segunda-feira, 17 de novembro de 2008
El Motor del Último Pelotón (Pero los Gatos son Teléfonos)
-I-
"La docilidad y la fragilidad expresan la frescura de la vida,
la dureza y la fuerza son compañeras de la muerte."
( “Stalker” – Andrei Tarkovsky)
Trabé el fusil y lo apoyé en la pila de cajones de madera de manzanas de Neuquén, y por un instante tuve ese presentimiento de que no volvería a disparar otra vez con él. El fuego había cesado un poco, estaba cansado. Me dolía el hombro, los oídos zumbando, el dedo índice de la mano izquierda con un callo hinchado. Oí una moto que se alejaba, y después hubo un silencio.
Allí se me pasaba de todo por la cabeza. Nunca en la vida me había sentido tan fútil como en aquel momento, pero no me atrevía a verbalizarlo en mi mente. Era un sentimiento mudo, pero que iba tomando forma saliendo de la boca del estómago. Entrando en mi mundo consciente, pero como en un destello, jugando con charadas. Ese flash de consciencia debe haberme durado algunos segundos en los que permanecí ajeno a lo que estaba viviendo.
Realmente parecía que no había acertado a nadie, según lo que podía ver. Se oían los gritos mandones de algún sargento a unos cien metros. La milicada era a veces dura, pero generalmente eran apenas estúpidos semi-colimbas, aunque obedientes de sus superiores, cuyas puteadas para inculcar las jerarquías resonaban en todo principiante. Escuché unas corridas apresuradas en las calles interrumpidas por barricadas desvencijadas. Estaban cerca. Una ventana del edificio de la esquina se cerró. Mi fin parecía estar próximo. Es que no sé cómo decirlo, no me importaba más estar vivo o muerto en aquel momento. Mi desmoralización se basaba en que yo sabía que la gente no nos seguía, ya sea por el conformismo que les vendían los milicos al poder acusandonos de toda maldad y caos, falta de confianza o por la confusón constante que era todo.
Un grupo había tomado la fábrica y el otro debía controlar el pqequeño poblado vecino. Yo estaba en el segundo, por otra parte deberíamos contar con el apoyo de comandos de los nuestros... pero nunca nada, los de arriba y de chapa muy cancheros emborrachados con discursos magníficos mirando al poniente, casi siempre éramos cuatro gatos locos improvisando soluciones atadas con alambre después que alguien de arriba recibía una supuesta orden importante. Ahora tendríamos que poner orden en la villa, defendiendo posiciones, siendo que ya estaban a camino efectivos del ejército. Adelante mío, casas bajas, cornisas, pasillos, ventanas y terrazas que pronto estarían llenándose de hormiguitas verde oliva, de esas marionetas que están en la línea de vanguardia de los mequetrefes de alto escalón. Cada vez tenía más miedo de algo que es como un dique que está por romperse, principalmente porque la milicada nunca se acababa, llegaban más, y además, a mí ya me venía pareciendo medio raro eso de tener que vivir con un fusil al hombro.
Hacía tiempo que estas tierras estaban cada vez más extrañas, desoladas, policiadas, buchoneadas, desbaratadas y perdiendo el color. Siempre aparecían más milicos golpistas y ratis, cada vez se hablaba más de la guerrilla que se debatía en el norte. Pero todo eso sólo servía para que cada vez llegasen más voluntarios dispuestos a derrotarla lo antes posible, porque el miedo no estaba sólo de un lado, ese miedo subía como lagartijas por las paredes de todos los lados, de adentro y de afuera. En todas las mentes, en todos los atardeceres, todo el país era un toque de queda, un sobresalto al teléfono, un temblar cuando te pedían documentos, un corazón estallando con la bilis en la boca, el espíritu chapoteando en un zanjón mental.
Se comentaba bastante de que había entre los nuestros agentes manejados por una especie de yuta especial infiltrada para fisgonearlo todo, demasiado bien entrenada, listos para el ejercicio del terror. Y nosotros... los que estábamos del otro lado de la orilla, realmente cansados de esos hijos de puta y nos negábamos a transigir, cada vez éramos menos. Cada vez escuchaba más pelotudeces entre nuestras filas, palabras de revolución decoradas de esperanzas diferentes al año anterior, que debía ser escrito con nuestra sangre. Todos sin excepción estaban locos: presa y cazador. Y nosotros éramos las presas, nunca tuvimos la ventaja estratégica, la preparación militar necesaria y un abastecimiento fuerte.
Hay algo peor que ya indiscutiblemente había notado desde un tiempo atrás, no sé en otros lados, donde podría esperarse algo de la gente explotada, pero acá el pueblo se ponía cada vez más recontrabuchón. Y lo peor es que era por pura ignorancia y terror, y los entiendo. Generalmente ya se venden y pasan la pierna unos a otros en épocas normales, imaginarse en ésta como anda el tráfico de los ortivas. Yo apenas les tiraría a esos, pero me conformo en pensar que entre los gorilas hay de esos también en las tropas regulares, que los desmoronará por dentro un día, aunque intuyo que alimento en vano una tenue esperanza. Probablemente esos tiempos pertenecerán a un futuro lejano e hipotético. Parece como que quisimos leer el final del libro antes de aprendernos todos sus capítulos en una secuencia ordenada.
Ya me había cansado de fallar bastantes tiros, mi puntería no estaba nada buena. Abajo, la ametralladora del Gordo también estaba silenciada, yo esperaba que no lo hubieran alcanzado, pero pensé lo peor. El fuego del ejército también había cesado de repente, ¿Se tomaban un descansito? La providencia de los cielos permitió que yo fuese lo suficientemente irresponsable para dejar mi puesto, una para ver si el Gordo Sebastián vivía aún, y otra por estar con una “sé” tremenda, -el agua estaba cortada-. Bajé a sorber unas naranjas rumbo al zaguán del almacén del Tío Paco, descuidando bastante mi posición.
