segunda-feira, 17 de novembro de 2008

Un Procedimiento Patrón

(O “El Eterno Hombre de Utopía Laboral”)


Observa las señales
Observa los síntomas
Observa la trivialidad
Calma después de la tormenta


King Crimson “Hombre modelo” (Model Man)



Juan Sosa era un tornero que en unos años se tornó un eximio soldador cuando la tecnología evolucionó, pero era efectivo mientras pudiese trabajar bajo cierta paz. Bajo presiones inconexas de política de empresa su rendimiento bajaba, aunque los plazos no le molestaban; el problema serio era que esa empresa había perdido la coordenación de objetivos-trabajo.

La compañía no ejercía la autoridad con criterio, menos aún con sabiduría: exageraba y superponía la importancia de procedimientos a ventajas operacionales dadas a ciertos individuos. Los desvíos morales de ciertos personajes en la directoria dando ventajas a ‘amigos’ como salarios altos en puestos de eficiencia mínima sólo empeoraron las cosas.

Aquel día él había sido llamado otra vez a una reunión de planificación en la Roxy Metal &  Asociados por sus supervisores, teniendo que interrumpir su trabajo otra “maldita vez” para oír cuentos de science fiction irreales e ingenuos proveniente del departamento de producción manipulados para promover el grupo de personas que estaba encajando –mientras dejaba cesante de a poco todos los otros empleados antiguos con excusas por demás ridículas-

-No entiendo, primero nos llaman a mil reuniones diciendo mentiras sobre algunos problemas en la mecánica de la producción, que no era falla nuestra, y ahora me dejan cesante sin decir porqué...- decía el chango Suárez, que por años se había encargado de las cintas del sector F con loable empeño.


De nada servía todo eso cuando el nuevo director quería colocar a sus amigos, que encima ya venían con salario aumentado, aumento que a los antiguos profesionales empleados les venían negando con excusas cada vez más desfachatadas, pero que encajaban con la política de la época: “hacer mucho con poco”, “tenemos que apretarnos los cinturones” y slogans retrógrados dignos de productores de recesión que recogen siempre los laureles de otros y luego le dan un palmadita al empleado en la espalda mientras en verdad lo están enterrando en la fosa común del olvido. 

Llegó un momento que un slogan venido de la mayor imbecilidad sideral se hizo filosofía en la empresa: "menos es más".

El nuevo director pretendía imponerse como superior en todos los aspectos inventando su súper-grupo, alimentado por su imaginación exacerbada, su ego inflado por su amante sexualmente atrevida, su mujer gastadora, y sus hijos saludables estudiando en colegios caros, todo exactamente en esa orden. Pero naturalmente todo era una ridícula ilusión, en poco tiempo las demisiones de personal calificado se notaría en la Roxy Metal.


Y tenía tanto miedo, tanto miedo de su función, de su desempeño, que comenzó a usar su implacable látigo invisible. De hecho; pretendía mejorar números de producción-calidad que sólo podían estar en los libros imaginarios de la Ford en 1919, en la General Electric de los ´50 –que con su eficiencia ensució el East River por mucho tiempo- o en la Siemens o JVC de los ´80 cuando Japón imperaba en la industria mundial; o quien sabe en los agotadores arrozales o la industria metalúrgica de la China Maoísta. O en la efectividad del trabajo del corte de caña de azúcar en Cuba de comienzos de los ´60, bajo los conceptos frescos aún de una revolución social conquistada.

En cada uno de esos escenarios de producción el empeño no era la única virtud, por más traída de los pelos que fuese la ideología, de un modo o de otro, se buscaba aplicarla. En líneas generales, eran sistemáticos, estudiosos y no imponían tan fácil la ventaja personal comprometiendo calidad o variando a menos las increíbles cifras de producción. Históricamente muchas de las consideradas potencias conseguían a menudo o a duras penas esos plazos de sus equipos. Pero tenían más capital inicial, mejor soporte, y lo que es esencial, encaraban el trabajo con una moral y alegría diferente. ‘Eran otras épocas’ muchos dirían, como que excusándose.

