, abrirlo como sea y ayudar a andar a lo que había adentro.
Estando frente a la gigantesca caja. Repitió el conjuro dicho por su amigo y con una fuerza sobrehumana dobló las palancas, arrancó candados y así abrió la puerta. Un olor asqueroso salió hacia afuera, como de algo muy rancio. Para él era una excelente señal. Unas diez personas yacían apiladas unas encima de las otras, todos vestidos con algo que se asemejaba a un uniforme gastado. Medio metidos en tierra, que olía a corrupción. El conteiner cargaba una fosa común de Bósnia. Esas personas civiles o soldados Servios eran vampiros ‘convertidos’, importados por la ‘asociación’. Quién sabe desde cuándo estaban estocados para encontrar destino. Recién nacidos al mundo de las sombras. Pronunció la invocación:
-¡Nekrøgraebÿ!, ¡Uthoth-nihûel lavakstra!-
Los cadáveres se levantaron y enseguida comenzaron a pelearse entre ellos, pero Grûn-hengue los detuvo. Se anunció como su guía y que no les faltaría alimento, si lo seguían. Saltaron afuera, y los no-muertos en estado horrible se dibujaron bajo la neblina. Así, escabulléndose en una “chata”, por la ruta lograron alcanzar la casa abandonada que Grûn-hengue tenía en las afueras. Por el camino, encontraron una estudiante regordeta y luego un sereno, los secuestraron y apenas se instalaron, los terminaron dejando sólo algunos huesos. Grûn-hengue tuvo que hallar un escondite momentáneo y no quiso ver, era absolutamente contra ese tipo de matanzas. Nada podía hacer, ya que el Concilio del Sello Rojo los había enviado. Ese concilio cuidaba de intereses de Vampiros mundialmente, manejando importantes sumas, con emisários por todos lados -y servidores hasta en el Vaticano-, cuentas en Suiza, acciones en las bolsa de todo el mundo. A Grûn-hengue el Concilio no le caía nada simpático, eran brutalmente ominosos y se aprovechavan de cualquier ‘ingenuidad’ de los vivos para ganar mayor poder, con métodos que él ya había dejado de usar hacía mucho.
--¿Para qué me servirá ahora esta legión de idiotas de las tinieblas?- Pensaba Grûn-hengue, y llamó otra vez a su amigo en Corrientes :
--¿Nevigna? ¿Qué hago con estos freacks de las tinieblas?—
--Ya me avisará Fhorlbâk-
--Es un abusador de su poder. Me da escalofríos tenerlo de nuestro lado. Parece que un día va a estropearlo todo-
--Si, a mí tampoco me gusta pero debemos obedecer, o nos quitan luego protección.-
--¿Protección? Me las arreglo bien solo hace mucho, y nunca me preguntan cómo estoy, si sufro o no. Para ellos la vida inmortal es un don exclusivo de seres superiores para reírse de todo el resto de la existencia. Pero no saben de su parte horrible y abominable, porque no quieren admitirlo. Tú sabes a lo que me refiero.-
--Si, es verdad. (admitió Nevigna luego de una pausa, con una voz de reflección) Está bien, trataré de buscar a alguien con cabeza para que te ayude en esto; disculpa, en realidad es culpa mía.-
--No, tu has hecho lo que debías, olvídalo de tu parte, estamos en paz. ¡Gorka eble plågsz!—
--¡Gorka eble plagsz!- Se escuchó del otro lado del teléfono. Luego sólo se oyó el tono de la línea luego de cortar. Si el FBI estuviese escuchando la conversación acabarían creyendo que participaban de una gran broma. En verdad eso era serio, además de una peligrosa sociedad secreta ¿Pero quién sospecharía que realmente eran vampiros? Los cerebros estrechos del FBI no sabrían qué pensar. Pero era el teléfono de un Buenos Aires donde el servicio secreto tenía pocos trabajos que no fuesen ridículos. Y nadie oyó a los vampiros reales de la noche, de un mundo abandonado a su própia suerte. Antes de seguir con esta peculiar história, sería talvez interesante dar algunos detalles más sobre la vida moderna de estas extrañas e huidizas criaturas.
Los vampiros experimentados preferían actuar en parajes o digamos países donde el abandono moral, económico, cultural y espiritual les pudieran proveer víctimas fáciles. El mundo no estaba en mejores condiciones para esto en los últimos tiempos. La ciudad de Buenos Aires era excelente, pero no ya tán fácil como otrora. Venían nuevas almas, nuevos perfiles, nuevas firmezas.