-¿Todo bien, Gordo?- fue mi última frase trémula mientras bajaba la escalera hacia el zaguán del fondo.
El gordo se había tomado el palo. De repente voló la terraza entera donde había dejado el fusil. Tal vez un mortero. Escombros cayeron por la abertura de la escalera, dejando polvo de ladrillos y cal en el aire. Me zumbaban los oídos y estaba aturdido. Caminé medio grogui y con los oídos taponados por el zaguán de atrás, tropecé con un cubo de basura. Me pareció oir un crepitar de motor de motocicleta. Antes, en otras épocas esa parte del almacén estaba lleno de gatos rechonchitos. Había uno con una mancha alrededor de los ojos, muy parecido a Don Gato, que me miraba siempre a distancia. Ahora el zaguán estaba sin vida. Al Tío le gustaban, le dejaban todo limpio de ratas. Me senté un poco en el zaguán, y de repente sentí el silencio mágico del pasado. Pero allí estaba otra vez Don Gato, solitário ahora, sin su pandilla. Me pregunto porqué insistía en quedarse en ese pandemonium, o quizás tuviese demasiado miedo de salir. Parecía más viejo, pero estaba bien, salió de repente bajo un mueble abandonado. Los bigotes largos salían a la luz. Vacié una caja de cartón, y lo llamé como siempre; cuando se acercó, lo tomé por la parte trasera del cogote y lo puse en la caja. Oí un motor acercándose deseando que fuese el Tío, pero eran los milicos movilizándose. Él no iba a cometer un error tan garrafal. Pensé que llegaban mis captores, porque escuché pasos sobre escombros, pero al asomarme para ver, allí estaba el Tío buscándome. Cerré la caja. Don Gato era lo único que restaba de vida en el almacén del pueblito, otrora tan querido.
El Tío ya me esperaba hacía un tiempo, para buscarme a mí, o a mi cadáver. Me agarró de la camisa y salimos con Don Gato y todo por unos atajos. Los milicos estaban quietos, nada se oía, el Tio me hizo un gesto para no hablar.
Caminamos, es decir, nos arrastramos por la casa de atrás, saltamos unos patios, zaguanes más, zaguanes menos, estábamos en una callecita que sale a la avenida Gral. Echagüe luego de andar bastante, saliendo como por arte de magia de nuestro cerco. Hasta el día de hoy, no entiendo cómo el Tío me sacó de allí. Encontramos el furgoncito a diesel, el cual largaba un olor fuerte que en la cabina se sumaba al de cebolla y ají. Ahí estaba el Tío, de nuevo sonriente, esa presencia me mantenía bajo un áurea de rara seguridad paternal. Se alegró abriendo las pupilas y pisando el acelerador cuando vio que en esa caja traía a Don Gato. Sellé la caja con cinta y sentía cómo se movía por dentro su ocupante. Luego le hice vários agujeritos con un destornillador oxidado y los abrí con los dedos. Nos alejamos por la entrada de la villa miseria, y encaramos la ruta del Chingolo, kilómetro 6.
Al Tío nunca lo ví exactamente con pavor, es decir, nunca lo demostraba. Él comandaba el grupo y no necesitaba ser duro con la disciplina, todos lo querían y respetaban, cometiendo a su lado errores no muy graves de falta de atención, o de cagazo, como el pelotudo del Gordo. (Mi devaneo me había salvado la vida). El gordo se había subido antes a su motoneta y caído al suelo antes que volara la terraza y llegara el Tío; salió a los cohetes.
-¿Dónde está tu pandilla, Don Gato?-
Y él respondió con un grumiau extraño, como si entendiese las palabras del Tío. Empujó por dentro de un agujero el hocico mojado y sacó una uñita, pero después abandonó la huída, ya que nos conocía, o no le quedaba otra. Cuantas veces el Tió le había dejado jamón y agua fresca. Él era para mí el tipo más bueno del mundo.
El Tío sólo discutía a veces fiero con los de arriba, que casi siempre se la soñaban que eran inotocables o tomaban posturas nerviosas. Una vez lo vi ponerse todo colorado de rabia, en un locro que hacían los de la fábrica Oclensa, mientras un barbudo y enfardado ‘guerrillero’ le quería exponer con aire místico-superior sus invencibles “bases”. Le habían dicho que ese tipo era medio intocable, pero el Tío se quería agarrar a trompadas sin comerse ninguna. Él se pasaba ciertos discursos por el culo, pero te lo decía de frente. Los monto lo querían porque era leal, y trabajaba en una colaboración con ellos, jamás negociaría con alguien conectado al confuso gobierno con burócratas de izquierda y gorilones nacionalistas de los sindicatos.
-Este país está demasiado enfermo de fascismo, corroído por dentro en un paternalismo caudillista adormecedor- decía el Tío.
Todo eso había empezado unos pocos años antes. Digamos que la gente del pueblo le creía primero al Tío, después a los otros. Fue así que entré en el grupo que le asignaron, como algunos del pueblo. El “tipo” de arriba lo elogió tanto, discursó con la mano sobre el hombro del Tío frente a la gente, y después nunca más lo vimos. Decían por ahí que “el tipo” cruzaba la frontera como se le daba la gana, pero un día no se lo vió más, lo habrían ejecutado, o se fue a otra parte. Otros decían que se había juntado al grupo aquel que se refugió en Salta del que apenas se oían chismes. Dudo mucho que “el tipo” tuviese al menos tanto coraje poético, tanto poder personal como para enfrentar la muerte de cara limpia, o talento para esconderse mucho tiempo sin dar noticias. Sé que la verdad nunca la vamos a saber. Esas realidades que se transforman en mitos silenciosos, que apenas nos hablan en susurros porque saben que no estamos preparados a escuchar todavía. Me enteré años después de la cantidad increíble de agentes controlados por el servicio en el norte informando a la represión, había muchas más arañas que moscas en la red.