Pero en la Roxy Metal de Argentina ahora tapaban en registros lindos y perfumados los errores humanos que eran provocados por su anticuada, atrasada política –y de haber echado a gente útil en masa- de una forma más audaz, sin escrúpulos, impunemente. Los más expertos, que notarían esos excesos ya estaban fuera de la empresa, los que se darían cuenta de esos números muy lindos, que por cierto en Sudamérica casi nunca se cumplían. 


De algún modo u otro ya se habían encargado de silenciarlos, y muchas veces ese silencio se provoca con una buena indemnización, un paseo por el departamento de recursos humanos donde un lindo cheque te espera, pero en casos como esos, la función del cheque es también el de la mordaza, la función de silenciar. Gente que tenía una carrera ya encaminada, de repente está cesante por una política de empresa que es absolutamente miope a la realidad de la cuestión integral, ideada por megalomaníacos y ejecutada por idiotas.

Ese día Juan Sosa sentía como nunca el peso de la industria y estaba a punto de enloquecer cual un Charlot en la película 'Tiempos Modernos'. Recordó que era casado, dos hijos, recordó que tenía que pagarle el alquiler de extorsión directo a la encargada que tenía contacto directo con el dueño, y las deudas del coche. Pero aún así esas imágenes no le provocaban paralización de raciocinio, era justamente ese círculo maligno que quería sanear, no sabía de que manera hacerlo sin que fuese un acto de barbarismo, enajenación o alienación, mientras que la bronca implacable intentaba invadir todo su sistema emocional, dejándolo a punto de estallar.

Detuvo la máquina que comenzó el enfriamiento sabiendo que después iba a perder otros quince minutos para alcanzar nuevamente el grado térmico correspondiente de rendimiento. En ese momento le importaba un rábano lo que había estudiado, la empresa, su carrera prácticamente inexistente como tal, su vida personal y su status económico, porque se sentía por demás utilizado.

Se sacó el chaleco protector y el casquito bufando, conocía la estúpida rutina de esas reuniones que pretendían traer la “unión del trabajo en equipo” y otras utopías extintas por la tremenda violencia económica de casi todo el sistema económico global y a su vez local, que aplastaba triunfalmente esas creencias y anhelos de 'hermandad', comprometía seriamente a toda filosofía alternativa de empresas de la faz de la Tierra, en forma total y completa. 


Una supremacía igual al mundo antiguo, ejercida por imperios que supuestamente fueron superados, pero se agrupaban tomando todos los mercados, buscando establecer el rápido monopolio de su 'club de amigos', no trabajar con los mejores profesioales. Esa sociedad que sería para seres humanos, pero que no distaba de ser una sociedad hecha para gente que piensa como las leyes antiguas de Sumeria y sus sumo-scacerdotes. 

Esa sociedad que vista por ojos inteligentes irónicamente estaba lejos de “derrumbarse” aunque permaneciendo en un sistema de retroalimentación compuesto básicamente de “decadencia constante”, una decadencia mantenida o nivelada del otro lado de la balanza por una fuerte dosis peso pesado de Mediocridad, esa vieja emperatriz de la Modernidad. Esa Mediocridad, necesaria para cumplir el paper de hacer Olvidar.

La reunión del día de hoy probablemente repetiría en nuevas palabras lo de siempre: Valorizaremos secreta y exclusivamente el “Home Office” (o trabajo en casa) apenas y solo exclusivamente para nosotros los líderes, mientras los empleados estarán condenados a soportar el trabajar complicadamente en equipo dentro de una maraña de intrigas –inventadas por la compañía-, expulsiones repentinas, sueldos manipulados oscuramente, rivalidades entre personas ambiciosas que utilizan a sus subordinados para sus guerras mezquinas particulares; horas extras mal pagas, vacaciones mal organizadas y desórdenes como erróneas entregas de equipos, organigramas de maquillaje... y otras cositas.