Algo como Nueva York, donde los tecnicismos sí los ayudaban en vários aspectos, pero donde había crecido tanto el ‘vanhelsinguismo’o los destruidores de vampiros, que la cosa era complicada. Era una ciudad peligrosa hasta para un vampiro. Se hablaba de bandas de jóvenes dedicadas a combatirlos y de héroes solitários blandiendo hachas que no les tenían miedo ni a un bando de espectros. El siglo veinte moría como un moribundo en un hospital, silencioso ante la muerte. Y los jóvenes, aquellos jóvenes nuevos, sabían esperar mejor que los antiguos. Sangre nueva que ayudaba a renovar a la sangre vieja. Algo espiritual, invisible y quién sabe más poderoso que los no-muertos.
Grûn Hengue estaba empezando a expandir finalmente su consciencia. Había comenzado a intentar alimentarse de comida normal. Así fué que percibió que su mente estaba cambiando, y que el resto, si continuaba así, a cambiar, sería realmente dramático. Podría enfermar en una terrible regresión, pero decidió que sería él mismo, la orden de los vampiros era un consejo de achacados que sólo se interesaban en ellos, y entonces de ahora en adelante se las arreglaría por sí mismo en todo sentido. Había gente también demasiado despierta.
Principalmente el hecho de él ser lo que era, no le importaba en lo más minimo, carecía de sentido. Al fin y al cabo, para él, con o sin odio, de una forma u otra, todos estaban muertos a su alrededor. Y él hacía tiempo que no existía. Debía existir de algún modo de una maldita vez. Como primera acción “conmemorativa”, se encargaría de esos pobres diablos Servios. ¿Qué ocurre en la tierra de mis antepasados, siempre están en la misma? Pensaba en las irracionales matanzas religiosas balcánicas, mientras con las tenazas gigantes cortaba la cadena, y los grandes candados se fueron al suelo en un sonido sordo. Se subió a la camioneta, tomó un hacha y una escopeta calibre doce. En el fondo tenía poco tiempo, estaba llegando la noche y debía agarrarlos dormidos. Al llegar al caserón-depósito abandonado en un paraje de Don Torcuato que desde lejos ya era sombrío, notó un problema apenas intentó bajar de la camioneta: apareció un perro enorme, negro y que le gruñía de forma monstruosa, anormal. Se acordó del tema de los Led Zeppelin, esa guitarra imposible junto a la cascada de tambores y platillos que caía como una pila de ladrillos.
¿Habría algún casero por aquí, esos colaboradores enviados por la orden? Imposible. El Correntino le habría avisado antes de ese tipo de cosa.
Puteó en rumano, y colocó el hermoso facón de plata labrado por él en el cinturón. El perro era un guardián de la noche, ya no era una bestia común aunque aún podía andar de día. ¿De dónde vendría, quién lo controlaba? Las balas ya no servirían de mucho. Apuntó desde la camioneta a la cabeza grande y no le hizo caso a los ojos rojos que buscaban los suyos. Disparó en medio del cráneo, abriendo un agujero no tán grande para el calibre que estaba usando. Resistente era esa maldita cosa. Suelen tener necrocélulas cuadruples que se renuevan a una velocidad que enloquecerían cualquier investigación de laboratório moderno.
Se bajó rápido, y en segundos lo atravesó en el corazón antes que se levantase otra vez; luego lo decapitó. El sol caía, como adormecido. Sacó las estacas y no demoró en atravesarlos a todos los servios. Terminó rápido, las cadenas rodearon el caserón, en minutos preparó la gasolina e inició un fuego que incendió por completo la casucha miserable. Todavía temiendo por los bomberos o algún vecino, esperó por las dudas una ‘posible salida’ de algún bicho de los balcanes. Pero todo se asó en silencio. Así acabó el trabajo digno de “Harry el sucio”. Los servios no parecían tan resistentes como vampiros. Eran ‘novatos’, concluyó, ni siquiera habían tenido tiempo de aprender a reforzarse; o caminar a la luz del sol como él. No se quedó contemplando la casa quemándose, colocó ordenadamente las cosas atrás y salió rápido por la carretera vecina, luego le pareció oir a lo lejos un sonido de sirenas. Así se volvió a la capital, tomó un buen baño y ya en el largo sofá del living meditó su condición, el cambio mental y espiritual que se producía irreversiblemente en su persona. Tenía mucho que meditar: deseaba ser finalmente un hombre o parecérsele al máximo, ni morir como sólo un vampiro, aunque durase apenas por instantes y fuera una muerte en cierta manera honrada; digna. La imagen de la pira de fuego estaba aún grabada en su retina.