Fue así entonces que en el calurosísimo verano del ‘69 dejé de tirar en perdices de campo o gavilanes, y comencé querer disparar contra soldaditos, y lo triste era que no eran otra cosa en general que pobres pendejos asustados como yo ‘del otro lado de la orilla’. Lo gracioso es que no acerté a ninguno, uno como mucho. Al fin lo que más hacíamos era huir, escondernos. Lo que pasa que a ellos les habían lavado el cerebro terriblemente, y el nuestro estaba bastante enjabonado. Más tarde me di cuenta que con nosotros apenas la causa era un poco más jugosa, tenía ese romanticismo de estar con la justa al pedo, de pensar en la gente con cierta esperanza por los valores del ser humano. Pero si podían, a ciertas personas sin instrucción les inculcaban cosas imbéciles, y era eso lo que al Tío le hacía saltar la vena.
Muy pronto, pocos años después, la “causa” se retorcería como un hierro caliente en manos de un payaso inerte, y se apagaría luego como un fueguito de maderita verde. Luego vendría el crudo invierno, de repente, y ese digamos “ejército Francés de otrora orgullosos dragones” marcharía en retirada silenciosa cayéndose de uno en uno en la nieve como pichones de alas cortadas por los cosacos, el hielo de la realidad entrando a cada bocanada. Los cosacos cazándolos, representando un malón de la ‘muerte’, cargando contra una muchedumbre de cadáveres vivientes. El Tío me enseñó un poco eso de la imaginación histórica, los paralelos, las metáforas y alegorías de tropas napoleónicas retirándose de rusia. En la retirada sólo restarían los efectos y la inercia de un tren que de repente se quedaría sin vías como por cosa de mandinga, rodando por el desierto helado queriendo volver a casa como un niño llorón. Cada alma dilacerada en retirada obligada buscando a esa escencia inexorablemente fracturada dentro de sí mismo.
Señales en el aire, en el ambiente, en el tono de los locutores de radio, presentían la intoxicación de la represión con la llegada del Orden que estaba cerca, al acecho, y yo era apenas un potrillo con esperanzas que hoy no tengo más. El terrorismo de Estado estaba agazapado, esperando, estábamos alimentando a la bestia sin saberlo, con nuestra propia carne, un dios devorador, que exige carne fesca. Las cosas y la visión de la situación de las cosas de mi Tío en esa época era pesimista y a la vez optimista, dependía qué tipo de sobresalto lo precedía. Empezaban los '70 y su semblante ya era otro, en el fondo no daba un centavo por cagarnos a tiros con la milicada y con el pasar del tiempo tenía ya la cara de quien no ve muchas esperanzas. Era un caos intermitente la situación del país, un año había elecciones, al otro un golpe. Luego la gente a las calles otra vez, ahí otra vez algún acuerdo extraño que en ningún país lo veías. Un militar golpista y represor por ejemplo pensando que un día quizás disputaria elecciones, todo absurdo parecía posible.
¿En cuánto tiempo el Tío comenzó a cambiar de opinión? No lo sé. La noción de tiempo era una cosa que se estiraba como una goma, para mí. Fluía demasiado veloz y de una forma muy camuflada para soportar un análisis, para que lo pudiese meter en un ‘embalaje’ y decir “ah, ya está”. Lo que sí él no perdía, eran las ganas de sonreír mucho menos conmigo, como eso de no demostrar falta de esperanza entre los más jóvenes. Creo que por eso al tió yo lo quería mas que a nadie. Todos los días algo dentro mío se preparaba para aceptar su posible muerte, mucho tiempo después me di cuenta que eso quería decir que no soportaría oir una noticia de esas. Esa palabra: ‘posible’, me dejaba casi como que enojado muchas veces. El Tío era campeón y artista en usarla. No, él no podía morir, yo me había adiestrado a pensar eso sin colocarlo en palabras. Era una oleada de un sentimiento.
Me leía muchos cuentos de chico; a mi viejo le encantaba eso y siempre me decía que escuchase lo que el Tío tenía que decir, cuando estábamos cerca de la biblioteca. Cuando estaba más crecido me leía “El Príncipe Román”, y hoy aún tengo el libro de Conrad que me regaló, con su nombre en la primer hoja, y el año en que él mismo probablemente lo había comprado: 1952.
Años después me decía: -“Querido ahijado, si tenés que huir completamente a causa de tus ideas, solo; por las vueltas de la vida, preferentemente no hables con nadie de tu destino y sin embargo dales tu confianza en las cosas simples, aun así no des tu nombre verdadero, me refiero a ese que tenemos todos por dentro, y principalmente: no actúes como si estuvieses desesperado, por más que te estés cagando en los pantalones, y todos sean posibles delatores, o apenas representen lentas carretas llenas de vacilantes e distraídos pasajeros en su inetrior. Preparate: no creo que haya forma de salir adelante sin colocar lo máximo de tu persona, listo todos los días del resto de tu vida. Nunca te entregues a la depresión, es decir, no dejes que te paralize; que jugetee demasiado contigo. Eso es muy malo”.
II
“Aunque esto que cuento pasó hace rato,
quedan pedazos y momentos tan recortados en la memoria
que sólo se pueden decir en presente,
como estar tirado otra vez boca arriba en el pastizal,
junto al árbol que nos protege en cielo abierto.
Es la tercera noche, pero al amanecer de ese día
franqueamos la carretera a pesar de los jeeps y la metralla.