Mientras el Equipo de Ventas (que se odiaban entre ellos sonriendo bajo máscaras de circo) era tratado como reyes... y claro les encantaba toda esa jerga de “programa de incentivo controlado”, “interacción circular permanente corporativa”, “bonus por ventas extra”, y palabras similares, cuanto más tecnificadas mejor. Se embadurnaban con esas frases armadas, se escondían cual ratones cuando cualquier realidad los comenzaba a perseguir como los bigotes sensibles de un gato.

Esos caballeros sin honor, miraban levantando una ceja a los montadores, torneros y técnicos especialistas desde lejos para no ensuciarse la vista, como contemplando pobres espíritus perezosos que no conocían aún la vida de alguien con objetivos, como “ellos”. Los consideraban en general fracasados, producto de un área de la sociedad ruda e inculta, que rápido pasaban de niños revoltosos de barrio, a “obreros técnicos” siempre sucios como ganado. Cuando podían inventaban tristes chistes, algo así como los chistes racistas, que apenas hacen reír a un cínico grupo selecto. Pero en la modernidad muchos de esos trabajadores que ellos despreciaban habían pasado por universidades con mayor frecuencia que un vendedor, mientras que el vendedor o era un pobre tipo que destruyó su autoestima en una vida de excesos, o bien destruyó su autoestima agarrado a conceptos religiosos artificiales, cuyo resultado humano al fin es el mismo, salvo el crucifijo o la estampita colgadas en el coche, o en la cocina de mamá.

La empresa quedaba así dividida a causa del miedo y ganancia de sus líderes, aprovechándose de la poca proyección mental de sus ‘esclavos’ no por falta de capacidad pero sí por falta de auto-análisis, en fin, de favorecer todas esas cosas. De este modo era imposible reconciliar todo fácilmente porque tocaba todos los ámbitos: el financiero, el social, el profesional, el humano, más aún con esas débiles reuniones pierde-tiempo que aparecen en cualquier manual de “como mejorar su empresa” simplemente porque el material humano de los líderes dejaba muchísimo que desear; dejándole opciones pobres a las personas que trabajaban para ellos.

Simplemente porque esas cosas estaban en manos de los vivillos que perpetraban escondidos en falsas sonrisas sus querellas inmediatas. Para contribuir luego con bastante poco carácter cuando las cosas se complicaban, y tenían que pensar algo más complejo que cuatro por tres. Esos usuarios del poder tenían armado su cerco defensivo con cierta perfección de silenciosos peritos, pero la estructura era tan endeble que cualquier acontecimiento inesperado la derrumbaría.

Visto de un modo positivista respetable, realmente no era algo malo en sí reunir a las personas abordando esos asuntos, pero la forma en la que lo colocaban era tan falsa, y había tanta nueva hipocresía en la empresa –se notaba en el tono de voz- que ya estaban desperdiciados desde el comienzo todos aquellos objetivos que emulaban repetitivamente esos encargados y supervisores, coordenadores. Desde el fondo del espíritu de la empresa que eran los ausentes dueños –todos querían que todo continuase como estaba-; y si había algo que Sosa ansiaba de una vez por todas en esa empresa era un trabajo en equipo más eficiente: nunca le entregaban el material de soldadura a tiempo, ni las varas metálicas para brocas, desde que el equipo de materiales más preparado fue deshecho en nombre de los ‘cortes en el presupuesto’, para dar lugar a amigos o familiares de algún superior invisible, reventando así el ‘supuesto presupuesto enemigo de un buen puesto’.

¿Pero entonces qué trabajo de equipo y qué diablos, cuando la empresa quería conservar precios discutiendo por 1.5 de diferencia después teniendo que aceptar las condiciones? Resultado: las empresas abastecedoras contratadas ya entregaban tarde la mercadería por no dejarla salir antes de la negociación, y así no había entregas de material a tiempo, ni clientes muy contentos.