Se preguntó entonces si Nevigna, el vampiro Correntino de doscientos veinte años, lo acompañaría espiritualmente en su raciocínio nuevo, en esa nueva forma de encarar su destino. No lo creyó posible. Se acordó de la húngara Varga Jugladz, una antigua novia vampiresca con la que ya había llegado a conversar esa posibilidad, en una charla. Ella se había vuelto a su tierra natal, aunque se mudó a Holanda después. Era una hembra vampiro ya inmensamente rica que trabajaba como fachada y entreteniento personal en la industria del sexo dentro de un cuerpo joven y esbelto en la producción de diversos tipos de artículos salvajemente eróticos; películas y cosas por el estilo tan buscadas compulsivamente por la sociedad moderna. Había tenido que irse de la Argentina debido a una serie de peligrosas equivocaciones que cometió, que la pondrían en arriesgada evidencia. Ahora él reflexionaba ese pasado. Volvió al departamento y se preparó para dormir, de esta vez en la cama de huéspedes. Juntó todos los objetos de muerte que tenía, llenando un grán arcón de innúmeras estupideces para tirarlos y olvidarlos de una vez. Estaba decidido a ver el amanecer del día que seguía, la ominosidad no le gustaba más, de ahora en adelante, desayunaría como todo el mundo y comería comida de seres vivos todos los días, decidido a morir tranquilo como el hombre que alguna vez había sido. Sonó el teléfono. Era el justo Nevigna. No saludó a la manera clásica, su voz sonaba nerviosa, ocultando bastante mal su inquietación.
--Grûn, ¿Qué ocurrió con la cría nueva de los Balcanes?-
--Lo de siempre, cuando no consideran su situación, el cielito se les desploma. Ahora ya no sirven ni para pomada de zapatos.-
--Pero...por eso yo tenía presentimientos... ¡Garstræ ! ¿Qué ocurrió y por qué no me avisaste?-
--Mucho para conversar en un teléfono....De ahora en adelante estoy aquí por milagro, en esta vidita. Tratá de no llamarme más, supongo que podrías entenderlo. Al final, no sos nigún idiota. Informales cualquier cosa, que hubo una emboscada, que fuí desintegrado. Estoy decidido a envejecer. Cuidado, si se enteran de alguna forma de mi nueva decisión, corres peligro tú también. ¿Te puedo dar un consejo de amigo? Olvídate de una vez de ese Fhorlbâk.- Grûn-hengue colgó el teléfono, con un “adiós y calma”. No tenía nada más que decir, a nadie, sobre esos asuntitos de poca monta. Tal vez los de la cúpula enviarían un matador, pero esa era una costumbre que hacía cien años había caído en desuso.
Pensó en irse de viaje, pero mucho eso no le interesaba. Estuvo leyendo Nietzshe por un largo rato en que el tiempo parecía detenerse, hasta que encontró esa frase que le daría cierto tipo de ánimo de mortal. Afuera ya no se oían los colectivos. El tiempo comenzaba a fluir para él igual que ocurría con todo el mundo. Se observó la piel, estaba con ese terciopelo que ya había visto tánto en otros, un color rosado normal, de persona. Estaba listo para morir, tal vez el abrazo de ella llegaría esa misma noche. Pero nada especial parecía anunciarlo. Recordó de nuevo el rostro de Favalli cuando se juega la última carta en la batalla psicológica del túnel del subte contra el “Mano”, en la obra del maestro Oesterheld. “Mimnio...athesa...eioioio...” Evocó también aquél semi-arcángel que lo había “visto” años atrás en la corte de aquella extraña sesión del comité contra actividades antiamericanas, del que escapó por milagro hacía tántos vertiginosos años atrás, que lo había enfocado como sólo un tigre enfoca un objetivo. Hoy tenía tánto que decirle si tuviera chances de encontrárselo otra vez, y tánta ausencia de miedo sentía por esa escasa clase de personas. Recordó aquella época que anunciaba el ocaso de muchas cosas, el rostro del escritor Dashiel Hammett, que encaraba al comité de actividades antiamericanas con esa soledad absoluta venida del fondo del alma, con una mirada que casi sin esperanza atravesaba todas y cada una de las cosas. Esos jueces paranoicos y esquizoides representaban la corrupción y la putrefacción de un sistema de vida que expresaba su categórico final.
¿Vendría la muerte con la luz del sol, o apenas lo que había de vampiro en él moriría? Era sólo cuestión de esperar. Él no tenía ganas de desintegrarse, ni odiaba la vida, eso era ya un cierto comienzo. Nietzshe dijo: El arte es más poderosa que el conocimiento, pues es ella que quiere la vida, el conocimiento alcanza, como última meta, el autoaniquilamiento.
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