Ahora hay que esperar otro amanecer porque nos han
matado al baqueano y seguimos perdidos, habrá que dar
con algún paisano que nos lleve adonde se pueda comprar
algo de comer, y cuando digo comprar casi me da risa
y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás
a nadie se le ocurriría desobedecer a Luis, y la comida
hay que pagarla y explicarle antes a la gente quiénes
somos y porqué andamos en lo que andamos.”
(Reunión – Julio Cortázar)
Me zambullí en el asiento delantero del furgón poniendo la cajita donde transportaba a Don Gato entre el Tío y yo, mientras él arrancaba sin exactamente salir con todo, y nos metíamos después en la picada norteña. La sangre fría de él era impresionante, medio almacén de su propiedad estaba destruído, yo me salvaba de milagro; mientras corríamos peligro de ser acribillados en cualquier esquina mientras se reagrupaba la milicada en algún lugar. Luego de un buen rato de manejar en la ruta, salimos por un camino de tierra, y el Tío dejó el silencio:
-Nos vamos a tener que ir. Y lejos. Esta región está imposible-
-¿Pero para dónde vamos a ir ahora?- le respondí.
-Un poco más lejos.-
El tiroteo comenzó cuando alguien parece que delató la dirección, era para que la milicada cayese en el pueblo vecino donde se juntaban efectivos de la guerrilla. El tío apenas tuvo tiempo de llenar el furgón, sacar una las cajas de municiones del depósito vecino, instrumentación, y dejar dos personas para contener a la milicada mientras hacía el segundo viaje. Cuando apareció el mercedes del ejército y comenzaban a saltar soldaditos, simplemente comenzé a tirar, y el gordo Sebastián también desde abajo con la ametralladora. Cuando llegó el segundo camión del ejército, el pelotudo del gordo se había rajado sin avisarme. Y llegarían más camiones. No se aprovechó que estaban muy mal posicionados y además pensando que éramos un montón. No mucho después fue cuando se me ocurrió hacer cagadas a mí, bajando distraído durante unos minutos de calma. Entonces vino la explosión y entonces el Tío, siempre el Tío. Llegó muy a tiempo.
“Si no hubiera habido tantos tiros nos traíamos a todos los gatos y muchas cosas que me dejé, si hubiésemos llegado un día antes. Me soplaron tarde que reventarían el almacén primero. Los pocos informantes que tenemos desaparecen rápido."
Entre el Tío, Don Gato y yo estaba la ya nada pequeña Azucena, que era su hija adoptiva. Sus padres habían muerto ejecutados aquella noche del ‘59 en el campito de Ginosa con dieciocho obreros, una profesora y dos periodistas que inventaron en la tele que se fueron del país. Pero que, según el Tío, aún estaban bajo tierra en un sitio que pocos sabían. Siempre le pregunté por qué no hacían un escándalo; e investigaban a fondo y queseyo. El Tío me dijo que era mejor que por ahora quede en silencio hasta tiempos más “propicios”. En este país hermanos entregan hermanos con espantosa facilidad.
-Guardaré ese secreto hasta que la pequeña se haga bien grande, Norbertito. Guardalo también vos en tu memoria: Veintiún cuerpos, quince metros sur del eucalipto más alto justo a un kilómetro del arroyo Cuernavaca. La tierra es más obscura en ese tramo, parece un campo de fútbol. ¿Memorizaste el dato? Para arqueólogos del futuro : quince obreros, una profesora de primario y dos periodistas desaparecidos, supuestamente arrestados en Rosario una semana antes-
Mientras recordaba esas palabras de hacía tiempo, observaba la cara redonda de Azucena, blanca como la leche, y las piernitas de bermudas con moretones de todavía jugar en patios con otros chicos. Pero la infancia ya le había dado el último adiós. En la cabina, quedé medio apretado y mi mano izquierda inevitablemente quedó atrapada entre la piernita, el asiento y mi cuerpo. El motor del furgoncito era ruidoso, principamente dentro de la cabina, cosa medio rara, pensé; debía tener algo suelto. En vez de molestarse, Azucena apretó el muslo contra mi mano disimuladamente. Mientras el Tío Paco desordenadamente me decía lo que pensaba hacer con la carga que llevábamos y los amigos que nos esperaban en Los Quijos. Azucena se entregaba de a poco al juego sutil, pero a mí la presencia del Tío Paco me dejaba incómodo, tal vez sentía que le debía ya muchas cosas por ayudarme cuando mi viejo palmó. Era un hombre capaz de ser bueno a sus anchas en este mundo confuso y ese raro respeto yo no lo sentía por nadie. En el casi abrazo mezcla de acercamiento sexual con Azucena, bastante poco inocente por cierto, que mal disimulaba un encuentro casual, la pequeña nalga ya se comenzaba a acomodar en mi mano mojada de sudor y se entrometía en mi alma ese miedo mezclado con deseo de procrear que todo muchacho principiante tiene, que vive aumentando la edad para disimular.
Yo le sonreía al Tío, haciendo fuerza para escucharlo concentrado; él manejaba hablando de un montón de cosas que yo no entedía muy bien: que el Gobierno, la televisión, los hombres “pensantes o pensados”, que el pueblo martirizado, que Latinoamérica explotada y dividida, que los Estados Unidos, que Kruschev, que la China de Mao, que unos tipos que se hacían llamar de buenos y eran la peor clase de parásitos, cosas así.