Esto era lo que veía nuestro amigo Juan y nada podía hacer para cambiarlo.
Y todo seguía como un río que sale de su cauce, como otra vuelta de tuerca.

Pero volvamos a los vericuetos modernos: era obviamente otra cosa lo que los perfumados gananciosos jefes llenos de “protocolos por email“ querían en realidad: Continuar conviviendo con el caos porque daba más lucro fácil conservando esa dulce Manzana de la Utopía no pudrirse a los ojos del pueblo, mientras ellos mismos comandados por el dueño que revisaba desde el Caribe sus cuentitas mantenían algo burdamente similar a Ley y Orden, pero que en realidad era Caos y Tecnicismo. Nadie les creía ya, apenas los pocos ilusos que restaban en algún lugar ahogados por su propia fragilidad mental, sumergidos en conceptos retorcidos movidos por el servilismo simulado de sus cobardes acciones.

Entonces, cansados los empleados, desde los que laburaban en serio, hasta los más vagonetas, sentían por igual que nuevamente la sanata era vacía, o al menos sentían que el aire estaba demasiado pesado. Y encima quedaba trabajo pendiente esperándolos en sus puestos.

En el pasado Juan Sosa tenía que controlar la rabia, esa espuma ácida de lobo, y la gastritis a veces se le subía por el tubo digestivo. Pero era cosa rara hoy en día, estaba tan harto ahora que se había calmado y apenas se levantaba para hacer su trabajo, volver a casa e intentar dar oídos a cosas más interesantes que charlas de vivos pasajeros que quieren parecer importantes. Infelizmente muchos de sus ladinos o ingenuos jefes veían esa actitud como de “falta de incentivo” y buscaban si posible cargarlo de trabajo sin razón, perjudicando así su rendimiento.

La forma de pensar de las mentes confusas que se entregan a las pasiones patéticas, jugueteando con las cosas serias; vanos, sin fé en las personas como personas. Ese día la reunión estaba particularmente aburrida, comprimida por el intenso calor veraniego y el estabilizador del aire acondicionado estaba funcionando mal, congelaba el ambiente demasiado, o paraba de repente haciendo pensar que se derretería todo.

Juan Sosa sentía que algo dentro suyo empezaba a perder la paciencia, pero decidió no entregarse de lleno a un sentimiento así, porque sintió que si se dejaba llevar lo perdería todo.

- Si, ya dijeron eso en la última reunión, el trabajo en equipo y ese blabla. – dijo Juan Sosa, murmurando.

- Cállate, que no te oiga el Supervisor Lafreña. – respondió el Tano Calnevari.

- Esos no oyen ni un tren pasar, cuando se la están creyendo. Un día tal vez renunciar o que me despidan, no será la perdición, sino la salvación –

- Dió’ te oiga, Juan. Yo no largo este laburo ni en pedo.-

- Está bien, es casi locura largar un empleo en los días de hoy. Pero este laburo te está largando, te está arrancando cosas buenas también. Pensá eso al menos, pensá...¿qué es lo que vale cuando te sacan todo lo bueno que tenías adentro, cuando el permanecer con ellos significa perder más…?- le murmuró Sosa mirándolo a la cara, el Tano no entendió bien, dividiendo su atención con el que discursaba, asintió apenas de cumplido, pero no lo escuchó. Juan vio que era inútil hasta hablar con su amigo.

- ¿Qué dijiste? – preguntó bajito Calnevari que estaba con cara de tonto. Juan Sosa no le respondió otra vez. De repente la atención de todos se dirigió hacia el que discursaba; éste marcaba el fin de la reunión y era eso lo que todos querían oír.

- ¿Y entonces? ¿Alguna pregunta? – dijo en voz alta el arrogante Suárez, del departamento de recursos humanos. Mal había sido contratado para repetir como loro mecánico el discurso retórico de la empresa.

Los peligrosos supervisores de producción Lafreña y algunos otros ardilosos del gabinete del Jefe, secretarias maquilladas metidas en medias que valorizaban las piernas contrastadas con sus caras arenosas y de mirada lánguida, fría; perfumados vendedores, y técnicos de producción, todos esos esbozaban sonrisitas inútiles - dependiendo su estado mental- de conveniencia o de cansancio, condicionados por el nivel de franqueza que lograsen alcanzar en conexión con sus tics y tensiones acumuladas.

Imaginen constantes estertores abismales invisibles de secretarias sexualmente frustradas.

Sentimientos traídos desde el fondo de sus almas sin paz o en algún estado que ellos imaginaban un poco más elevado que el puro hartazgo. Sosa, cruzado de brazos no decía nada, ni su amigo el “Tano” Calnevari, que cuidaba de la parte de sistemas teniendo que oír todos los días las propuestas más absurdas de almacenamiento de datos, informes y los más estrafalarios modos de encarar contradictorios lanzamientos de productos inacabados, venidos de departamentos que competían entre ellos y se serruchaban el piso ante la placentera contemplación de los jerarcas de la empresa.

El Tano miró su reloj, para ver la hora pero también para mirar hacia abajo cual manso cordero, lo que era una peligrosa tendencia que comenzaba a repetir y quizás repetiría hasta el último tic de su vejez. El mentón atraído por el tórax en señal animal de sumisión. Juan Sosa veía esa peligrosa tendencia a cada día, en un gesto y un codazo, le sugirió al Tano que prestase atención. El Tano, como siempre, en su sopor quejumbroso, no entendió el mensaje, apenas le pareció que Juan era un tipo violento.

Tampoco nadie más respondió. Querían irse a casa. El hartazgo en sus varias modalidades alcanzaba a todos como un misil de esquirlas mortales.

El último incentivo del “trabajo en equipo” acababa de ser destruido por sus propios discursadotes de pacotilla, y el poco interés real por las cosas que poseían los dueños de la empresa hacía años. Años de lucrar fácilmente, cebados como tigres en carne humana. La única solución sería tal vez sacrificarlos, pero esa solución sólo se aplica a los tigres, no a los hombres.

Ahora era apenas intentar mantener todo como está, patear “pá frente”, arrastrando las cosas y cortando gastos cuando necesario. La triunfal bandera secreta de la Mediocridad se clavó en el imaginario montículo de “Iwo Jima” compuesto de carne, saliva, sudor y lágrimas de todos sus compañeros de laburo. Esa era la imagen que Juan Sosa tenía en la mente, siempre se había interesado en ciertos asuntos históricos, no siempre apenas leyó libros técnicos de soldaduras electrónicas, entre cigueñales, cobre, estaño, o calentamiento inductivo.

Y entonces los presumidos líderes comandados por personas que ganaban muy pero muy bien, pensaron: “qué cosa, vamos a aprender de las grandes economías del norte” e implantaron esa idea, pero con una pequeña modalidad o adaptación local... inventaron un “Happy Hour” sudaca, y así todos los jueves para que el grupo de empleados se sintiera bien, según ellos, el show debía continuar así. Y llegó un momento que a Juan le llamaron la atención por adelantar trabajo en horas de Happy Hour recomendado por la genial idea de los de recursos humanos, porque realmente no se bancaba ese bando de hipócritas y a ellos no les gustaba la franqueza de tener que oír sus irónicas frases, entonces era mejor ‘desaparecer’ un poquito.