Aveces el Tío se detenía para clavar el ojo en el retrovisor a ver si venía alguien. Pero nada. Azucenita me sonrió y me dió un beso en el hombro cuando el tío bajó rápido a ver una llanta rascándose la cabeza. Mi mano se deslizó aún más ya en las fronteras de la intimidad femenina. Comencé a transpirar la camisa, y ella se hacía la tonta mirando el paisaje arbolado. El camino se hacía pedregoso, y la nalguita de ella ya me empezó a aplastar los dedos, estrangulándome la mano contra el tapizado y el pantalón. Mientras le contestaba en voz medio alta alguna gansada al Tío para no dejar la conversación abruptamente, saqué la mano raspada que ya era un “grabado” del asiento y el bermudas de ella. De reojo ví que Azucena se sonrió disimuladamente, agradeciendo mi prudencia, en tono de complicidad. Algo como “Nos vemos más tarde”. El pelo de ella era maravilloso y olía a almendras o no se qué, yo lo tenía en la nariz mientras el sol de repente me pegaba en la cara y el Tío con sus proyectos de vida tan particulares.
Lo olí llenándome los pulmones despacio, el miedo a la muerte se quedaba atrás siempre que estaba cerca del Tío Paco. A la vez, la muerte estaba más cerca ese día, estaba tan próxima que era el cuarto ocupante del furgoncito, sentada atrás, en silencio, acechándonos con paciencia, escuchándonos. Sentí la prescencia inexplicabele, y creo que también es así que aumentan las ganas de procrear, naturalmente.
Un bache en la calle de tierra hizo que el cuero cabelludo de Azucenita golpease un diente mío casi sacándolo de lugar, en el momento en que yo iba a decir alguna gansada. Supe lo que era haber pretendido hablar en vano quedándose con la boca abierta. Vi estrellitas con el labio algo partido, y Azucena comenzó casi a llorar de dolor, pero se acordó que no era más una nenita. Me dió un codazo cuando se agarró la cabecita, sin querer. El ruido del motor del furgoncito me dejaba mareado.
-No fue nada, secate con esta toalla. No es necesário poner puntos. Ese pibe que tenés al lado tuyo acaba de defender tu casa natal, y si no fuera porque es medio distraído y un ángel poderoso lo protege, lo estaríamos llevando al velorio, si es que hubiéramos encontrado algún pedacito. Hasta tuvo chance de traerse al gato más experimentado del barrio- Así discursaba el Tío. Encima me estaba haciendo la onda con la “hija”, ¿Sería proposital? Ella me dió otro beso en la mejilla, ahora delante del Tío, mientras él sonreía pasándome la cantimplora con jugo de piña. Entretanto, Don Gato reclamó de su prisión nuevamente.
Continuamos el recorrido, y el Tío oyó en detalle la historia de cómo me salvé por ir a comer laranjas. Reía diciendo: -¡Que orto que tenés, ma qué valiente ni ocho cuartos!, ¿Qué debería hacerse, castigarte o premiarte?. Perdonalo al gordo, se cagó nomás, es natural.
-El gordo está a camino de Los Morelos también, no te enojes con él, Norberto-. Me dijo el Tío.
Más tarde llegaríamos al fin, y ni lo miré al gordo, estaba pensando en otra cosa, es decir, estaba intentando pensar, la cabeza me daba vueltas. Mientras, el Tío se reuniría con personas, y yo me refugiaría en la biblioteca de un viejo estanciero, amigo nuestro desde que éramos chicos, Don Esteban, de los Pérez Alberti.
Esa gente casi siempre se llamaba por dos nombres: “¡Pero Carlos Ignacio!”, “Ricardo Martín!”. O por ejemplo: “Dora Susana”. Así te dabas cuenta que era de postín. Pero los hijos de los Pérez Alberti eran llamados por un nombre, y sus padres aveces carpían con la peonada y se subían a cualquier techo, o juntos le curaban la pata a algún caballo. La Señora Lucía, que vivía en Europa la mitad del año, no dejaba que la peonada le diera agua a su caballo –ella misma lo hacía- o la llenara con atenciones exageradas el personal de dentro de la casa. A mí de chiquito me iban a buscar para jugar con los hijos y aveces me quedaba una semana entera, en las vacaciones. Eran reacios a practicar deportes por figurar en la sociedad como hacen muchos ricachones, y sus hijos eran seres con una ausencia de arrogancia que era de admirar. Cuando salíamos de caza, traíamos pocas piezas y era todo para comer. El Tío, o Don Esteban, decían –¡Suficiente por hoy!-
-Muchachos, nunca se mata a un animal por gusto. “Un cazador no desperdicia munición y agradece al monte el estar vivo en su jornada antes de retornar a casa.”
Mi viejo había sido amigazo de Don Esteban. El Tío era recibido como uno de la família y tenía hasta un cuarto especial para él. Jamás se los oía gritar con nadie de bajo escalón social, y la gente de Morelos se peleaba para trabajar en la Estancia de ellos. Recordé algunas cosas, esas que el Tío me dijo en el furgoncito, mientras Azucena me limpiaba el cuello de la camisa con un paño, antes de llegar a la estancia, en un área totalmente controlada por los monto:
-Si tu padre estuviese aquí, tendríamos una buena discusión de por medio, acerca de tu mérito de hoy.- Agregó riéndose. Yo estoy feliz, hasta me gustó la actitud del pobre gordo, no me preguntes porqué. El silencio que le dejé hizo que me mirara por unos segundos, nunca me voy a olvidar de esa clase de mirada. Parecía que estábamos en completa comunicación telepática.
Yo sabía el motivo. Jamás ganaríamos esa guerra contra los milicos y los represores, el Tío lo presentía muy bien. Me mandaba esos mensajes que sólo una mirada puede decir. Ya debía haber tumbas con nuestros nombres preparadas, abiertas, la tierra fresca para recibirnos. “El único mérito nuestro parece ser estar vivo”, pensé. Pero no le dije nada. No quería enredarme con conversaciones ni hablar nada medio mórbido-filosófico con él, cosa que nada tenía que ver con el afecto que sentía. El Tío no era mórbido. Era eso lo que me hacía admirarlo también. Con ese mismo pensamiento, fue que en la biblioteca de Don Esteban, más tarde, tomé aquel libro de Conrad que yo había dejado allí hacía tanto y que me guardé en la mochila hasta hoy, y leí ese pasaje inquietante otra vez:
“-Estoy juzgando todo esto con calma. Hay principios seculares de orden y legitimidad que han sido violados en nombre de las ilusiones más subversivas en el curso de esta temerária empresa. Aunque naturalmente los impulsos patrióticos del corazón...
El Príncipe Román había estado escuchando a su padre en forma pensativa. Aprovechó la pausa para decirle tranquilamente a su padre que esa misma mañana había remitido una carta a San Petersburgo presentando su dimisión como oficial de la Guardia. El viejo príncipe guardó silencio. Creía que debía haber sido consultado. Su hijo también era oficial del cuerpo de Artillería del Emperador, y sabía que el Zar no olvidaría nunca esta aparente deserción de un noble polaco. En tono de descontento señaló a su hijo que, de todos modos, estaba en situación de permiso indefinido. Lo correcto hubiese sido no decir nada. En la Corte tenían suficiente tacto como para no llamar a filas a un hombre con su apellido. O, a lo peor, podrían haberle encomendado una lejana misión –por ejemplo en el Cáucaso-, apartándolo de aquella desdichada lucha que, por basarse en principíos erróneos, estaba destinada a fracasar.
-Ahora te encontrarás con que no hay nada que te interese, y sin ocupación. Y tarde o temprano necesitarás algo en que ocuparte, pobre hijo mío. Me temo que has actuado con imprudencia.- El príncipe Román murmuró:
-Mi opinión no coincide con la tuya.- Su padre titubeó bajo su fija mirada.
-Bueno, bueno: ¡quizá! Pero como oficial de Artillería del Emperador y con el apoyo de toda la familia imperial...-
–Nadie había oído hablar de esa gente cuando nuestra casa ya era ilustre- comentó desdeñosamente el joven.”
Continué leyendo hasta tarde esas cosas de espíritus firmes ante cosas que se oponen de tamaño enorme, con Don Gato zambulliéndose en leche recién ordeñada y explorando después su nuevo terreno. El suertudo se quedaría definitivamente en la estancia, la revisó completamente andando por los bordes y los perros bonachones lo miraban desde afuera, se sintieron un poco invadidos. Pero a los pocos días amanecería durmiendo al lado del pastor alemán; era realmente un personaje ese gato, ese tipo de seres que se adaptan a todo sin hacer mucho ruido ni vender su honor. Con el único que nunca se daría bien sería con un cóquer que dormía dentro de la casa, lo mantendría a raya con sus afiladas uñas.
Medité un poco sobre ese príncipe “Román”, que se metería en el ejército de liberación polaco como soldado raso, dejaría todo ese fingir nobleza por una decisión de convicción propia, y su família lo buscaría en vano por años hasta que fue preso en el front de Silesia y solo saldría con 70 años de las prisiones en San Petersburgo, a pedido de altos escalones influidos por la presión de los familiares. Tenía condena de prisión perpetua por alta traición por no haberse olvidado que era Polaco, y no un provinciano semi-ruso en una tierra anexada. Jamás le vería el rostro nuevamente a sus padres, una história donde está claro que puede doblegarse el cuerpo pero no al espíritu.
En el silencio de la noche yo seguía escuchando el motor del furgoncito, como que en una ilusión, que me había llamado más la atención que la posibilidad de procrear con Azucena, tan rápido me había sido ofrecida por el destino, en este mundo desolador sin horizontes: Eso era nuestro vivir, un motor encendido pero el rumbo no estaba trazado aún. El problema: ese motor era demasiado ruidoso y atraía fácilmente a los “caranchos”. Así es muy, muy difícil; sino imposible, tener cualquier tipo de esperanza sólida en una empresa belicosa y competitiva, hay digamos demasiados caranchos por cada tipo bueno y honesto, quizás por eso no parecen concretar la ejecución de planes más efectivos. Si los monos de arriba que dicen que ‘luchan’ por el pueblo y que-se-yo-qué-más, creen que los pendejos como yo no ven esa poca claridad, perdieron, y tal vez es ahí donde en realidad están siempre perdiendo. Por ahora nada más llamamos la atención, para que jugemos juntos tiro al blanco, y no sabemos la razón, para qué. Esa era la cosa, yo sentía que el Tío veía allí el principio del fin.
Y claro, los caranchos del sistema no paran de vender esos melodramas de mentiras, odios fabricados, simulación, miedo. De esa forma fabrican su realidad, que se vende como pan caliente. Me pregunto en qué se transformarán cuando hayan poseído totalmente el futuro, que harán sus hijos. Mucha de la gente esa cagona dice que no pero les acaban gustando esos falsos héroes que hacen las cosas sucias por ellos, porque tienen miedo de mancharse y que se descubra realmente el rostro que tienen. Así son los que se arrastran. A ese paso nos vamos a librar de esos el día del “arquero”, tienen mil caras, mil formas. Cuando juntamos informaciones meticulosas de como actúan para prevenirnos o que no nos azoten tan duro; ya cambiaron el ángulo, y vuelven a esconderse entre nosotros, fingiendo, adulando, revestidos de nueva imagen. Los caranchos de arriba, los caranchos más gordos, se alimentan copiosamente al utilizar sórdidas herramientas: la propaganda retorcida, las imágenes e informaciones manipuladas fabricando mentirosos libros de historia simplificada, lavados de basura patriótica-caudillista, solidificando día a día la máscara endémica del lavado de cerebro con el café con leche de cada mañana.