Pero los jerarcas de la modernidad no iban a dejarlo así tranquilo tan fácil. Tuvo que volver a ir los jueves al “happy motherfucker” como él lo llamaba secretamente, y dejar pendiente cosillas que el departamento de producción reclamaría cínicamente después. “No te amargues”, le decía el Tano, “te creés que no me cuesta soportarlos a mí también cuando comienzan a pedir lo imposible para el departamento de sistemas que les arregle lo que su estrechez de mente y pereza jamás consiguieron”. Y quieren sobornarme, comprarme después... me proponen trabajar mejor para uno más que para otro, los responsables de producto en plena –happy hour- me presionan en que deberíamos “unirnos”, programar secretamente arreglos en el sistema”. Y yo me pregunto –unirnos- qué significa para ellos, unirnos quiénes, qué carajo es la unión para estos chicos.- concluyó el Tano medio amargado, la cabeza le pesaba sobre los hombros.

- No les prestes atención, no podemos hacer nada de especial...ocuparon todos los lugares de atención, nos tienen bien fritos por el mango...no hay nada que hacer sino quedarse a ignorarlos o bien salir a otro laburo, si hubiese laburo... son pobres vendedores de Utopías baratas en medio de un “Happy hour de porquería”, vamos a buscar una cerveza al congelador antes que me dé la loca y me escape por la ventana.- le dijo Juan al Tano.

Permanecieron en silencio hasta que apareció una triste figura queriendo atormentarlos; pero después se fue a emborracharse un poco y caerles encima a las secretarias y mujercillas que había por allí cuchicheando; de calenturas corriqueras o esperanzas de cristal.


- ¿Para qué perder tiempo con esos fracasados que cobran miserias que juntan alrededor de una mesa de navidad? Vení a ver mi nuevo auto que está estacionado afuera...-
- ¿En serio que te lo compraste ganando mucho en comisiones?- Dijo la secretaria mientras intentaba mostrar una pierna sin que se le notara mucho la repentina excitación, disimulando en tonito de circunstancia. Estaba harta de todo y daría cualquier cosa para salir o subir en ese empleo, usaría sus artimañas sexuales sin problemas; además el alcohol le daba ánimos.
- Cuando la empresa no te necesite más también vas a caer y más pesado que nosotros, roñoso – Le dijo Juan Sosa que había oído el verso que había usado con ella .
- ¿Qué dijiste? –
- Lo que oíste, basura. –
- ¡Pará Juan! – El Tano quiso detenerlo, pero el vendedor Rodríguez ya estaba encima de Juan y recibió antes de poder hacer algo un puñetazo que lo mandó sobre una mesa pequeña llena de canapés.

A Juan lo echaron ese día sin oír ninguna de las declaraciones de los testigos, pero al vendedor no, porque estaba dando buenos lucros inmediatos. Lo echaron un año más tarde; cuando la empresa comenzó a dar muestras de falta de calidad evidente y los clientes dejaron de comprar los productos y la competencia tomó el mercado. Cuando los auditores llegaban con expedientes nada agradables.

Rodríguez, para terminar de pagar las cuotas del automóvil de luxe que se había comprado tuvo que venderlo por un odioso compacto de dos puertas, y aún estaba desempleado. Tiempo después Juan Sosa ya estaba trabajando en otro lugar y el Tano, que era un manojo de nervios manipulado y presionado por todos lados por fuerzas maléficas, a veces lo llamaba por teléfono contándole cosas de la Roxy Argentina.

“Que suertudo que sos Juan, encontraste laburo, ¿no tenés algo para mi?, Avisame que acá no se puede respirar sin tener que hacer un informe que le guste a los amiguitos de Lafreña, y ya tuve que diseñar cosas ilógicas, engañar en la cuestión de auditoria de materiales y mentir en varios de mis sistemas para agradarlos...”

La voz del Tano sonaba trémula y débil. El sistema al que se había entregado le había sacado casi toda swu antigua energía.

A Juan ya no le importaba, era siempre lo mismo, siempre la misma manga de retrasados como esos cuentos de ciencia ficción donde unos mutantes horribles antropófagos y de cerebros atrofiados dominan el futuro esclavizando a la raza humana.

- Y, mirá Tano, por ahora no hay nada para vos, ¿qué querés que haga? – Colgó el teléfono, y vio que era hora de almorzar.

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