Sería más fácil denunciar una invasión de calabazas verdes del espacio con venusianos adentro a las autoridades, que ocuparnos organizada y directamente de ese tipo de abusos con el minúsculo poder que tenemos. Tal vez ellos piensan lo mismo de nosotros, pero lo dudo, esta gente parece que ríe esperando el mejor momento de abrir las fauces. Desde aquí se les siente el aliento, ni el viento de las sierras aleja ese aliento pesado. Y la gente, manejada como títeres se aguanta bien calladita, supongo, parece que reclaman lo mismo que todo el mundo cuando reclaman. Pero no, más bien parece que la mayoría se queja mucho pero después apenas vive para tener lustrado el inodoro y arreglarse su jardincito a toda costa. Paramos de crecer. Hoy después de tanto tiempo puedo comprenderlo mejor. Pero para eso tuve que tornarme una especie de sobreviviente, hacer algo que el Príncipe Román de Conrad nunca hubiera hecho. ¿O sí? Los caminos de un guerrero son sinuosos, pero nunca me consideré tal.
Y ahora, los comedores de carroña de la modernidad nos manejan a su antojo con gran facilidad, crean la realidad que la emisora transmite día a día para el Súper-Control del Cuidadano Medio. Y ese sí que es el principio del fin. Yo creía que era el final en serio, pero en realidad es un principio que prepara el inevitable vacío.
Casi toda la gente hoy en día, después de tanto tiempo, cuando la cosa se hace algo más compleja o demasiado amplia; decide irse al cine, pero a ver películas fáciles, o se van de vacaciones corriendo a destapar botellas y olvidar festejando el año nuevo escondidos en sus fracasos y momentos irresponsables, ya que los hilitos de títeres no se les salieron. Luego se consiguen una terapia psicológica que rápidamente dejan de lado cuando están por llegar a “algún asunto importante”. Hay una clase de muñequitos títeres que salen de un cono de cartón, con un palito central que los controla. Así somos casi todos con ese palito que es la extensión de la columna vertebral emocional. ¿Viviremos separados por una barrera invisible, separados para siempre? Ellos, los títeres de la sociedad; están en su mayoría casi ajenos por sus própias pobres elecciones y por negociar demasiado con sus falsos amiguitos; y nosotros, cada vez más suicidas transformados en tristes pordioseros de la justicia.
III
Pero vamos a volver a los hechos de aquella época. Cada vez me parecía mas evidente, que nosotros no sabíamos más el motivo o para qué exactamente estábamos luchando, masacrados por soñar considerados adolescentes "románticos" o por no haber tenido apoyo militar. Y lo peor era que siquiera podíamos continuar a desarrollar un romanticismo algo más interesante, llevadero con una conección.
Sí, conección. Esa es la palabra. Y confianza. Esa es la otra. Nadie era ya confiable, la cosa se nos fue a nosotros mismos de las manos. Liderados por enajenados que vivían perseguidos como reaccionários convencidos de su autocomplacencia y desesperación contenida, o en el peor de los casos agentes dobles- que al no hallar un camino más claro se colocan de forma ambivalente en una postura de héroe desajustado en una tierra sin ley. Quizás una forma demasiado rudimentaria de contestar, que raramente alimentaría al espíritu.
Y ellos, los del otro lado; que mantienen el Estado Calamitoso de las Cosas, de tan duros y represores en su terquedad perversa llegaron al punto en que no sabían más a quién exactamente le estaban mintiendo. Tanto los caranchos como las presas entramos en diferentes colapsos, cada uno a su medida.
“Somos como Hamlet, asesinaron a nuestro padre y se sentaron en su trono, su fantasma nos visita: solicita justicia. Pero mientras pensamos qué diablos hacer primero, nos hacemos los loquitos mostrando en una obra de teatro al verdadero asesino, pero todo sale mal: al público de la corte eso no le interesa en sí, ni ve la trama, ni quiere saberlo, el único que nos detecta es el verdadero asesino, que nos va a cazar a traición al final de todo. El triunfo del mal: de este modo el trono será ocupado otra vez por un pobre ignorante”. Esa fue una de las últimas frases del Tío.
Por eso, cuando lo emboscaron al Tío cuando fue al pueblito vecino a buscar cosas dos días después, no vacilé más. Hoy creo que yo luchaba por él, y por la memoria de mi viejo. Apenas lo enterramos en un pequeño bosque de eucaliptos en la estancia, para que los milicos no lo encontraran, y le cerré los ojos, desaparecí para estar solo mientras allá afuera le hacían algún veloz homenaje discursado por esos figuritas que se creían tan nobles y no se diferenciaban mucho del enemigo. Se preparaban para huir enseguida, y juntarse con un tal Santucho, que parece que tenía esa pasta de líder, para recomenzar quizás desde otra parte. Pero a mí no me interesaba más nada. Para mí estaba todo terminado, los tipos que seguián las cosas que decía El Viejo estaban tan locos como él, todo eso de la política ya parecía una pantomima de la Isla del Dr. Moureau, las criaturas dominadas por un sistema precario de leyes que los mantiene entre el servilismo y la superstición, y todo no provoca otra cosa que incitar e invocar algo peor que vendrá y saldrá de control.
Teníamos ya demasiados líderes inexistentes, gente prefabricada y ausente que con discursitos de gloria que no decían ni la mitad de lo que el Tío fue, desaparecían luego como niebla. No vi en los ojos de ninguno la chispa de inteligencia que me hubiera impulsado a seguir adelante con esa vida. Y no quería tener el mismo destino casi suicida del principe Román de Conrad. Creo que a esa altura ni al Che hubiera seguido, ni para hacerle de Sancho Panza llevándole cartuchos de remedios anti-asma. Azucena estaba desconsolada, pero yo le prometí que quien la cuidaría ahora era yo. Cumplí mi promesa, y ella se casó conmigo, me dio tres bebés regordetes y de ojos brillantes. Tres lindos seres humanos. Uno es la cara del Tío. Ojalá que alguno de esos potrillos cuando madure se le parezca un poco en carácter.
Y durante aquel amanecer mismo después de su muerte, dejé la casa. El único ser que me despidió fue Don Gato, me siguió un poco casi desesperado preguntándome hacia dónde me dirigía. Lo alcé un rato y es increíble cómo ciertos animales pueden abrazarte. Considero fervientemente que ciertos animales tienen el poder de ser más próximos y espirituales que muchas personas, porque todo en esta tierra es como un individuo. Me lambió la cara y después se volvió, observándome sentado en una ventana. Era un gato demasiado individual para seguir a alguien fácilmente. Comprendió que partiría y no me siguió, apenas se me quedó mirando.
Mientras en un grupo reducido nos preparábamos para abandonar el lugar dejando el mínimo de rastros, tomé el fusil nuevo que me habían dado y lo desarmé por completo más lejos, frente al arrollo, cada ristra de balas enredado como una bandera secreta. Lo arrojé al arroyito con todas mis fuerzas, los falsos documentos fueron destruídos y destruí también la mayoría de los pocos legítimos que tenía. Un perro negro abandonado apareció, paró su marcha y se sentó observándome desde la otra orilla. Sentí que me hablaba. Y sonreía, juro que me sonreía. ¿Sería realmente un perro?. No podía dejar que los “cosacos” me atraparan y trataran como un cadáver viviente, torturándome en ese infierno de hielo donde no hay ni honra, ni motivos para vivir. Desaparecí en la noche hacia las montañas sin que se notara demasiado, con ella. Nos disfrazamos bastante bien, y no tuve que convencerla mucho; esperé que decidiera por sí misma.
Casi quince años después me las ingenié para conseguirme un cachorro-nieto de Don Gato, que ya se había cruzado en la estancia años antes, y seguro que ya había desaparecido. Me ayudó el destino. En la estancia que yo tan bien conocía pero ni una palabra debía decir, había un cartel: Se regalan gatos. Reconocí al joven descendiente por el antifaz, andando por muretas y el casero me dijo si era ese que quería llevarme. No sabía si ese era para regalar pero al preguntar, una voz de una señora de dentro de la casa a quien nunca le ví el rostro dijo que sí, que podía llevármelo.
Tomamos un café con el casero, y me arriesgué a preguntarle si conocía a los viejos dueños; me dijo que sí pero que no podía hablar mucho de eso, a la patrona no le gustaba. Aparentemente nadie restaba de la antigua família, hoy todos desaparecidos o exiliados; al casero lo habían contratado porque conocía las rutinas de la estancia, a cambio de no mencionar mucho esos asuntos. “No se preocupe, era curiosidad, nomás” le dije rápidamente. Pero no le dije nada que me conocía la casa demasiado bien y que había ido al primario con uno de los hijos y me acordaba de la estancia, tan linda antiguamente. Ahora era propiedad de la familia de un militar, decían.
El empleado de mirada perdida accedió a darme al cachorrito de gato ‘de antifaz’, que me entregó en una caja de cartón; y le solté unos pesos. Me agradeció con su lánguida mirada y lo invité un día a tomarnos una grapa en el pueblo, “que porqué no”. Aunque nunca tomo grapa, fué por decirle algo nomás. Dijo que los dueños estarían felices ya que había demasiados gatos en la estancia y nunca había nadie para administrarla correctamente. Además, irónicamente, después de tantos años hasta recuperé el furgoncito del Tío, por una digamos tremenda casualidad. Cuando lo vi, no lo podía creer. Se lo compré enseguida a un tipo del pueblo que no había logrado todavía sacarle completamente el olor a ajíes y cebolla mezclado a diesel a pesar del paso del tiempo. ¿Casualidad? Todo eso era seguro a causa de la poderosa presencia aún vigente del Tío, sin duda alguna.
Una aurea fuerte influye en la materia, dice una ley de la metafísica. Pero no me importa tanto la metafísica. Al furgoncito le hice el motor nuevo, y lo llevé al chapista que era un pibe que terminó el secundario conmigo y lo cargábamos porque era muy cabezón, pero más que nada porque era testarudo. Caería en cualquier chiste como los del negro Olmedo con Javier Portales. Le decíamos ‘tambor’. Me reconoció, su gran cabeza tenía ya los destellos plateados de las primeras canas, pero en nombre de los buenos tiempos nunca me buchoneó que anduve con la guerrilla. Su primo había muerto en un cerro helado de Malvinas y ‘tambor’ le tenía asco total a los milicos sudacas. No me cobró el arreglo, y lo invité a casa a comer asado de tira con varios tintos incluídos.
Cuando bajo al pueblo por una diligencia lo paseo al nuevo Don Gato que coloca las patas delanteras en la tapa de la guantera para ver el paisaje. Este Don Gato de hoy es medio atigrado. Demasiado inteligente para ser un apenas un gato, y muy grande para ser un gato común; especialmente después de haber conocido al que creo que seguro es su abuelo. Le compré un collar con cuerdita y baja conmigo del furgoncito caminando sin asustarse del pueblo que ya creció un poco. Pero por acá el grueso de la civilización no pasa todavía. Eso tiene sus pro y sus contra.
A menudo me siento medio herido y con la sensación de que nada salió ni muy bien, ni muy mal, en un ostracismo muy difícil de explicar, como Frank Sérpico esperando un buque en el puerto de Nueva York, con su perro lanudo, esperando por un navío que lo llevase a un país lejano para huir de toda esa maraña de corrupción; de todo aquel sistema hipócrita. Pienso en otras cosas, hablo con Don Gato como que telepáticamente y vemos un atardecer juntos con empanadas de Azucena que él quiere mordisquear por curiosidad.
Pero hoy en día ese es una sensación que se va pronto como un viento helado que pasa como si nunca hubiera existido. Cortázar tenía razón. Los gatos son teléfonos.
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